El desafío se escribía con mayúsculas. Una reconocida investigadora en educación le proponía iniciar un proyecto de inclusión que partiría ayudando a un pequeño de 8 años al que le habían practicado una lobotomía y había perdido la memoria y a otro chico con el por entonces desconocido síndrome de Prader-Willi, que entre otras complicaciones puede provocar obesidad mórbida. Esa propuesta, que podría amilanar a cualquier docente, a Adriana Sosa (41) la entusiasmó y se animó a transitar los caminos de la integración. Hoy, aquel chico que tenía medio cuerpo paralizado tras la operación cerebral ya hizo una tecnicatura universitaria en arte y tiene su propio trabajo. Hace 20 años, cuando nadie conjugaba demasiado el verbo integrar, María Victoria Gómez de Erice innovó y creó en la escuela Carmen Vera Arenas un proyecto de atención a la diversidad que más tarde se convirtió en el Proyecto Institucional de Inclusión, y le aportó ese perfil al colegio de la UNCuyo."La escuela tenía una nueva necesidad. A uno de nuestros alumnos, Marcos, lo habían operado en Estados Unidos, en donde le extirparon medio cerebro y el primer año no hablaba, sólo decía sí y no y había perdido la memoria, había que nombrarle todos los objetos para que aprendiera cómo se llamaba cada cosa. Pero en un año logró esa neuroplasticidad de la que hablan los libros y vimos cómo el hemisferio derecho comenzó a desarrollar las habilidades que no podía por el hemisferio que le faltaba. Habíamos pasado tres meses intentando que aprendiera las vocales y en un mes aprendió vocales y consonantes, todo junto", cuenta Adriana, para quien adecuar una propuesta educativa para sus alumnos es como "tender puentes" para que ellos lleguen a sus conocimientos, en los tiempos en que cada uno pueda. A partir de esta experiencia, Adriana entendió que el secreto de la verdadera integración está en potenciar las posibilidades de cada alumno y no en mirar el déficit que pudiese tener. Así la inclusión creció y hoy asisten a las aulas de la Vera Arena alumnos ciegos, sordos, con autismo, psicosis infantil, síndrome de Down y parálisis cerebral. Esa filosofía de acompañar la evolución y las capacidades de cada estudiante se terminó de confirmar cuando Marcos, aquel alumno que tenía medio cuerpo paralizado por carecer del lóbulo izquierdo de su cerebro, llegó a la Facultad de Artes para perfeccionar aquellas habilidades de expresión visual que manifestó desde pequeño. "El siguió en el programa de inclusión en la Facultad de Artes de la UNCuyo, en donde cursó 3 años. Esto es porque vimos que transfirió muchos conocimientos a su hemisferio derecho, que es el que se encarga de la creatividad, del arte y la expresión visual; eso es lo que más desarrolló y quisimos potenciar eso. Él se comunicaba con nosotras por metáforas o por dibujos de algún concepto y en la facultad logró perfeccionar esa capacidad con las materias de Dibujo I y II. En Historia del Arte o en Análisis de las Formas, él pudo poner en palabras las cosas que él veía. El notaba que había patrones en la naturaleza, como las formas de los panales, los pétalos, y en esas materias le dieron sustento teórico a lo que él ve. Hoy sigue pintando, pinta y expone", dice esta docente primaria, que obviamente acompañó el crecimiento de su ex alumno, que hoy también trabaja en un programa del DAMSU, la obra social del personal de la Universidad Nacional de Cuyo.
Adriana Sosa (41) ejerce en la escuela Carmen Vera Arenas y hace 20 años
se sumó al proyecto de integración. Tuvo un alumno al que le realizaron una lobotomía que se comunicaba con dibujos y llegó a estudiar en la facultad.
Cuando los docentes se animan a tender puentes, todos llegan
