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Ese pueblo de Junín, cuyo nombre recuerda a un vizconde inglés, acaba de cumplir 106 años de su fundación.

En Philipps, sus 1.000 vecinos se apegan al hábito

Por Enrique Pfaabpfaab.enrique@diariouno.com.ar

JUNÍN–“No me voy ni loco de acá”, dice mientras barre las hojas.Oscar Antonio Palma tiene 44 años. Nació donde vive y morirá. En el mismo lugar donde vivieron sus padres y ahora viven sus tres hijos.En este pueblito donde el otoño está subrayado por la calma y en donde un jueves a las 11 de la mañana apenas se ve a una muchacha sentada frente a la puerta de su casa y a un joven leyendo unos apuntes de la facultad un banco de la plaza.

En Philipps sus 1.000 habitantes no piensan romper sus costumbres, por más que el 24 de abril fue el 106º aniversario de su fundación simbólica. No hay motivos para hacerlo, porque la vida transcurre igual, y es mejor que así sea.Oscar barre las hojas de la plaza desde hace 24 años, cuando comenzó a trabajar para la Municipalidad de Junín. Lo acompaña como todas las mañanas un muchachito del pueblo, que tiene una discapacidad y que dice que es “el capataz”. Oscar lo trata con ternura y le dice: “¿Vos también vas a salir en la foto? ¡Ja, te enganchaste, can can!”.Philipps es el pueblo de los Morán, de los Medina. Familias que lo hanconstruido y siguen viviendo allí. Y como todo pueblo, tiene sus figuras, sus héroes. “Por ejemplo, el Quito Chacón, que todavía vive”, recuerda Oscar. “El Quito se formó acá, en el Club 25 de Mayo, y después fue a jugar a Gimnasia, al Nandes (por el Nantes, de Francia), a Estudiantes de la Plata”.Justamente el fútbol y el histórico club philippense Social y Deportivo 25 de Mayo fue trascendental en la vida del pueblo. Supo ser animador de la Liga Rivadaviense y su leyenda es un compendio de más de 80 años. De allí, de su hinchada que es también todo el pueblo, surgió un grito de aliento que todavía se recuerda en la zona: “¡Veinticinco, mierda!”.Esa exclamación se escapó de la cancha. El profesor y músico Roberto Mercado, nativo del lugar, explica en su libro Philipps, 100 años de un pueblo, que “este fue el grito de júbilo cuando el equipo salía a la cancha o cuando un defensor la rechazaba con mucha fuerza hacia arriba, cuando las papas quemaban. En este caso el grito era aún más fuerte”. Después se usó para expresar felicidad por cualquier motivo. A saber: “Me puse de novio con la Petisa”; o “me saqué la quiniela”; también “pasé de grado”; “mañana nos pagan”; “el viernes comemos un asado”, y así. Todo rematado con un fuerte, seco y contundente “¡Veinticinco, mierda!”.Ser de Philipps es un orgullo. Dicen que alguna vez don Linderman Morán viajó a Buenos Aires para realizar unos trámites. Un día subió a un taxi en la ciudad de La Plata y a la pregunta del taxista sobre su origen, Morán contestó: “No es por compadriar, pero soy de Pili”.Y ¿por qué se llama Philipps? El mismo Mercado cuenta que la zona era conocida como La Jarilla y también Mundo Nuevo, hasta que se hizo el ramal a Rivadavia del ferrocarril Buenos Aires al Pacífico y se ubicó una estación en la incipiente villa. Esas vías se habilitaron el 26 de e-nero de 1908. Unos días antes, el 10 de enero, el representante legal del ramal, Emilio Lamarca, se dirigió al director general en el siguiente tono: “Es urgente fijar los nombres de las estaciones”, y una semana después recibió la respuesta que aquella correspondiente a la villa llevaría el nombre de “Uriarte”. Sin embargo, el 27 de febrero de ese mismo año el propio Lamarca hace notar a sus superiores que el nombre designado “tiene similitud con el nombre Irirte de nuestra línea principal de la División Buenos Aires, lo que dará lugar a confusiones y tropiezos, tanto para la correspondencia como para el giro de las cargas”. Así se modificó el nombre de la estación y se pasó a llamar Philipps, aunque ya en su designación estaba mal escrito, con una sola “P”.El nombre del poblado es en honor a un vizconde inglés. John Wynford Philipps, nacido el 30 de mayo de 1860 y muerto el 28 de marzo de 1938, miembro del directorio del ferrocarril de ese tiempo.“La mayoría es gente que vive de trabajar la tierra”, cuenta Oscar, el placero. El pueblo convive con las fincas y casi no se percibe cuando termina uno y empiezan aquellas. Apenas se sabe que no hay otro lugar en el mundo como ese.

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