Fue un batacazo, aunque hilando fino, era previsible. Hay que considerar que a minutos del cierre de la primera vuelta, el 9 de junio, en la que la fórmula encabezada por el vicerrector radical, Gabriel Fidel, obtuvo el 37,06% de los votos, las corrientes filoperonistas-kirchneristas empezaron a militar el mensaje antioficialismo universitario: "Se impusieron las fórmulas opositoras", hacían circular en la UNCuyo. En esa cuenta estaban sumando las adhesiones conseguidas no solo por Adriana García-Ana Sisti y Javier Ozollo-Fernanda Bernabé, sino también parte de las de Ismael Farrando-Jimena Estrella.
Lo del oficialismo vs. oposición viene a cuento, porque por más que Gabriel Fidel y María Flavia Filippini planteaban una renovación, llevaban la marca de la gestión actual y cargaban, inevitablemente, con el desgaste de los doce años del gobierno del Interclaustro que se había desarmado para el nuevo período que se dirimía.
En contraposición, la rectora electa, Adriana García, a pesar de haber participado del gabinete de Daniel Pizzi, ya estaba posicionada claramente como la alternativa opositora para el cambio de época, ya desde antes de perder la elección frente a Esther Sanchez hace 4 años.
El juego de opuestos resultó de una funcionalidad extraordinaria para la alianza triunfante, que sin mucho esfuerzo logró proyectar en el imaginario de la comunidad universitaria el estigma de una misma frecuencia oficialista entre las autoridades de la UNCuyo y los gobiernos provincial y nacional, que mantienen su alianza electoral.
Resultaría ocioso detallar la demolición que implican para la vida de las casas de estudio las políticas de deterioro salarial y de desfinanciamiento de la educación superior, de la investigación científica, y hasta del DAMSU.
La lucha por la reparación del presupuesto y el cumplimiento de la ley que permanece judicializada, es el primer precepto innegocible que posicionó a las corrientes peronistas, de izquierda e independientes diversos en la vereda que enfrenta a Javier Milei. Mientras, los esfuerzos de la derrotada agrupación, Sumar Universidad, por mostrar las mismas banderas reivindicativas, han resultado en vano. El principio reformista de la autonomía universitaria, que tanto militó desde siempre Gabriel Fidel, fue el eje de campaña en su contra más replicado por la oposición.
No es que los temas académicos no tengan importancia, pero resultan más irrelevantes cuando se trata de la supervivencia del sistema, cuestión que estuvo presente en el voto rechazo que se puede visualizar con características propias en cada una de las unidades académicas.
Párrafo aparte para las internas en la conducción de la universidad que llegó a un punto de alta tensión entre la rectora saliente, Esther Sanchez y la fórmula que finalmente logró plasmar la candidatura por el oficialismo, sumado al desprendimiento de la misma alianza, que encabezó Ismael Farrando secundado por Jimena Estella.
Con mucho menos ruido, y una vez librada la competencia en primera vuelta, los grupos afines de la oposición ordenaron sus intereses, solidificando los sectores mayoritarios y minoritarios facultad por facultad. Así llegan a los cargos de máxima responsabilidad -por primera vez dos mujeres-, la rectora electa, Adriana García, y la vice, Ana Sisti. Ambas con amplia carrera en la docencia y dilatada experiencia en gestión académica.
Las dos profesoras, y los equipos que las acompañarán, tendrán por delante una labor ímproba para atenuar las consecuencias del desfinanciamiento, cogobernando con el Consejo Superior que estará compuesto con representaciones diversas de todos los claustros y con participación de una mayoría de decanos que apoyaron a la fórmula encabezada por Gabriel Fidel.
Convocatoria al diálogo en la UNCuyo
En las actuales circunstancias no hay margen para desconocer la importancia en la articulación de los consensos necesarios para el diseño de políticas para la Universidad, apremiada por la realidad socioeconómica del país. Los requerimientos educativos que impone un mundo complejo y dinámico, y la necesidad de tener preponderancia en la vida de Mendoza, elevan la exigencia para quienes deban conducir la UNCuyo los próximos cuatro años con presencia en todo el territorio provincial.
Si bien la lógica de las contiendas electorales universitarias ofrece matices diferenciales respecto de los procesos políticos de la provincia, las afinidades y pertenencias partidarias entran a tallar a la hora de los análisis. No faltarán quienes se tienten a pensar escenarios análogos para el año electoral venidero ni dedos que apunten por la derrota del oficialismo universitario hacia el blanco del gobernador Alfredo Cornejo, quien estuvo pendiente de las elecciones, en el ámbito donde se forjó como dirigente estudiantil en los albores de la democracia, cuando fue protagonista de acuerdos estratégicos entre radicales y peronistas para la conducción de la Casa de Estudios.
Si bien una ligazón estricta y lineal entre la Universidad y la Casa de Gobierno induciría a errores de interpretación, es cierto que todo el proceso ha estado atravesado por la política, incluso algunos intendentes peronistas cifraron expectativas en esta elección, al igual que militantes kirchneristas y ciurquistas.
Mínimamente, un triunfo en la UNCuyo de la oposición retempla los ánimos, opera como una transfusión de sangre en todo el arco del peronismo y mueve la estantería radical después de años de triunfos continuos entre la comunidad universitaria y entre la sociedad mendocina que le posibilitó tres gobiernos sucesivos.






