“Qué llueva, Dios mío santo, que llueva”, exclama Carmen Coronado, una trabajadora doméstica que hace una larga fila frente a un surtidor que canaliza el agua que baja de las quebradas del cerro Avila, que rodea Caracas.
Ella es uno de las seis millones de habitantes de la metrópolis venezolana que desde hace dos meses padecen un severo racionamiento de agua, en un país de grandes reservas hídricas, entre las cuales está el Orinoco, uno de los ríos de mayor caudal de América. Pero la temporada de seis meses de lluvias que debe iniciar en mayo se ha demorado por segundo año, colocando en condiciones críticas a los embalses que surten a la ciudad.
El gobierno habla de una de las mayores sequías de la historia.
Los especialistas y la oposición denuncian la falta de previsión.
A las faldas del Ávila, o Waraira Repano, su nombre indígena, hay grifos que toman el agua de las napas subterráneas. Es día laborable. Los adultos deberían estar en sus trabajos, los niños en las escuelas... Pero la falta de agua puede más.
Familias enteras, con niños uniformados de colegiales, se cuelan entre camiones cisterna que cargan los depósitos en edificios de clase media. Todos invierten la mañana en hacer largas filas.




