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Análisis y opinión

Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago

El arte de gobernar es gestionar con la confianza que otorga el pueblo, como recurso fundamental en pos de objetivos económicos, sociales y demás planos

Combatir la inflación no es una empresa sencilla, está a la vista. Escuchar que "viene bajando más lentamente de lo que el gobierno esperaba", suena a obviedad bastante incómoda en boca de la vicejefa de Gabinete, Cecilia Todesca.

Ya se observaba que los primeros meses del año echarían por tierra las promesas del Gobierno que firmó como meta el 29 por ciento para todo 2021. Lo dejó escrito en el presupuesto, unos pocos días antes de aceptar incrementos salariales muy por encima del número pronosticado. De hecho, los presidentes de sendas cámaras legislativas, Cristina Fernández y Sergio Massa, aprobaron incrementos del 40 por ciento para los empleados legislativos (y para sí mismos).

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Tan díficil como cumplir con metas inflacionarias, entonces, es generar confianza cuando se incumple consuetudinariamente con los compromisos asumidos.

La arbitrariedad, como guía de las acciones, no hace más que generar incertidumbre. Sin previsibilidad es complicado establecer un plan. Así se desalienta la inversión y toda apuesta a futuro.

Cuando no hay un horizonte previsible se malogran objetivos. Pasa no solo con la inflación sino con cualquier tipo de proyecto. Prever, figurarse lo que viene es una condición ineludible como incentivo de la ilusión.

La pérdida de valor constante de nuestra moneda no solo es un fenómeno macroeconómico. Es consecuencia de múltiples factores. Se argumenta que la emisión sin límites es una razón de lógica pura, por más que el Gobierno lo niegue por convicción o conveniencia de corto plazo.

También hay otras explicaciones de tipo económico relacionadas con los precios internacionales, la inversión privada, la politica cambiaria, la oferta y la demanda, los formadores de precios, los costos de producción, la intermediación, la infraestructura, la política impositiva, el déficil fiscal, los términos de intercambio, y un largo etcétera.

Pero los responsables de diseñar y ejecutar las políticas le echan la culpa a los empresarios y a la sociedad: para Alberto Fernández "hay un aumento desmedido por la voracidad de los formadores de precios". "La inflación es una responsabilidad colectiva", dijo el ministro Martín Guzmán.

Nadie niega la multicausalidad del problema, ni que sea un flagelo endémico en Argentina que los sucesivos gobiernos no han sido capaces de resolver. Sin embargo, resulta desconcertante que las autoridades no se quieran hacer cargo de buscar soluciones de fondo, las que no se logran manteniendo pisado el dólar indefinidamente, ni con un congelamiento temporario de tarifas y precios. Se sabe que ésas son fórmulas que tarde o temprano terminan por eclosionar por algún lado.

Al margen de la recetas económicas, y de cuánto pueden ser unas más exitosas que otras, no se puede subestimar el factor político, que es lo que le da anclaje a todo lo demás.

Sostener la autoridad para establecer un norte, mediante un proceso apuntalado por un consenso fuerte es la base fundante.

Producir señales convincentes, coherencia entre discurso y acción, y mostrar un equipo de trabajo cohesionado, son condiciones necesarias para la generación de confianza en el camino que lleva a buen destino. La confianza resulta clave en cualquier empresa que se pretenda encarar y es determinante en el plano económico.

Las expectativas dan cuenta de la forma en que se mueven los actores económicos, y la confianza que se deposite en las decisiones gubernamentales coadyuvan al logro de metas y objetivos.

En tanto, los indicadores crecientes de pobreza son la consecuencia de un cóctel que combina la falta de crecimiento del empleo con la inflación. A su vez, amenazar desde la dirigencia a los que generan trabajo genuino con mayor presión impositiva es una forma eficaz de ahuyentar la inversión.

No mostrar un rumbo hacia dónde y cómo se quiere llegar desalienta las posibilidades de crecimiento al ritmo que se necesita para incorporar potenciales trabajadores al sistema y, al mismo tiempo, desfinancia al propio Estado que debe sostener servicios eficientes e invertir en políticas de desarrollo.

Pero acompañar o no las medidas de las autoridades no es una cuestión de mera voluntad, sino la forma de expresar la mayor o menor credibilidad en quienes toman las decisiones.

Valga como uno de los ejemplos, la famosa conferencia de prensa del equipo económico de Mauricio Macri, a poco de haber ganado las elecciones de medio término en 2017, que no hizo más que derrumbar la confianza, al punto que en pocos meses estaban acordando con el FMI el mayor endeudamiento de la historia del organismo.

Hoy el gobierno nacional se ufana de no tener plan y, cumplidos los primeros siete meses del año, ya se pulverizó la meta inflacionaria presupuestada, mientras se hace difícil creer en el elenco económico que es tironeado por distintos sectores del Frente de Todos.

La política no ayuda

Es estratégico sostener la autoridad y la confianza en la investidura presidencial, un valor que no se resume en cuestiones protocolares o formalidades de tipo superficial. Es esencia pura.

La legitimidad de origen, cuyo sustento es el voto popular, termina siendo insuficiente para sostener la autoridad si la confianza queda a un costado del camino. El día a día de la política, con sus lógicos vaivenes, hacen a la impronta de un gobierno para garantizar no solo la gobernabilidad, sino para encolumnar a los factores y a la propia sociedad hacia el cumplimiento de los fines.

La forma y los fundamentos con que se gestó la fórmula presidencial, y las agendas desalineadas entre Alberto y Cristina, ya de por sí configuran una situación compleja que hacen dudar de la unidad gubernamental. Pero todo se agrava con los innumerables "errores" no forzados de quien encabeza la Primera Magistratura.

Las complejidades heredadas, el drama de la pandemia, y la impericia para resolver los problemas van incrementando un descrédito sobre la figura presidencial que contrasta con los niveles de imagen positiva que ostentaba hace apenas un año. Y aún es temprano para mensurar cuánto impactará la juntada clandestina de Olivos.

Si de por sí ha generado bronca en la sociedad el descubrimiento flagrante del doble discurso presidencial, quien debería dar el ejemplo con una conducta coherente con lo que se profesa, también produce repulsión que Fernández se haya excusado culpando a su mujer. Son gestos que dicen tanto como el propio engaño del incumplimiento de la cuarentena que él mismo había dispuesto. Es una forma de seguir lesionando la legimitidad de gestión y la autoridad que se necesita para eventualmente volver a ordenar medidas drásticas con fuerte impacto económico y social.

Y si no ayuda el círculo político que sostiene al Presidente con intentos de justificaciones desafortunadas en torno del "affaire", tampoco colabora demasiado cierta dirigencia opositora que se frota las manos con el propósito de sacar partido.

Resulta innecesario caer en la desmesura de un asunto de por sí escandaloso, que no haría más que mostrar la hilacha de aquellos oportunistas más preocupados en recolectar los votos que se desgranen del oficialismo, que de dar señales de conductas ejemplares a la sociedad.

La posibilidad de bañarse en el lodo del descrédito es un riesgo del que nadie está exento cuando se montan escenarios de riñas en los ámbitos parlamentarios con acusaciones cruzadas que no dejan nada en claro. Hay que tener presente que la legitimidad (o no) de gestión involucra a la Presidencia, pero el desprestigio puede extenderse a toda la dirigencia política, como nos explica la experiencia de 2001.

El desafío del Presidente es recuperar la confianza que la sociedad alguna vez le brindó. Y el de la oposición es demostrar que es capaz de ser diferente para instalarse como una opción de peso.