Hace poco más de 36 años que el teléfono celular llegó a la Argentina. Licitado en 1988 por Rodolfo Terragno en el gobierno de Alfonsín e implementado en 1989 por Menem y María Júlia Alsogaray quienes se comunicaron en una mítica llamada que puso play a un arrollador proceso que llega a nuestros días.
Desde los teléfonos tipo ladrillos hasta los pequeños con tapita, sus formas anatómicas y la adaptación al cuerpo humano, fue el desvelo de los diseñadores de productos para lograr el más cómodo de todos. La pantalla comenzaba a tener color y empezaba el proceso inverso, el de agrandar el tamaño para ofrecer otras “atracciones” que ganara clientes.
Las incipientes prestadoras como Movicom, Unifon, CTI y las tecnológicas Motorola y Nokia se peleaban por un mercado que al principio era selecto y pequeño, pero que de a poco comenzaba a universalizarse.
Mientras esto pasaba, nadie imaginaba que 20 años después, se transformarían en una extensión de nuestro cuerpo.
Durante estos 36 años de vida y de fabulosa transformación de los celulares y sus prestaciones, ¿Qué paso en las escuelas? Absolutamente nada.
La educación en Argentina camina desde hace mucho tiempo por un sendero alejado de la vida cotidiana, lento, disociado y al margen de todo aquello que signifique actualizar procesos y herramientas.
Parece que para aprender a leer, escribir, sumar y restar no hace falta nada más que un docente de vocación, un pizarrón y una tiza. Y allí nos hemos quedado.
La evolución tecnológica le sacó dos vueltas a escuela, y va por la tercera de la mano de la Inteligencia Artificial.
El debate por la inclusión del teléfono celular en las aulas para ser una herramienta, se da desde que el acceso fue posible para todos y dejó de ser sólo un teléfono, para pasar a ser una computadora con conectividad. Esto comenzó a producirse a mediados de los años 2000.
Hace 25 años que estamos debatiendo, pero no avanzamos.
Es más fácil prohibir su uso, que pensar en cómo incluimos esta formidable herramienta al servicio de la educación.
Escuche decir que “hoy un niño tiene en su bolsillo más tecnología que la que tenía el Apolo 11 cuando llegó a la Luna”.
Pero elegimos el camino más corto. El más simple. El que no nos trae problema. El de la zona de confort de una educación sin ideas, sin contemplar el educando, sin identificar capacidades individuales para estimular iniciativas propias de cada niño.
El celular en la mochila y apagado
Entiendo que es la reacción lógica frente a la falta de herramientas que padecen directivos y docentes. No saben qué hacer. La realidad los supera desde hace años, imaginemos lo que pasa hoy, en un aula, en época de hiperconectividad, redes sociales y juegos en línea.
El eslabón se corta por lo más débil de la cadena educativa. Mandan a los docentes a resolver este tema que debería ser central en la discusión intelectual de un país que al menos debería tener mínimos objetivos de crecimiento y desarrollo.
Hay decenas de herramientas que se podrían poner en funcionamiento para sumar el celular al proceso de enseñanza-aprendizaje. Iniciando con acuerdos institucionales entre la escuela y la familia, control de acceso a redes internas limitadas en su navegación, aplicaciones dedicadas a el desarrollo de programas educativos.
Hoy debatimos la utilización de inhibidores de señales de redes móviles para las cárceles, pero también podríamos pensar en algo parecido en las escuelas para que los chicos solo puedan ingresar a los sitios autorizados por la red interna del establecimiento.
Cada escuela podría tener una APP de control de acceso y navegación en la escuela que, por ejemplo, en los recreos active algunos accesos y en las horas de clases active y desactive otros.
Sólo hace falta pensar, escuchar, acordar, desarrollar y avanzar.
Negar la realidad le ha traído a este país décadas de estancamiento y postergación.
No alcanza con poner carritos con notebooks en las aulas si no hay un plan integral que sume el dispositivo que tiene el alumno en su bolsillo, porque ese dispositivo le es afín, ya es parte de su cuerpo, ya lo tiene internalizado como propio.
Esta nota se termina, y ni siquiera hemos hablado de Inteligencia Artificial. Otro golpe de nocaut a una educación arcaica y estancada.
Las políticas públicas en educación tecnológica son nulas de efectividad concreta en la vida cotidiana de las escuelas, los docentes no tienen herramientas, pero son la primera línea de fuego en esta batalla. Son los que tienen que prohibir, mientras otros se niegan a pensar.





