Por Gustavo De Marinisdemarinis.gustavo@diariouno.net.ar
Amistad, solidaridad, compañerismo y amor para imponerse al horror

Tenía 24 años, jugaba al rugby en Los Tordos, era empleado público y delegado gremial, militaba en la Juventud Trabajadora Peronista y estaba a seis materias de recibirse de ingeniero. Esa era la situación de Guido Esteban Actis hace 38 años y medio, en febrero de 1976.
Una noche lo fue a buscar un grupo parapolicial. Se resistió. Alto y fornido y con una buena preparación física les dio pelea a quienes lo querían secuestrar. A esa lucha se sumó solidariamente un vecino y, a la vez, compañero de equipo en los Pájaros del carril Urquiza. A las piñas los dos rugbiers alejaron a los atacantes aunque a Actis le dieron un tiro en una mano. Pocos días después lo fueron a buscar de nuevo, ahora con policías uniformados.
Lo llevaron al Palacio Policial, al que llegó acompañado por su mamá y por otro rugbier de Los Tordos, Raúl Carreño. ¿Y qué pasó ahí? Fue a dar a los calabozos del D2. Lo que siguió, obviamente tratándose de ese centro clandestino de detención, fue el comienzo del infierno, con torturas, mujeres violadas y compañeros asesinados…
El lunes Guido Actis tuvo la oportunidad de dar su testimonio en el Megajuicio por delitos de lesa humanidad. Su declaración, de casi tres horas, fue de un contenido muy fuerte en el que resaltaron situaciones relacionadas con la amistad, la solidaridad, el compañerismo y el amor, valores invencibles con los que los represores no pudieron.
Ya en el inicio de su testimonio, con el juramento “por los compañeros” quedó de manifiesto ese espíritu de compromiso que el terrorismo de Estado no pudo vulnerar ni con las peores de sus prácticas, como “cuando (recordó Actis) “una compañera era violada en el D2 y no gritaba para evitar que nos torturaran a los demás que estábamos allí”.
También es para destacar el recuerdo de dos religiosos que tuvieron actitudes solidarias y valientes tratando de ayudar a las víctimas. Uno fue el padre Pablo Latuf, a quien muchos testigos han mencionado y recordado con cariño. Y el otro fue sor Eudosia Gutiérrez, quien (narró Actis) “me cuidaba en una habitación del Hospital Militar porque me habían operado por una lesión en una rodilla y echó a los gritos a un grupo de uniformados que pretendía interrogarme”.
Justamente en ese paso por el hospital Guido vio desde lejos a una detenida política que resultó ser Alicia Peña, militante estudiantil. Ese día solamente se miraron y después durante dos años se enviaron cartas desde sus lugares de encierro. En 1982 se casaron en la Penitenciaría Provincial. Y hablando de ella cerró su testimonio Actis: “Esa mujer sigue siendo hoy mi compañera de vida. ¡Salud!”. Y enseguida levantó un vaso con agua como ofrenda.
Sí, ¡salud, Guido!