Por Gustavo De Marinisdemarinis.gustavo@diariouno.net.ar
La clase magistral de la profesora Norma Graciela Arenas

Norma Graciela Arenas es profesora de Letras y tiene una maestría en Ciencias del Lenguaje. Oriunda de Rivadavia y a los 60 años tuvo el martes la oportunidad de dar testimonio, por primera vez, de su detención en la época de la dictadura.
Bien podría decirse que, como buena docente, dio una clase magistral en la que, además de relatar los hechos que la involucraron, dejó valiosas reflexiones acerca del significado de los juicios por delitos de lesa humanidad y de la inmensa solidaridad entre los detenidos, solidaridad contra la que no pudieron las patadas, las piñas, la picana, el submarino, la mojarrita y las violaciones.
Norma tenía 21 años el 23 de noviembre de 1976 cuando fue secuestrada por la policía. Estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras y pertenecía al Movimiento Azul y Blanco de la Juventud Universitaria Peronista. Iba camino a rendir Latín y en calle Paso de los Andes, un grupo de tareas la atrapó.
Su siguiente destino fue el D-2 en el Palacio Policial. Allí fue derechito a la sala de tortura. Para su sorpresa el interrogatorio de los “valientes” picaneadores no era sobre cuestiones políticas sino sexuales. Mientras su cuerpo recibía las descargas eléctricas ella, vendada y atada, sintió una mano sobre su boca y la mordió. Enfurecido, el verdugo la quiso ahorcar con un cinturón, pero desistió cuando alguien le dijo: “Pará que la pendeja se nos va”. Y se ve que no querían que se les fuera, al menos, en la primera sesión de tortura. Y se ve también que Norma es una mujer de agallas. Así como este martes en el Megajuicio se dirigió con firmeza y valentía a los imputados, hace 38 años en medio del terror y el horror de estar en el siniestro D-2 cuando un esbirro de ese centro clandestino de detención le dijo: “Soy médico y te voy a revisar”, ella le respondió: “Vos no sos médico, sos un hijo de puta”.
Dos hechos más para destacar. Uno es que tras los apremios, encerrada en un calabozo, con los ojos tapados y maniatada, empezó a sentir las voces de sus compañeros de cautiverio. “Tranquila, no estás sola, estamos con vos”, le decían. Ese aliento fue clave para sobrevivir en el infierno.
El otro hecho fue cuando uno de los carceleros ingresó a la celda de Norma para abusar de ella. Desde otra celda, Jorge Ciro Becerra, epiléptico y herido, con una pierna enyesada hizo tal escándalo pateando puertas y paredes que logró captar la atención y entonces fueron todos contra él y Norma se salvó de la violación. Solidaridad a toda prueba se llama eso.
Después del infierno del D-2, que duró casi un mes y medio, la llevaron a la Penitenciaría desde donde recuperó la libertad el 13 de abril de 1977. Fueron casi 5 meses privada de la libertad, ilegalmente claro está.Ya en el final de su declaración el fiscal Daniel Rodríguez Infante le hizo conocer a Norma lo que para ella fue todo una revelación: su madre (“apenas sabía leer y escribir”) había presentado un hábeas corpus en la Justicia.
“Qué orgullo me da!”, exclamó.
Entonces la profesora cerró su testimonio con una profunda reflexión: “Se puede llegar a la verdad por los medios civilizados que nos permite la democracia. Ni uno de nuestros padres intentó jamás hacer justicia por mano propia. Después de 38 años es maravilloso venir a contar lo que me pasó. Me han devuelto la identidad”. Un largo aplauso coronó ese concepto.