Análisis y opinión

Gabriel Boric visto desde Mendoza: ¿será factible un progresismo no populista?

El nuevo presidente de Chile es producto de la explosión social de octubre de 2019. ¿Será la cara de un nuevo progresismo? Deberá arrancar con pie de plomo

Los mendocinos tenemos con los chilenos una comunión singular. Es una relación en general respetuosa, sobria. Nos gusta celebrar las cosas que nos emparejan y aceptamos como lógicas las que nos diferencian. Ellos admiran nuestras llanuras interminables y nosotros esos cerros que caen a pique al mar. A ellos les encanta el tango y muchos de nuestros artistas populares; nosotros disfrutamos de sus poetas, de su gastronomía y -de hace un tiempo- de sus cineastas.

La cercanía de Mendoza con ese país y, en particular con Santiago, Viña y Reñaca, ha alimentado una familiaridad con visos entrañables. Por eso, que en Chile cambie el Presidente es algo que los mendocinos sentimos como importante, más allá del color político del que asume.

Vamos a Chile no sólo por sus bellezas naturales, por su gente, o por la diferencia cambiaria, sino que existen, secretamente, otras razones. Mucho de esto se lo debemos a José de San Martín, quien sigue activando el ADN de la mendocinidad, que es una forma de ser argentino, como el de la chilenidad.

Cuando cruzamos la cordillera de los Andes sospechamos ser una recreación microscópica de lo que hizo aquel prócer que llevó por esas altitudes un ejército para liberar a Chile. Nos emociona que esa épica sanmartiniana haya tenido tanto que ver con Mendoza.

La promesa

La asunción presidencial de Gabriel Boric, un hombre de la nueva izquierda, es un gran acontecimiento de la política latinoamericana. Las razones son variadas, pero están motivadas no sólo porque este político de 36 años es el mandatario más joven que ha dado Chile, sino también porque es alguien que no viene de los partidos tradicionales, ni del Partido Comunista ni del socialismo trasandino. Es por lo tanto una promesa de la política.

Boric es el resultado de la explosión popular que nació en octubre de 2019 cuando una movida de "alienígenas", según la esposa de Sebastián Piñera, salió a pedir que ese Chile que estaba abierto al mundo y con una economía de mercado, debía empezar a distribuir de manera más justa los frutos de la riqueza.

Los chilenos que en los últimos 30 años se sumaron a la clase media pedían una educación más igualitaria, posibilidades de ingresar a la educación universitaria, salud pública de calidad para los más pobres y jubilaciones más justas.

Esa nueva clase media "que fue llevada a las puertas del cielo y después no la dejaron entrar", como definió un sociólogo, se cansó de esperar y salió a las calles a protestar y a exigir cambios en la política chilena. No querían cuestionar la democracia, sino mejorarla, hacerla más equitativa.

Líder estudiantil y luego legislador, Boric que estudió Derecho, pero nunca se recibió, fue una de las figuras de ese movimiento social que dio origen a la Convención Constituyente, que a mediados de este año terminará de burilar la nueva Constitución que pulverizará la del dictador Augusto Pinochet. Ni la Concertación de partidos de centroizquierda ni la derecha chilena se habían animado a tocar durante 30 años aquella carta magna del autócrata que gobernó entre 1973 y 1990.

Carlos Ruiz, académico de la Universidad de Chile, ha dicho que "Chile fue el único país donde la asociación de neoliberalismo extremo y dictadura funcionó". De allí que será muy interesante ver cómo se las va a arreglar Boric, un izquierdista feminista y ambientalista, para cumplir sus promesas de un equilibrio social más justo.

El quid de la cuestión

Chile tiene una cultura de apertura económica y de adhesión al mercado. Es un país-puerto que no le da la espalda al Pacífico. Y ese es un dato vital. Por eso intriga saber cómo se las arreglará Boric para remover ese andamiaje de liberalismo "extremo" y reemplazarlo por un liberalismo de tinte social a la manera de los países escandinavos.

Boric y sus asesores tienen en claro que el reclamo popular al que deben atender desde este nuevo gobierno de izquierda nunca podrá tener las características de choque con que actuó la gestión del presidente Salvador Allende y que devino en la dictadura feroz de Pinochet.

Será muy interesante observar si este político tiene muñeca como para liderar un cambio social en un país disconforme por la falta de equidad y si hay factibilidad para que se vuelva a hablar de progresismo y no de populismo de izquierda.

Boric ha dado un paso importante al dar muestras de que no quiere ser ni Venezuela, ni Cuba ni Nicaragua, porque esos son populismos o dictaduras. Y de que la democracia es la mejor herramienta para evolucionar.

Tampoco lo suyo va por el lado del kirchnerismo argentino. Ha jurado combatir la corrupción y toda forma de privilegio de los políticos de su gobierno, poblado de mujeres. No quiere parientes en el poder. Y ha prometido que su pareja no va a ser tratada ni nombrada como primera dama.

Sus primeros meses de gestión estarán marcados por el devenir de la nueva Constitución. Boric deberá andar con pies de plomo. Ocurre que una vez que la redacción esté terminada (no es una reforma sino que se está haciendo de cero), la norma tendrá que ser puesta a consideración del pueblo. Si es rechazada o aprobada por escasa diferencia de votos, será un golpe para el nuevo Presidente.

Cuando resultó electo dijo: "Les garantizo que seré un presidente que cuide la democracia y no la exponga; que escuche más de lo que habla; que busque la unidad de los acuerdos; que atienda día a día las necesidades de las personas; y que combata los privilegios".