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No alcanza con pelar, desnudar o emborrachar al agasajado. Ahora le pegan fuerte y hasta lo queman. Cómo vivirán esa praxis los adolescentes poco entrenados o de contextura pequeña. ¿Lo soportan sin consecuencias?

Se está poniendo de moda sumar violencia extrema al ritual de los 18

Por Paola Piquer

ppiquer@diariouno.net.ar

@paolapiquer

Pelar, pintar, emborrachar, darle un par de “coscachos” y/o desnudar a los jóvenes que cumplen 18 años no es una modalidad nueva. ¿Se hace desde tiempos inmemoriales? Más o menos sí. Pero anoten. Ahora, varios grupos le agregan al ritual una nueva faceta: “el sometimiento”.

Una cosa es contarlo y otra verlo. Me pasó la noche del viernes, casi sábado, cuando fui testigo del festejo que los amigos de un conocido, que llegaba a la mayoría de edad, le habían preparado para agasajarlo.

Arrancaron colocándolo en el medio de un círculo de unos 40 chicos y no más de 5 chicas. Cuando faltaban 10 minutos para las 12, entre otros cosas, comenzaron a prenderle encendedores al ras del cuero cabelludo (el pelo ya lo tenía casi rapado). Sólo cuando el cumpleañero gritaba, se dignaban a apagar el fuego y retirarlo de su cabeza. Pasados unos segundos, volvían a la carga con la “brillante” idea.

Mientras esto ocurría, al costado, otro grupito hacía una especie de precalentamiento, parecido al que se concreta antes de ingresar a los partidos de fútbol o rugby. Unos saltaban, otros movían los brazos. Se venía la paliza. Sin poder siquiera chistar, esos que ya estaban listos hicieron doblar al homenajeado, obligándolo a apoyar sus manos sobre sus rodillas, para que de atrás apareciera otro participante y le reventara la espalda con los codos. Sin pausa, vino un segundo e hizo algo similar con los manos cerradas. Los golpes sonaban, me refiero a que hacían ruido, y supongo, dolían.

Apurados, porque ya llegaba el día señalado, sobrevinieron patadas, más puñetazos, y más “quemaduras”.

No es habitual ni está extendido. Sin embargo, varios padres que tienen hijos que atraviesan esa etapa de la vida con los que alcancé a charlar me confirmaron que se está poniendo de moda sumar violencia extrema al ritual de los 18.

El cumpleañero practica muchísimo deporte y es de contextura grande. Me imagino esa misma praxis aplicada sobre algún adolescente menos entrenado o al que le interesan los deportes o el gimnasio lo mismo que a mí la física cuántica: nada. ¿Lo soportaría?

Por estas horas, el país se conmueve con un hecho que ocurrió en Junín, provincia de Buenos Aires, donde tres mujeres de 17, 22 y 29 años mataron a golpes a Nayra Ayelén Cofreces, de 17, a la salida de la escuela. Las piñas y las patadas, Nayra las recibió por “hacerse la linda y vestirse mejor que sus compañeras”. Tras el fatal desenlace, es lógico concluir que las agresoras tuvieron un comportamiento criminal, delictivo.

Pero qué sucedería si a algún joven de 18 años le pasa algo malo en el futuro tras un “sometimiento”. No lleguemos al extremo de una muerte, supongamos una lesión grave. ¿Cómo vamos a calificar a la ceremonia y a sus entusiastas partícipes?

No me horroriza que para celebrar los 15 en las mujeres o los 18 en los varones se apliquen ritos con toques de rebeldía.

Si sirve en este contexto para explicar mejor lo que pienso, aclaro que estoy absolutamente en contra de la decisión que han tomado los centros comerciales de “restringir” el ingreso de menores porque algunos de ellos cometen desmanes. La decisión de ir barriendo a los jóvenes de ciertos espacios porque, insisto, determinados grupos no saben convivir nos transforma a los adultos en unos fracasados.

Pero de ahí a justificar la violencia, de ninguna manera. Porque el viernes presencié una tortura. Cualquier otra forma de definir este tipo de episodio es puro eufemismo.

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