Opinión

Carrera contra el fin de las relaciones: cuándo hay que parar de hacerle RCP a un vínculo muerto

Insistir en una relación fallida es como seguir haciendo RCP a un cuerpo que ya está cianótico. Sin embargo, no conozco persona que no lo haya intentado

Quiero ser sincera: esta columna me la pidieron. Porque hablar sobre quedarse en relaciones que no funcionan ya no está en mis parámetros. Quiero destacar que “ya” es un vocablo clave en esto que escribo. Porque implica que alguna vez sí que lo estuvo.

Sin embargo, una va perdiendo esos recuerdos: primero los asfixia la memoria y después los olvida el cuerpo.

De verdad, desde el momento en el que aprendí a irme, no me acuerdo cómo es quedarse en una relación que no funciona.

Pero hice un esfuerzo y recordé no solo mis propias experiencias, sino las de otras personas que me han rodeado en la vida y créanme que me sorprendí: no recordaba cuanto insiste la gente en demorar los finales, incluso aquellos que se concretaron por defecto mucho tiempo antes de formalizarlos.

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Ya no se puede intentar el RCP cuando la relación está visiblemente terminada

Ya no se puede intentar el RCP cuando la relación está visiblemente terminada

La traductora de inglés

Insistir en una relación fallida es como seguir con un RCP cuando el cuerpo al que querés revivir ya está cianótico. Sin embargo, no conozco persona que no haya permanecido al lado del cuerpo de su relación difunta, intentado darle un nuevo golpe de desfibrilador.

Tengo una amiga divina: linda, inteligente y extremadamente insistidora en resucitar relaciones muertas. Incluso con el certificado de defunción en mano, mi amiga cree que nadie se da cuenta que está un vínculo en lugar de revivirlo.

Lo ha hecho en más de una oportunidad. Pero como en todas las sagas, hay un momento memorable y sin dudas, es el que voy a contar y sucedió mientras tenía la última conversación con quien era su esposo.

La pareja estaba acabada e incluso el marido ya tenía otra relación con una traductora de inglés. Pero ella, firme junto al pueblo como Crónica TV, se había propuesto remarla contra viento y marea.

No le bastaba la claridad con la que el señor en cuestión le daba la extremaunción al vínculo, diciéndole “ya no quiero estar con vos” –más claro que una señal de tránsito- Ella estaba obsesionada en parecerse a la otra, como si duplicarse fuese la solución para no ser descartada.

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¿Cuándo terminar una relación inexistente? debería suceder justo antes de convertirte en una anécdota

¿Cuándo terminar una relación inexistente? debería suceder justo antes de convertirte en una anécdota

-“Qué querés que haga”, decía ella, tenaz.

-“Nada”, repetía él, explícito.

-“Cómo nada, algo debe haber que quieras que yo haga”, continuaba ella, cabalgando la negación.

-“Nada, ya está. No quiero estar más con vos”, retrucaba él, renegando de los eufemismos.

-“Pero qué es lo que ella hace y yo no”, proseguía mi amiga, desfibrilador en mano.

-“No es lo que ella hace, sino lo que yo ya no quiero hacer con vos”, subrayaba él con un resaltador imaginario.

Entonces, mi querida amiga apeló a la mejor frase para resumir lo que significa la negación a dar por terminado un vínculo muerto que yo recuerde:

-“¿Querés que aprenda inglés?”

El remate no tiene explicación alguna. Solo amerita recordar que por quedarnos en donde no nos invitaron nos estamos perdiendo de una retirada magistral y mucho menos anecdótica que esta, cuyo ex partener debe estar relatando incluso hasta a las generaciones venideras.

Amiga, deberás irte antes de ser anécdota.

Llevate el asado crudo

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El algo sospechó: que alguien te haga levantar un asado a medio cocinar de la propia parrilla, significa que algo anda realmente mal.

El algo sospechó: que alguien te haga levantar un asado a medio cocinar de la propia parrilla, significa que algo anda realmente mal.

“Mire Laura, esta vez se tiene que animar, se lo tiene que pedir. Me está diciendo que ya no aguanta vivir con él, que no lo puede ver cuando se levanta, que no lo soporta cuando se acuesta, que no quiere dormir al lado de él, dígame, ¿Qué está esperando?”

Las palabras de su terapeuta le resonaron tan fuerte, que cuando salió de la sesión, estaba decidida: le iba a pedir que se fuera cuanto antes de la casa.

Pero él siempre la sorprendía: esta vez había tirado una carne a la parrilla para esperarla.

Era un viernes de marzo, no había otra cosa que hacer, no hacía ni frío ni calor. Estaba ideal para comerse un asadito en el patio.

Pero ella odiaba el olor a asado, porque le confirmaba que él habitaba la casa.

Se dio cuenta que dejar pasar un día más para terminar esa relación era hasta peligroso, se lo tenía que decir, aún con asado de por medio.

Entonces le lanzó la orden en medio del tablón adonde había salado la carne, con el vino abierto y la ensalada sin condimentar.

“Te tenés que ir, hoy te tenés que ir, no terminés ese asado. Poné la carne en un taper y andate"

Ella lo sabía, sabía que él no acusaba recibo de que lo que estaba sucediendo era definitivo.

De todas maneras, a él esta orden le hizo ruido: nadie que no estuviera realmente decidida le iba a levantar un asado sin terminar a otra persona..

Igual se animó con un último pedido.

“Esta bien, Laura, me voy, pero te quiero pedir un favor. Puedo venir a usar la parrilla de vez en cuando?”, dijo mientras se llevaba la carne semi cruda en un taper de torta helada de Grido.

A la negación no le gana ni un vacío a medio cocinar.

El día que mi papá se convirtió en Nextel

No hubo dos más perdidos en un vínculo inexiste que mis padres. Nunca comprendí, como ellos tampoco lo hicieron, por qué insistieron en una relación que no era real, ya que mi padre quería que mi madre fuese su propia madre y mi madre quería tener un marido y no un hijo más.

Ese entuerto creció con los años, de tal manera que mi papá se comportaba como un adolescente rebelde escapando de los mandatos familiares y mi mamá insistía en buscar a un marido cuyo puesto quedó vacante desde el día del casamiento hasta la muerte de ambos.

A todas luces no se entendían. Pero tampoco podían procesar la idea de que cada uno viviera por su lado.

Entonces, mi padre dio el batacazo como hacía siempre: se mudó a Buenos Aires, a hacer un “negocio” cuando ambos ya habían cumplido los 70 años.

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Mi papá logró irse de la casa y quedarse, al mismo tiempo: se convirtió en Nextel.

Mi papá logró irse de la casa y quedarse, al mismo tiempo: se convirtió en Nextel.

Pero él nunca le confesó la verdad: se cambió de provincia en un camión de mudanzas, diciendo se iba por una semana. Y mi mamá le creyó. O al menos hizo de cuenta que le creyó.

Ninguno de nosotros se animó a contradecirlos, porque hacerle ver la realidad a gente que no quiere verla, es como abrirle la ventana a un fotofóbico: lo único que se logra es que se tape más los ojos.

Pero mi padre tuvo una idea de una genialidad inimitable: le dejó a mi mamá un Nextel. Corría el 2003 y no había Whatsapp, ni audios y menos aún videollamadas. Un Netxtel era un intercomunicador. Solo una señal sonora bastaba para saber que alguien tenía urgencia en comunicarse.

La persona ausente estaba ahí, en medio de las conversaciones, participando de la dinámica familiar a través de un intercomunicador, a mil kilómetros de distancia.

Así mi padre, escapista por naturaleza, e incapaz de bancarse un vinculo, y mi madre, negadora serial y afectivamente insatisfecha de por vida, se conformaron con comunicarse por Nextel, en lugar de reconocer que lo que habían hecho no era otra cosa que separarse.

Un remate imposible

Esta nota es difícil de rematar. Porque yo también he estado ahí. Insistiendo con un vínculo muerto como quien riega una planta de plástico.

También he estado del otro lado. Abriendo los ojos por primera vez en una habitación que te queda demasiado grande, demasiado incómoda, demasiado blanca.

Y que por fin te animaste a que sea solo tuya, aunque los primeros días trabes las ventanas, no tanto por el miedo a que entre alguien, sino por el pánico que te causa encontrarte con vos misma.

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