¿Qué fue del Chile de hace un mes?

Por UNO

Por Manuel De Paz

Chile nos ha puesto a parir. A su manera, tenía algo de razón Cecilia Morel, la esposa del presidente Piñera, cuando dijo que lo que estaba pasando en su país era tan inesperado como una invasión de extraterrestres. No los vieron venir. Pero llegaron, salieron a las calles, y no eran alienígenas.

¿Quién podía imaginar hace unas semanas que el embajador argentino en ese país, José Octavio Bordón, iba a afirmar "esto es tierra de nadie" al escapar dos veces de la residencia diplomática en Santiago porque hordas de violentos atacaban nuestra sede diplomática, siendo que hasta hace tan poco Chile había sido un ejemplo de previsibilidad y estabilidad.

Ese país de fuertes remezones telúricos y de tsunamis experimenta ahora otro tipo de terremoto. Conceptualmente hablando, todo ha sido puesto patas para arriba. Y hay mucho simbolismo para desentrañar.

Los analistas sociales ya hablan "del país de hace un mes" como si refirieran a otra nación que no tiene nada que ver con la de ahora, que para colmo aún no se sabe tampoco en qué va a mutar.

Los chilenos se levantan a diario sin saber si ese día sus hijos tendrán clase, si habrá comercios abiertos, si funcionará el metro, si se repetirán los hechos violentos. La vida cotidiana ha sido modificada de manera brutal. 

El miedo no es tonto

Y la clase política ha pasado a trabajar de prepo en algo así como la alquimia que traduzca en medidas y leyes el explosivo humor social que casi nadie había previsto.

Han sido suspendidos congresos internacionales, grandes partidos de fútbol, y espectáculos costosos. Los hoteles han tenido una baja preocupante de ocupación, se han cancelado miles de reservas turísticas desde el exterior. Y ya se prevé que la temporada turística de verano podría ser un fiasco en las playas trasandinas.

El peso chileno se deprecia y el dólar ha empezado a encabritarse lentamente en un país donde esos cambios eran imperceptibles y donde sonaba impensado que alguien se levantara a la mañana preguntando el precio del billete yanqui. 

Barbas en remojo

Desde que Chile volvió a la democracia en 1990 se consolidó un modelo económico de apertura al mundo (que ha sido respetado tanto por los gobiernos de centroizquierda como por los de centroderecha), pero  ahora por primera vez hay desesperación para salvar y democratizar ese proceso.

Los capitales y las inversiones no se deben ir, es la consigna de los economistas, quienes ya venían preocupados por la ralentización de la economía que se achaca a las guerras comerciales de las grandes potencias.

Pero también hay desesperación en la política para salvar el proceso de ampliación de la clase media chilena. Una clase media que, como bien se ha dicho, "fue llevada hasta las puertas del cielo y luego no la dejaron entrar".

¿Qué quiere esa clase? Quiere una educación pública más inclusiva, sobre todo en el ciclo universitario donde la clase media juvenil no puede ingresar por los altísimos costos. Quiere también un acceso más universal a la salud pública. Quiere jubilaciones menos injustas. Quiere salarios acorde a los de un país conectado al mundo.

La clase media, tanto en Chile, como en la Argentina o en Suecia o Noruega tiene ese "defecto": la manía de querer progresar

El ultimatum

¿Por qué, nos preguntamos los que vemos el proceso desde afuera, ha sido tan lento ese camino de inclusión efectiva en Chile, incluso en los gobiernos de centroizquierda?

Las respuestas aún son difusas, pero el julepe de los políticos ha sido muy grande y tanto en el gobierno de un liberal-conservador como Piñera como en las oficinas de los opositores que antes conformaban la Concertación hay un mandato no escrito: o cambiamos y nos ponemos a tono con lo que esperan de nosotros, o nos fletan.

¿Qué hay que esperar? Primero, el milagro de la pacificación y la segregación de los violentos. Y después la idea de que Chile debe estar a la altura de esa justa evolución social que están pidiendo sus habitantes, sobre todo los de la clase media, cuyos componentes, por lo que se ve, no dejarán de golpear las puertas del cielo.

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