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Hay que defender a las mascotas sin pasar por alto la tenencia responsable

Por Natalia Sosa Abagianossosa.natalia@diariouno.net.ar

@natiabagianos

Todavía no puedo dejar de pensar en los padres del pequeño de un año de San Rafael que murió luego de ser mordido por un perro de la familia. Con todo el dolor del mundo que implica la pérdida de un hijo, decidieron donar los órganos del niño, quien hasta el martes permaneció internado con muerte cerebral en el hospital Schestakow. Por desgracia, no encontraron a un receptor disponible para concretar la ablación y salvar una vida.

El caso de este niño no es un hecho inusual en el departamento sureño ni tampoco en el resto de la provincia, donde pululan los canes abandonados por sus dueños. Lo alarmante es que una persona por día es mordida por algún perro en diferentes circunstancias y lo más grave es que la mayoría son menores de 14 años.

Quizás muchos pueden pensar que la tragedia sanrafaelina se desencadenó en el seno del hogar, por lo que no existe ingerencia alguna en cuanto al control de una tenencia responsable.

Sin embargo, hay muchos otros casos que suceden en la vía pública o son protagonizados por perros salvajes que atacan a otros animales. Hace una semana, se conoció la noticia de que una jauría había ingresado en plena madrugada al Zoológico, donde mató a 27 ñandúes indefensos en sus jaulas. Ni siquiera los cuidadores del paseo pudieron hacer algo para parar la matanza de una docena de perros totalmente sacados y “sedientos de sangre”, tal como describió la situación el director del zoo, Gustavo Pronotto, tras pedir el refuerzo de la seguridad.

Aquí volvieron a aparecer las voces en defensa de las mascotas y advirtieron de que la mayoría de estos canes crecen abandonados en el piedemonte, donde adquieren los hábitos salvajes. Muchos alguna vez tuvieron un hogar donde les dieron comida y abrigo, pero un buen día se convirtieron en perros callejeros sin ningún privilegio.

Igual no estoy diciendo que esta circunstancia los transforme en animales incontrolables o que puedan morder a cualquiera sin razón, ya que de hecho en mi barrio están la Negra y el Tigre, que ofician de verdaderos custodios del vecindario. Jamás he tenido problemas con ninguno de los dos a pesar de que mi hijo de un año y medio los suele cargosear mientras descansan en la plaza o en el hall de mi casa.

En cambio, tengo que reconocer que hay malestar de algunos vecinos con aquellas personas que tienen perros y los sueltan a determinada hora para hacer sus necesidades o para que descarguen sus energías por estar encerrados. Ahí es cuando aprovechan para hacer daño en los jardines o para romper las bolsas de residuos y esparcirlas por todas partes. Y hasta ahora no he visto a ninguno de sus dueños limpiando la mugre que dejan sus mascotas o pidiendo disculpas a un vecino por lo sucedido.

Obvio que no todos actúan de la misma manera, ya que están los que se encargan de cuidar a sus perros cada vez que los sacan afuera o que los pasean con collar para no molestar a nadie, como corresponde.

Cuando era niña recuerdo que por la casa de mis padres, precisamente en San Rafael, pasaba la perrera y nadie se olvidaba a su mascota en la vereda. También me acuerdo que nos turnábamos con mi hermano menor para sacar al parque a Nahué, una gran danés negra enorme. Ahora eso parece casi una excentricidad.

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