!Cuánto te amo, hermosa Santa Teresita, el mejor lugar del universo y por afano dice el juez. Donde todo está bien. Donde todos están bien.
Carta a las vacaciones de la infancia
Una carta de amor y de rabia a Santa Teresita: el viaje que devuelve calles, olores y rituales… pero no devuelve a los que faltan
Cuánto te odio, estúpida y traicionera Santa Teresita; claramente el sitio más nefasto que pudiera existir. Donde me tocó ver que no todos están.
Lo primero, Santa, te lo escribe el niño de entre 5 y 11 que jamás vivió una felicidad más grande que la que le ofreciste los eneros.
Lo segundo, idiota ciudad de la costa de Buenos Aires, lo redacta este tipo de 43. Un poco amargado y con una vida encima como los que se autoperciben amargados. Pero que no te olvida.
Gana el control de las manos el pibe y escribe que al extrañar tantísimo al Luis se le viene derechito la pizzería de la 39, el departamento del Reynaldo y el asqueroso y delicioso olor a humedad de todas las cosas. El viento de las mañanas, las lluviecitas de la tarde.
Santa Teresita es mi recuerdo primero, mi infancia, la imagen de mis abuelos, de la combi con el motor atrás llena de niñitos atravesando el campo de la noche por la Ruta 7.
Y la luna del camino que acompaña la ilusión de mendocinos que solo quieren llegar para ver el mar. Para que papá, todo cansado tras el manejo amansador, diga "¡Miren, miren!" tipo 3 de la mañana y con mis hermanos, mitad dormidos y mitad despiertos, contengamos la respiración al encontrarnos de frente con la inmensidad colosal del Océano Atlántico.
La calle 2 que se hace peatonal cuando se va el sol, el Samba que sirve para hacerse el mono uno parado ahí en medio de la zaranda, los churros playeros que comételos pero rezá, la tonina que siempre aparece a metros de los bañistas para asustar al pedo, típico de una geografía costera como la de Santa. Santa bonita y espeluznante.
El boliche Vabieka al que fui más de grandecito. El otro que se llamaba Systema. Un tugurio que no le recuerdo el nombre pero que fue el escenario de incontables risas con mis amigos. Tal vez de las más profundas.
Santa Teresita, de los lugares denominados populares para vacacionar en tiempos de verano, para mí fue (y un poco lo es aún) de las ciudades más impactantes del planeta. Al menos de la pequeña porción de planeta que he podido conocer in situ. Para bien y para mal, como la vida misma.
Dice un cantautor español que "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver". Y no sé si lo dice otro cantautor, pero soy de esos a los que les gusta llevar la contra. Sobre todo a los conceptos establecidos. Y volví. Con el corazón de un niño y la cabeza de un adulto me mandé a controlar que todo estuviese en su lugar.
Y no. No lo estaba. Es decir, sí las cosas. Sí la calle 2, el Samba, la pizzería, los negocios típicos, la señora Adela que tenía como 100 años y seguía sentadita ahí donde siempre. Pero no estaba la gente mía. Ni noticias de papá y mis abuelos. Ni sus olores, nada. La puta que te parió, Santa Teresita.
Fue distinto, tanto el inicio del viaje como el resultado final. Ya no existía el "¡Vamos, chicos, a la combi que salimos!" de mamá cuando, literalmente, teníamos que ocupar un asiento y ya. Esta vez había que armarlo todo: poner el auto en condiciones, pensar en la nafta, llamar al hotel para ver si quedaba alguna habitación, presupuestar las comidas, los gastos sorpresivos, es decir, actuar como adulto aunque con la cabeza de un niño que debiera haber sabido que visitaría una juguetería vacía.
Tal vez hoy, al mirar con ojos que hace rato atravesaron los 43 años, el panorama cambió. Pero en la memoria selectiva de un nene que jamás salió ni del cuerpo, ni de la mente ni del alma, Santa Teresita fue, es y será el epicentro de la felicidad terrenal. El lugar de encuentro y reencuentro con aquellos fundamentales que están y los que no.
Pero en Santa Teresita, hace poco, sí estuvo mi hija menor. Estuvo en la panza de su mamá como una suerte de reencarnación de algún ser amado que ni por casualidad lo será, pero lo voy a pensar así para mentirme y pasarla un poco mejor ante tanto recuerdo lacerante que, a su vez, me hace tan feliz.



