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El empresario tenía 88 años. Fue mucho tiempo dueño de la embotelladora local de Coca Cola. Entre sus muy variadas actividades, fue gerente general de Diario UNO.

Murió Raúl Laurenzo, un creativo inigualable

Por Jaime Correasjcorreas@arlink.net.ar

El miércoles Mendoza perdió a uno de los hombres más brillantes que la habitó en las últimas décadas. Nacido en Paysandú, Uruguay, en 1925, Raúl Laurenzo llegó a nuestra provincia a principios de los ’70 para hacerse cargo de la embotelladora de gaseosas. Como dueño de Mendoza Refrescos innovó hacia adentro de su empresa, logrando los más altos estándares en todo y hacia afuera, no sólo a través de sus ventas, sino también de su labor en la sociedad como animador de negocios y de cultura. En ese sentido, tuvo un perfil inhabitual dentro del empresariado mendocino. Quienes lo conocieron saben que se destacó de un modo arrollador cada vez que puso su creatividad para afrontar un problema. Laurenzo era sobre todo creatividad, fue una fuerza de trabajo creativa incomparable puesta al servicio de darle batalla con imaginación a los desafíos.

En Diario UNO lo conocimos cuando se hizo cargo de la gerencia general y mejoró muchísimas cosas. Ya fue imposible no consultarlo, aún cuando dejó la empresa, a la hora de enfrentar ciertos temas. Y siempre estaba disponible y entusiasmado.

Le gustaba contar que se había dedicado a los negocios el día en que quiso comprar una pizza y no tuvo la plata para hacerlo. Llegó a facturar con su compañía 60 millones de dólares. Pero una punta y la otra del camino eran para él sólo anécdotas, porque vivía pendiente de los nuevos emprendimientos. Era un hombre en proyecto. Como todo gran creativo, consideraba que lo hecho ya formaba parte del pasado y estaba obsesionado por lo nuevo.

Siempre decía que las ideas se le ocurrían en dos lugares: la ducha o a diez mil metros de altura, mientras viajaba en avión. Era incansable, y una de sus máximas pasiones fueron los viajes. Conocía el mundo entero y con su inseparable Olga estaban siempre planeando el nuevo destino. Pero no era un turista, era un viajero. De cada lugar traía experiencias y novedades.

Ayer comentábamos con Luis Barbato, su discípulo y colaborador de siempre, que era un maestro, porque era imposible no aprender de él.

Laurenzo es de esa clase de hombres que nos faltará a quienes lo conocimos, porque era un referente ineludible para muchas inquietudes.

Tuvo dos hijos: Raúl, empresario y tanguero en Montevideo, y Patricia, catedrática de Derecho Penal en Málaga. Su ciudad predilecta era París, había sido actor, director y escritor de teatro y de novelas de radioteatro. Apoyaba a los artistas. Fue un charlista inigualable, un gran contador de historias y sobre todo, un amigo entrañable y atento. Laurezo fue único, un verdadero regalo de la vida, de esos que se añoran.

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Siempre activo. Raúl Laurenzo fue un trabajador incansable, que derrochó creatividad.
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