Diario Uno artesano
Tristeza

Murió en Mendoza el último artesano de las pelotas de fútbol

Este martes murió en Rivadavia, Mendoza, Tonino Arce, el último artesano que fabricaba pelotas de fútbol. Era el dios de los sueños y la felicidad redonda

Mendoza será más triste ahora. La mañana de este miércoles 27 de enero, a los 77 años, murió Francisco Saturnino Arce, para todos Tonino, el dueño de todas las pelotas. Fue el último hombre que, a mano, fabricaba balones de fútbol y que, aún en estos tiempos, se dedicaba a fabricar y remendar el sueño de los niños. El último artesano de la felicidad.

Había nacido en la calle Arrascaeta, de Junín, pero vivía desde hace años en el barrio Democracia, de Rivadavia. Allí tenía su taller y allí la ilusión, la risa y el llanto, el deseo, los sueños. La felicidad plena.

Todos lo llamaban Tonino y, al menos, debería ser canonizado. San Tonino tendría que ser y el onomástico debería festejarse todos los 18 de julio, recordando ese día de 1977 cuando Tonino hizo su primera pelota de fútbol. Gajo por gajo, costura tras costura. Redonda y eterna. Tonino decía que, cuando muriera, quería que esa primera pelota fuera colocada en su cajón.

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De niño ya había sido el encargado de parchar y volver a coser las pelotas –los fulbos, mejor dicho– del grupo de pibes del barrio que se juntaba en algún picadito. “Yo jugaba de centrojá (5), hasta que alguien me puso de 2 y de ahí no me moví más. Hasta quisieron llevarme a la Lepra, pero en Rivadavia no me quisieron dar la ficha. Entonces dejé todo y sólo jugaba con los amigos”, recuerdó Tonino en el comedor de su casa, cuando este medio lo entrevistó y contó su magnífica historia de vida, mientras cortaba hexágonos de dos tamaños distintos, negros y blancos, para hacer el siguiente balón. “Antes llevaba la cuenta, pero después la perdí. Llevó hechas unas 1.700 pelotas”, dijo ese día.

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Tonino Arce había nacido en la calle Arrascaeta, de Junín, el 7 de abril de 1943. Cuando se casó, se fue a vivir a Rivadavia. Trabajó en la Municipalidad de Junín durante 35 años. Después, su mala salud lo jubiló. Tuvo un principio de cirrosis que se llevó la mitad de su hígado. También tuvo problemas de artritis y diabetes. Su vida estuvo a punto de desinflarse cuando contrajo una de las formas más graves de hepatitis. Once años estuvo viajando a Buenos Aires para hacerse atender. En uno de esos hospitales se pescó un virus intrahospitalario que le produjo una gravísima infección en la mano y el brazo derechos. La consecuencia: sus dedos índice y pulgar perdieron la sensibilidad y quedaron fríos, pero no inútiles.

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Sus herramientas eran una enorme tijera, una lezna, una perforadora, una esfera de hierro que contenía la pelota cuando le inyectaba las 40 libras de aire, el hilo engrasado con el que cosía los gajos, “que es el mejor y es argentino. Ninguna otra tiene esta calidad de costuras”, decía.

Recordaba los viejos balones cosidos con tientos y con gajos en forma de banana. “Ésos eran los que yo arreglaba cuando era chico”, decía. Y también tenía fijada en la memoria las imágenes como jugador con ese esférico. “Cuando la pelota venía, venía así (y gira los dedos, graficando un remolino). ¿Te acordás? Si te agarraban esas costuras en las canillas te pelaban todo. Nadie quería cabecear”.

Y también había remembranzas del juego. "A mí me decían Machucón. Cuando uno se tiraba a marcar a pies no era falta. Ahora te cobran ful por todo. Antes hacían un retranque que llegaba a guasquear la pelota y no era falta. Ahora todo es falta”.

Tonino aprendió mirando. “Los talabarteros no me quisieron enseñar. Entonces, un día desarmé una pelota e hice una nueva. La primera, que todavía la guardo, me salió ovalada”. Esa es la pelota que quería que se fuera con él.

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En las grandes fábricas de todo el mundo, la pelota se sigue cosiendo a mano, pero todo el resto del proceso es casi mecánico. En casa de Tonino Arce todo era manual, del principio al fin.

También fabricaba guindas de rugby y reparaba todas, las de básquet, las de vóley... todas.

Habrá sol esta tarde, ideal para un picadito. Esa es la hora de ser feliz. Porque la felicidad es redonda. Bien redonda. Y Tonino sonreirá desde el cielo.

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