Mendoza Domingo, 1 de julio de 2018

Próvolo: los curas Corradi y Corbacho padecen el encierro a su manera

Los días del religioso italiano son rutinarios y no le atiende el teléfono a nadie. Su par habla sin parar y comparte celda con dos presos condenados por violar, matar y calcinar a una niña

Desde que el cura italiano Nicola Corradi está preso por este infierno en la tierra llamado caso Próvolo sus días son rutinarios. Repetidos. Pesadamente interminables. Sin embargo, un puñado de episodios lo rescatan de ese lodazal de acusaciones al menos por un rato. Como cuando se entera, una vez por mes, de que ya dispone de la jubilación en euros que le paga el Estado italiano. O como cuando recibe la noticia, también cada 30 días, puntual, de que esa suma en euros ya ha sido cobrada por esa persona de confianza a la que él nombró apoderada ante la institución bancaria, porque, claro está, estando preso, aun en la modalidad domiciliaria, el sacerdote de 83 años tiene prohibido presentarse en ventanilla.

Desde enero de 2017 Corradi tiene prohibido salir de esa vivienda que habita con aval de la Justicia, que se lo permitió atendiendo sus razones de salud. La visita de la defensora oficial Alicia Arlota, también espaciada y únicamente por motivos procesales, es otro de los poquísimos faros en el mundo Corradi.

Solitarios son los días del religioso. Por decisión propia, como cuando se niega a atender el teléfono, algo que no le está prohibido, aunque del otro lado de la línea y del otro lado del océano, esperen, siempre en vano, parientes de su misma sangre.

"Con nadie", contesta Corradi cuando le preguntan si quiere contactarse con tal o cual persona del mundo de los libres que quiere verlo o conversar con él. Y a esta altura de su vida, por lo avanzado de su edad y sus afecciones visuales, óseas y auditivas, las múltiples acusaciones judiciales y de jóvenes sordos y de gran parte de la comunidad del ahora paralizado instituto Próvolo en Luján, y lo escasamente permeable de su personalidad, el panorama difícilmente cambie. Aunque vengan degollando, diría el gaucho Martín Fierro, léase aunque la catarata de acusaciones penales que pesan sobre su humanidad le cierren definitivamente las puertas de la libertad.El hombre que esperaDistintas son las horas del otro sacerdote preso por el caso Próvolo: Horacio Corbacho. También acusado de abusar sexualmente de jóvenes hipoacúsicos (tiene 16 imputaciones), este hombre de 56 años vive en el pabellón penitenciario destinado a los que ejercen violencia de género: el número cinco. A diferencia de Corradi, Corbacho habla. Y a veces mucho. Pero siempre con tranquilidad. Sus compañeros de celda son los hermanos Concha. Jesús y Diego. Condenados a perpetua por violar, matar y calcinar a Trinidad Rodríguez (8), en una ripiera de Maipú, en 2015.

Esos internos escuchan una y mil veces de boca de Corbacho, entre otras, una frase que lo acompaña desde sus inicios en la Iglesia y que el cura utiliza para responder desde un ¿cómo le va, padre?, hasta para referirse al desarrollo de los acontecimientos criminales que lo tienen como uno de los principales sospechosos. "Aquí, a la espera...", se lo escucha decir.

Si ahora mismo pudiéramos observarlo a través de una mirilla, veríamos a un Corbacho apacible, confiado en lo que vendrá basado en misticismo ciento por ciento. Refugiado en el catecismo y en la palabra sagrada para meditar pero también para iniciar una conversación. Su talón de Aquiles está en lo físico: el año y seis meses de encierro han comenzado a pasarle factura en las piernas y en la espalda y en la cintura. Si hasta los propios penitenciarios han notado en su semblante una leve tonalidad grisácea, propia de los que no reciben la luz del sol habitualmente. Propia de los presos.

Un vistazo al registro de visitas indica que a Corbacho lo visita poca gente. Son religiosos y civiles que llegan desde La Plata, donde Corbacho vivió y trabajó antes de desembarcar en Luján de Cuyo. La hoy lejana ciudad de La Plata donde, según él, vivía y trabajaba en el instituto Próvolo para la época en que los denunciantes le atribuyen haberlos abusado aquí, en Luján. Nada de eso es cierto, lo han escuchado decir. "Nada de eso es cierto", repite con la firmeza de quien apuesta todo a la Justicia, pero no a la que administran jueces y fiscales, sino a otro tipo de justicia: la de Dios a la que se encomienda cada noche antes de dormir y a la que recomienda a los hermanos Concha entregarse hasta el último instante de sus días.

Con domiciliariaGraciela Pascual (61), ex apoderada del Próvolo, está detenida bajo la modalidad de prisión domiciliaria después de varias semanas de detención en el penal para mujeres ubicado en Agua de las Avispas. Es representada por el abogado oficial Víctor Banco. Enfrenta la acusación de imputada como partícipe primaria para que hayan ocurrido los abusos a menores. En 2008, cuando nadie imaginaba el escándalo que sobrevendría, el padre de un alumno le informó que su hijo dio cuenta de que dentro de la institución se producían abusos. La Justicia no actuó en ese momento. Asunción Concepción Martínez, monja de nacionalidad paraguaya. Acusada de haber facilitado los abusos al no proteger a las víctimas. Una de las veces que declaró lo hizo en favor de su par asiática Kosaka Kumiko. El abogado Carlos Varela Álvarez es su defensor.Kosaka Kumiko (42), religiosa de nacionalidad japonesa. Es la primera mujer que estuvo detenida en el penal de Agua de las Avispas y desde setiembre está detenida en la modalidad domiciliaria. Las víctimas la señalan como "la monja mala". Está acusada de abuso sexual y corrupción de menores. Cayó en mayo de 2017 en manos de la Policía Federal. Tiene tres hermanos (uno vive en Buenos Aires, otro en Japón y el tercero en Europa), con quienes no tiene relación. También es representada por el abogado Carlos Varela Álvarez.