Si una noche de invierno, un viajero... Vaya a saber por qué las palabras, robadas del título de una vieja novela de Italo Calvino, vuelven a la memoria inesperadamente. El ronroneo asmático de la locomotora se va apagando poco a poco, la tenue bruma que envolvía al tren se esfuma en aire, como en un truco de magia de un circo de pueblo, las ruedas quedan quietas, hieráticas, petrificadas, cuesta creer que alguna vez tuvieron movimiento. El silencio es sobrecogedor.
En la estación de trenes del este en Budapest, después de la medianoche, no quedan más que recuerdos, un saludo triste, solitario y final, el eco de unos pasos que se marchan, la risa de un niño que vuelve a ver a su padre después de un largo tiempo. La iluminación dibuja sombras que, cuando se camina sin prisa, se mueven a las espaldas, detrás de los mostradores de la taquilla, escaleras abajo en la entrada del subte, sin hacer ruido, deslizándose en la oscuridad.
La fachada principal de la terminal es imponente. Sus altas torres, las estatuas que escoltan la entrada, la intrincada estructura de hierro por donde se cuela una tenue claridad, revelan un pasado de gloria que quedó en el olvido. En el justo medio, tan alto como inalcanzable, está el reloj, marca las horas, los minutos, los segundos de un tiempo tan cruel, inexorable y despiadado como delicioso. Las agujas se mueven pesadamente, sin ganas, como si les diera lo mismo hacerlo o no.
La historia es una cruz que Budapest carga con pesar. Cuando se pasea por la ciudad, que supo disfrutar el esplendor imperial y sufrir el desgarramiento de la invasión, se respira una nostalgia profunda. Una tristeza que anida en el interior de los edificios bajos, de cuatro o cinco pisos de alto, frentes descascarados y ventanas que emanan una luz mortecina. Un poeta porteño, arrabalero, bohemio les escribiría una letra de tango, aunque quizás no se atrevería a cantarla.
No es extraño que sea así, Budapest es una ciudad partida al medio. Por las guerras, por el comunismo, por su propia ambición que la llevó a creer que una alianza, aún con el mismísimo Demonio, la elevaría y no fue así, la hundió hasta lo más hondo, hasta el infierno, sí, el tan temido, el de todos los días, el que, en la secuela de “Hellboy”, que el mexicano Guillermo del Toro rodó en las calles de la ciudad, es una ausencia, una melodía, la voz de Barry Manilow en “Can't Smile Without You”.
Budapest está partida al medio por el Danubio, que los románticos ven azul y los malditos, negro, oscuro, ominoso, como sus almas condenadas. En una costa está Buda, el casco antiguo, con sus calles empedradas, la ciudadela fortificada en la cima del monte Gellért, a la que se llega después de un ascenso empinado y lento por el antiguo funicular que une la desembocadura del Puente de las Cadenas y el Castillo de Buda. En la otra, Pest, la gran ciudad que se resiste a su grandeza.
No hay mejor panorámica de Pest que la que ofrecen las alturas de Buda. En una noche clara se puede ver la silueta del Parlamento, un edificio monumental de dos cuadras y media de largo y una de alto en la cúspide de la cúpula central. Es el más grande del mundo, el que se se insinúa incandescente en el comienzo de “Firework”, el video del superhit de Katy Perry que hipnotizó a una legión de teen-agers alrededor del mundo sin que siquiera imaginaran de qué lugar se trataba.
A la distancia, sin embargo, la construcción que impone respeto es la de la Basílica de San Esteban que, con su domo negro, altísimo y robusto, domina el horizonte. Su presencia es inquietante, se ve desde cada rincón, a cada momento, como para que nadie olvide que el pecado se paga con el alma. Frente a las escalinatas que llevan a la nave central es imposible no recordar a Sandor Marai, viejo, cansado, sin nada que perder, yendo a comprar un revólver para quitarse la vida.
“Uno pasa toda la vida preparándose para algo. Primero sufre la herida. Luego planea la venganza. Y espera”. Fue él quien lo escribió, en “El último encuentro”, y acaso tenía razón, pero se quedó sin tiempo, sin amor, su mujer, Iliona, había muerto, sus amigos también, y la caída del Muro de Berlín era un sueño que a su edad, 89 años, no se atrevió a soñar. Le pasó a él, que sufrió la persecución del régimen soviético, a pesar de haberse declarado públicamente contra el nazismo.
Una paradoja, una más de una Budapest que, a pesar de los brillos de las grandes tiendas de moda, que son las mismas que iluminan la Quinta Avenida de Nueva York y los Champs Elysees de París, extraña los años de ocupación comunista, como acaso no lo haga ninguna otra capital de la Europa del este. Su gente no lo dice, pero no puede ocultarlo, va de aquí para allá como zombies encandilados por los actos dorados de McDonalds, aunque echan de menos la hoz y el martillo.
Más allá de glamour de la avenida Andrássy, donde se apiñan las casas de las marcas más exclusivas del planeta, Armani, Buberry, Dior, Dolce&Gabana y Louis Vuitton, si se observa con atención, y ni bien uno se apea del tren queda claro que en Budapest no hay que distraerse ni un segundo, se intuyen los lugares donde, durante los 43 años y 133 días en los que Hungría fue comunista, se levantaron los monumentos que rendían culto a la dictadura del proletariado y ya no están.
Hay que dar un breve paseo en el tranvía amarillo, llegar hasta la estación de autobuses de Kelendföldi Pályaudvar y, después de recorrer unos diez, quince minutos como mucho, bajarse en el Memento Park. La visión sacude, en un amplio descampado al aire libre, se encuentran todas y cada una de las estatuas que se quitaron de las calles de Budapest cuando cayó la Unión Soviética en 1989. Un museo de los valores comunistas que, como los diamantes de James Bond, no eran eternos.
Datos útiles:
- Dónde parar: NH Budapest City, Vígszínhá utca 3, cuatro estrellas, alojamiento estilo europeo, con excelente ubicación.
- Qué visitar: Museo del Terror, Andrássy út 60, repasa la historia húngara y el impacto de las invasiones nazi y soviética. www.terrorhaza.hu
- Imperdible: Memento Park, en la esquina de Balatoni y Szabadkai utica sarok, reúne los monumentos comunistas que fueron retirados de las calles tras la caída de la Unión Soviética. Www.mementopark.hu
Fuente: lacapital.com.ar
