La biblioteca Miguel Cané, en el barrio bonaerense de Boedo, es un modesto local de techos altosy viejos anaqueles y pupitres de lectura, que se ha convertido en un sitio de peregrinación
Borges y los piqueteros
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Borges es una las cosas más notables que le ha pasado a la Argentina, a la lengua española, a laliteratura, en el siglo veinte. Y es seguro que esa particular forma de genialidad que fue la suya
-por lo excéntrico de sus curiosidades, su oceánica cultura literaria, lo universal de su visión yla lucidez de su prosa- hubiera sido imposible sin el entorno social y cultural de Buenos Aires,probablemente la ciudad más literaria del mundo, junto con París. Ambas capitales tienen encima,como segunda piel, una envoltura literaria de mitos, leyendas, fantasías, anécdotas, imágenes, queremiten a cuentos, poemas, novelas y autores y dan una dimensión entre fantástica y libresca a todolo que contienen: cosas, casas, barrios, calles y personas.Mucho de aquella Argentina de lectores voraces y universales, de cosmopolitas frenéticos ypolíglotas desmesurados, está todavía presente en la desfalleciente Buenos Aires a la que vuelvo
luego de algunos años: en sus espléndidas librerías de Florida y Corrientes abiertas hasta altashoras de la noche, en sus cafés literarios donde se cocinaron grandes polémicas estéticas ypolíticas, y cuajaron esas revistas culturales que circulaban por toda América Latina como ventanasque nos descubrían a los latinoamericanos todo lo importante que en materia artística y literariaocurría en el resto del mundo. Las paredes del Café Margot están llenas de inscripciones, fotos yrecuerdos de los ilustres escribidores, músicos y pintores que se sentaron, bebieron y discutieronhasta altas horas en estas mesitas frágiles y apretadas donde, con un grupo de amigos, recordamosalgunas glorias extintas: Victoria Ocampo, María Rosa Oliver, José Bianco. En un rincón del célebreCafé Tortoni hay una mesa con un Borges de tamaño natural, hecho de papier-maché .Pero es sobre todo en ciertas personas donde aquella tradición civil e intelectual está aún vivay coleando: después de muchos años tengo la alegría de ver al ensayista y filósofo Juan José
Sebreli y unos pocos minutos de conversación me bastan para comprobar, de nuevo, la solidez yvastedad de su información filosófica, la desenvoltura con que se mueve por los mundos de lahistoria, las ideas políticas y la literatura. Como muchos argentinos que he conocido, me da laimpresión de haber leído todos los libros.Borges fue destituido de su empleo en la biblioteca "Miguel Cané" por el gobierno de Perón, en1946, y degradado, por su anti-peronismo, a la condición de inspector municipal de aves y
gallineros. El hecho es todo un símbolo del proceso de barbarización política quelatinoamericanizaría a Argentina y revelaría a los argentinos al cabo de los años que, en verdad,no eran lo que muchos de ellos creían ser -ciudadanos de un país europeo, culto, civilizado ydemocrático, enclavado por accidente en Sudamérica- sino, ay, nada más que otra nación del tercermundo subdesarrollado e incivil.La involución del país más próspero y mejor educado de América Latina -una de las primerassociedades en el mundo que gracias a un admirable sistema educativo derrotó al analfabetismo- a su
condición actual, es una historia que está por escribirse. Cuando alguien la escriba, lo que saldráa la luz tendrá la apariencia de una ficción borgiana: una nación entera que, poco a poco, renunciaa todo lo que hizo de ella un país del primer mundo -la democracia, la economía de mercado, suintegración al resto del globo, las instituciones civiles, la cultura de brazos abiertos- para,obnubilada por el populismo, la demagogia, el autoritarismo, la dictadura y el delirio mesiánico,empobrecerse, dividirse, ensangrentarse, provincianizarse, y, en resumidas cuentas, pasar de JorgeLuis Borges a los piqueteros.Son emblema de la otra Argentina, la que rechazó el camino de la civilización y optóresueltamente por la barbarie. En sus orígenes eran, al parecer, desempleados y marginales que
salían a reclamar atención y trabajo de un poder que los ignoraba, de un mundo oficial sin alma,que daba la espalda a los más necesitados. Ahora, más bien, son las fuerzas de choque del poderpolítico. Antenoche han salido con sus bombos y sus garrotes a enfrentarse a los simpatizantes delos agricultores que protestan en la Plaza de Mayo por los nuevos impuestos decretados por elgobierno de Cristina Kirchner para los productos agrícolas. Y, en efecto, los dispersan a palazos ya patadas, en nombre de la revolución.¿Cuál revolución? La del odio. Lo explica muy bien el líder piquetero Luis D'Elía, afirmando quela culpa de esta movilización de agricultores contra el gobierno la tienen "los blancos". Añade que
él "odia" a los blancos del Barrio Norte y quisiera "acabar" con todos ellos. Pregunto a mis amigosargentinos qué quiere decir el líder piquetero con aquello de "blancos". Porque, por donde yo miro,en la Argentina, por más esfuerzos que hago, sólo veo blancos. ¿Quiere acabar, pues, el piqueterocon 40 millones de sus compatriotas? No veo argentinos negros, ni cholos, ni indios, ni mulatos,salvo turistas o inmigrantes: ¿únicamente a ellos está dispuesto D'Elías a salvar de sus fantasíashomicidas y racistas?Unos días más tarde, tengo ocasión de inspeccionar muy de cerca a un par de centenares depiqueteros que emboscan el autobús que me lleva, de la Bolsa de Rosario al local del Instituto
Libertad, que cumple 20 años, un aniversario que un buen número de liberales del mundo entero hemosvenido a celebrar. Como quedamos inmovilizados por la joven hueste de don Luis D'Elías -o tal vezalguna peor, pues ésta es sólo ultra, y en la Argentina hay ultra-ultra y más- entre 10 y 15minutos en la Plaza de la Cooperación, mientras ellos, imbuidos de la filosofía de aquel mentor,destrozan los cristales del autobús y lo abollan a palazos y pedradas y lo maculan con baldazos depintura, tengo tiempo de estudiar de cerca las caras furibundas de nuestros atacantes. Son todosblanquísimos a más no poder. Mis compañeros y yo guardamos la compostura debida, pero no puedodejar de preguntarme qué ocurrirá si, antes de que vengan a rescatarnos, los aguerridos piqueterosque nos apedrean lanzan adentro del ómnibus un cóctel molotov o consiguen abrir la puerta que ahorasacuden a su gusto. ¿Celebraré mis 72 años -porque hoy es mi cumpleaños- tratando de oponer misflacas fuerzas a la apabullante furia de esta horda de salvajes? Cuando pasa todo aquello, la jovenperiodista ecuatoriana Gabriela Calderón -es tan menuda que consiguió encogerse debajo del asientocomo una contorsionista- me pregunta muy en serio si estas cosas me ocurren en todas las ciudadesque visito. Le respondo que no, que esto sólo me ha ocurrido en la queridísima ciudad deRosario.Lo es para mí, por los buenos recuerdos que guardo de ella, y porque es la tierra de mi amigoGerardo Bongiovanni y de Mario Borgonovo, un publicista que, cuando se lanza a cantar tangos, hasta
los ángeles del cielo bajan y los diablos del infierno suben a escucharlo. Gerardo fundó, concuatro amigos, en 1988, la Fundación Libertad, para promover las ideas liberales en su país. 20años después, el Instituto es un foco de pensamiento, de debates, de publicaciones, de seminarios yconferencias que entablan una batalla diaria por la modernidad, la tolerancia, el progreso, lademocracia y la prosperidad contra quienes se empeñan en seguir retrocediendo a la Argentina hacialo que Popper llamaba "la cultura de la tribu". Durante los diálogos, mesas redondas y exposicionesde estos días, como en la mañana emocionante de mi visita a la biblioteca "Miguel Cané", de Boedo,me digo, esperanzado, que no todo está perdido, que todavía el fantasma de Borges podría despertara la Argentina de la pesadilla de los piqueteros. Texto publicado en el Diario El País el 6 de abril de 2008.