Mendoza Viernes, 24 de agosto de 2018

Salvador Tari, el peluquero de 100 años que toca el acordeón

Hijo de un inmigrante siciliano, nació en Beltrán. Allí, cuando niño, conoció al gobernador Rufino Ortega Ozamis.

Salvador Tari todavía corta el pelo. "Hay dos que siguen viniendo, porque dicen que no quieren que nadie más les corte", dice el peluquero. Tiene todavía las manos hábiles, con 100 años de vida y 70 de tijeras.

Lúcido, ágil, memorioso, de un humor maravilloso ("siempre me piden que les cuente chistes y cuentos", evoca), Salvador vive en San José, Guaymallén, "desde cuando acá todavía había fincas".

Nació en Fray Luis Beltrán el 18 de agosto de 1918. "Mi padre trabajaba en la finca de Rufino Ortega. Me acuerdo de ser muy niño, estando con mi padre (José, un siciliano llegado al país en 1895) y de que el general Ortega le dijera: ¡Tráigase 50 indios! Mi padre los llamaba y salían de a montones de entre los matorrales".

El Rufino Ortega que Salvador recuerda es Rufino Ortega Ozamis, el segundo Ortega que fue gobernador de Mendoza. El padre, Rufino Ortega Molina, quien fue un sanguinario general de la campaña al desierto y que trajo prisioneros a Mendoza a más de 3.000 mapuches, había muerto un año antes que naciera Salvador. "Eran los tiempos en que para comprar azúcar había que caminar cinco kilómetros", recordó.

Foto: Horacio Rodríguez / Diario UNO.
Foto: Horacio Rodríguez / Diario UNO.

En 1924, la familia (Salvador tuvo 11 hermanos) se mudó a Palmira. "A la mudanza la hicimos en un carro con siete mulas. Tuvimos que vadear el río Mendoza, entre totorales, porque en ese tiempo no había puente y el pueblo apenas existía. Nos radicamos en lo que es el carril Chimbas, en una finca que mi padre consiguió comprar".

Allí trabajó toda la familia cultivando la tierra, hasta que Salvador fue conscripto en la Armada y estuvo reclutado en Puerto General Belgrano. Eso le cambió la vida: allí aprendió a cortar el pelo y nunca más dejó las tijeras. "Fueron 70 años de peluquero", dijo.

Ya de regreso a la casa familiar, conoció a Dolinda, Doli para la familia. "La primera vez que la vi estaba lavando ropa, agachada sobre una batea... y me le acerqué enseguida. Ella me decía que yo era 'medio apurón' y se reía. Nunca más nos separamos. Fue la mujer perfecta. Vivimos juntos 70 años...".

Olga, la hija de Salvador y Doli, escuchó la charla de cerca y recomendó salir de ese recuerdo para evitar emociones fuertes. Para cuidar el corazón de Salvador, que es lo único que debe ser vigilado de cerca. Y Olga aportó: "Mi madre murió hace 4 años; ellos siempre se trataron con muchísima ternura, como si fueran novios eternos".

El matrimonio tuvo una vida dura. Además de Olga tuvieron otros dos hijos, ambos discapacitados, que ya han fallecido. "No fue fácil para ellos, pero nunca los vi quejarse y siempre estaban de buen humor", dijo Olga, que ahora tiene 72 años.

Salvador tuvo peluquería en Palmira y después se fueron a Guaymallén, a Villa Barón, en San José, allá por 1945.

Con ayuda de Antonio, uno de sus hermanos, Salvador amplió y mejoró la casa que compraron sobre la calle Saavedra. Allí puso también su peluquería. "Es todo de adobe y caña y está perfecta", dijo con orgullo.

Independiente y animador de las reuniones con amigos

Salvador hace ejercicios en una bicicleta fija. Lee bastante y escribe. Usa la computadora, mira los diarios en internet, videos en YouTube y el Facebook de su hija.

Toca el acordeón con destreza, lava los platos, ayuda a cocinar, se baña sin ayuda y tiene una vida totalmente independiente, que le permite hasta salir a la calle sin ayuda y reunirse con algunos amigos.

Y de esas reuniones con amigos, evoca: "Siempre me piden que cuente chistes, que cuente cuentos". Y Salvador lo hace, porque sigue teniendo una memoria perfecta: "Cuando uno se ríe, le manda remedio al cuerpo". Y viendo a Salvador no hay por qué dudarlo.