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Ulises Corvalán estaba en el Himalaya cuando una avalancha causó la tragedia más grande que se recuerde, suspendiendo por primera vez la temporada de ascensos.

Everest: el mendocino que fue testigo de la historia

Alejandro Gamerogamero.alejandro@diariouno.net.ar

Tratando de dormir como se podía, con 15 grados bajo cero adentro de la carpa, Ulises escuchó ese crack que sus sentidos ya entrenados tradujeron en avalancha. Eran las 6 de la mañana. Estiró la mano, abrió el cierre, miró hacia afuera, no fueron más de cinco segundos y solo alcanzó a ver, al fondo de la traicionera cascada de hielo del Khumbu (a una hora subiendo a pie), el gigantesco spray que se esparcía sobre el aire.

Estaba por ser testigo de un acontecimiento sin precedentes: en un pestañeo, una torre de hielo del tamaño de un edificio de 20 pisos, se había precipitado desde lo alto de una ladera del Everest, llevándose la vida de 16 guías sherpas, naturales de esa zona del Himalaya ubicada en Estado de Nepal. Era la tragedia más grande de la historia en el techo del mundo, la que además desembocaría en una protesta de los guías nepalíes a su gobierno, luego una huelga y finalmente su retirada, sin abrir la temporada de ascenso por primera vez en la historia, desde que se conquistaron los casi 9 mil metros del Everest hace más de 60 años. Este mendocino, que tiene más ascensos exitosos al Aconcagua que años en su haber, acompañaba como guía de montaña a una andinista argentina que quería llegar la cima del Everest. Con menos de una semana en el campo base, la etapa de aclimatación apenas comenzaba y les esperaba por delante entre 15 y 30 días más para afrontar el gran desafío de trepar las laderas del Everest. Ulises Corvalán (42) se quedó en silencio tras ver el último suspiro de la avalancha y pensó: “Ojalá que no haya muerto nadie”. Su mal presentimiento se confirmó poco después. A las 7, ya levantado, se encontró con Tendi, su guía sherpa, quien le dio la mala nueva: “Tengo que ir a ayudar. Hay mucha gente muerta por la avalancha”. En diálogo con Diario UNO, Ulises Corvalán contó el profundo dolor que vivió en el campo base por tanta muerte y tragedia, y la desilusión que a la vez lo invadió por derrumbarse quizás, su única oportunidad de trepar por primera vez las laderas del Everest. Reparó en que aquella avalancha que se llevó a los sherpas se podría haber llevado a cualquiera. “En los picos que están alrededor del campo base del Everest, se producen a diario entre siete y ocho avalanchas. Todos los que van ascenderlo saben que estas van a venir, pero nadie sabe cuándo. Aún bien estudiado como estas comportan, son impredecibles”. Los sherpas son internacionalmente conocidos como los guías del Himalaya y específicamente del Everest. Son un pueblo nativo que vive en esas montañas y que las conocen como la palma de su mano. Son fuertes, cautos y resistentes. De ellos depende el ascenso a la cima del mundo. “Son fundamentales”, cuenta Corvalán. “Nosotros teníamos tres contratados y en los primeros dos días ya habían subido al campamento II (a más de 6 mil metros de altura) unos 1.100 kilos de los equipos que llevábamos”. Ulises detalló: “Sin ellos la temporada, que dura poco más de dos meses no se puede hacer. Mientras los montañistas llegan y se aclimatan en el primer mes, los sherpas preparan el Everest”. “Los doctores del hielo –continúa el mendocino– únicos sherpas pagados por el Estado, preparan el paso por el glaciar y la cascada del Khumbu, al comienzo del recorrido. Son especialistas en ese sector muy peligroso e inestable (cerca de donde fue la tragedia) y es la parte de mayor dificultad técnica”. Y destaca: “Pero después, hasta la cima, hay que tirar 5 kilómetros de cuerdas para subir. Eso, lo hacen los sherpas, con el aporte de todas las expediciones que van poniendo cientos de metros de cuerda”. Ulises Corvalán recordó la desolación de los sherpas tras la tragedia: “Para ellos no es cualquier cosa. Antes de salir hacen una ceremonia pidiendo permiso a la montaña para ascender y van orando todo el tiempo. Estaban muy golpeados, habían perdido padres, hermanos, hijos”. Tras el petitorio, el paro, la promesa del gobierno de indemnizar sus muertos y el fracaso de un acuerdo, los 700 guías y porteadores sherpas se volvieron a sus casas y con ellos los 700 montañistas que estaban en el lugar. “Fue todo muy triste, la tragedia y ver esa interminable fila de personas regresar”. Perfil Ulises Corvalán Nació: 18 de noviembre de 1971Profesión: guía de montañaEstado civil: casado con GabrielaHijos: LucianaSu carrera Tiene 48 cumbres en el Aconcagua donde es guía durante la temporada. También conquistó las cimas del Mc Kinley en Alaska, el Kilimanjaro en África e hizo una travesía por la Antártida. Es además profesor de la Escuela de Guías de Montaña en el IEF (Instituto de Educación Física). Un viaje que se hace una sola vez en la vida Ir a conquistar el monte Everest demanda una fortuna para un argentino. Ulises Corvalán señala que como mínimo hay que pensar en “unos U$S60.000”. Para llegar al Everest hay dos caminos: por China, en la ocupada nación del Tibet, o por Nepal, otro pequeño país que está entre China y la India. Nepal es la ruta más usada, pero el techo del mundo no está, como el Aconcagua, a unas pocas horas de la ruta internacional. Al contrario, llegar al campo base del Everest demora unos 15 días. Más otros 15 días de aclimatación y lo que queda del mes restante es para intentar el ascenso. Además, Nepal es un país con un fuerte atraso que hasta 1990 estuvo aislado del mundo viviendo en un estado medieval. En Katmandú, su capital, el agua corriente no se puede ingerir porque es tóxica. “En los hoteles te dan agua mineral para que te laves los dientes”, recuerda Ulises. Para llegar hace falta además un permiso del gobierno local. Hay un cupo de 700 montañistas porque por cada uno de ellos hay un sherpa en el monte Everest para asistirlo. La ruta de ascenso es difícil: “Es técnicamente más compleja que el Glaciar de los Polacos, pero está encordada” indica Corvalán. A partir del Campo III, en los 7.300 metros el ascenso solo se hace con oxígeno que los sherpas suben hasta allí.

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