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La joven de 22 años cuenta el calvario que pasó al lado de un hombre violento: maltrato, muerte, cárcel y la resurrección en libertad después de dos años de prisión. Ahora cría sola a sus tres hijos.

“A las mujeres les aconsejo que digan basta y que no terminen como yo”

Por Alejandro Gamerogamero.alejandro

@diariouno.net.ar

Cinthia Rojas tiene apenas 22 años, tres hijos (1, 3 y 6 años), una secundaria incompleta que quiere terminar, dos convivencias maritales de hecho a partir de los 14 y por los siguientes 8 años, una separación, una condena, una casa que perdió, dos años de cárcel y una declaración de inocencia. Mató a su último concubino un día de 2012 cuando éste estaba encima de ella golpeándola una vez más, como hacía 2 años que lo hacía. Un tribunal la consideró una asesina pero la Suprema Corte local la juzgó como una víctima que actuó en defensa propia y que configuraba un caso típico de violencia de género: hace pocos días la declaró inocente y le devolvió su libertad.

Vive una vida austera, en la casa de su madre, en los bordes de la Ciudad. Tan austera que no tiene más lugar para almorzar, cenar o tomar mate que en la misma cocina comedor donde José González, su concubino, cayó herido de muerte con una cuchillada en el pecho que Cinthia le clavó cuando se cubría de los golpes que pretendía propinarle. Aquel día fue el trágico final de dos años de infierno, según el relato de Cinthia. Dos años en donde afirma que estaba atrapada y que temió varias veces por su vida. El paso por la cárcel, detenida más de un año en El Borbollón, lejos de sus hijos y sin saber si iba a revertir su situación, la dejaron marcada.

–¡Has pasado la vida casada! –Sí, una mala vida, no por lo que me haya faltado, o por lo que sufrí yo que fue horrible, sino por lo que han sufrido mis hijos.

–¿Qué les aconsejás a las mujeres que pasan por el maltrato como vos?–Estaba amenazada de muerte, aguanté por no arriesgar y fue peor. Les aconsejo que digan basta y que no terminen como yo. Que corran el riesgo, que no aguanten tanto como aguanté yo.

–¿Cómo empezó todo?–Lo conocía del barrio, estuvimos un tiempo de novios y ya no funcionaba. Era muy celoso, estaba obsesionado conmigo. Después se vino a vivir a mi casa porque se había separado y no tenía dónde ir. Era cuidacoches porque no le gustaba trabajar, no quería hacer nada. Después me enteré de que tenía muchísimos antecedentes en la policía.

–¿Y los maltratos empezaron de entrada?–Sí, el maltrato existió siempre porque a él le gustaban esas cosas, le gustaba maltratar a las mujeres, era muy agresivo y había que hacer lo que él decía. Además le gustaba tomar y se drogaba mucho y eso lo ponía peor.

–¿Era todos los días lo mismo?– Siempre me golpeaba, el maltrato era todo el tiempo, las agresiones, los insultos. Quería drogarse en casa y yo no lo dejaba porque estaban mis hijos y eso traía más peleas. Un día me tiró una puñalada de atrás pero me lastimó poco. Otro día me echó una olla de comida caliente encima. Yo creí que ese día me iba a terminar matando.

–¿Cómo llegaste a una relación con alguien así? –Me enganché con él, me enamoré, después lo quise dejar y no pude, ya era muy tarde. Los vecinos me lo decían, nadie lo quería en el barrio, pero yo no los escuché.

–¿Tampoco lo denunciaste?–Lo estuve por hacer varias veces pero daba igual, él siempre iba a estar ahí porque no le tenía miedo a nadie. Me tenía amenazada con que se iba a cortar porque tenía cortes por todos lados, que se iba a matar o me iba a matar a mí y yo no tenía duda de que lo haría. No me quería arriesgar, no tenía salida.

–¿Nadie te defendía?–No, todo el mundo le tenía miedo.

–¿Fuiste a un hospital?–Me daba mucha vergüenza ir a un hospital, eran heridas, moretones, machucones que él me dejaba y después se pasaban.

(Entera durante toda la hora de conversación se quiebra un par de veces. Aguanta las lágrimas, las ataja apenas brotan de sus ojos, disimula).

–¿Qué te permitió sobrevivir en la cárcel?–Mis hijos, volver a verlos me mantuvo entera.

El fallo de la Corte que le permitió salir de la cárcel

El histórico fallo resuelto por la Suprema Corte mendocina, de los jueces Herman Salvini y Carlos Böhm, a favor de Cinthia Rojas, luego de que sus abogados, Carlos Moyano y Sergio Carreño, pidieran la revisión de la condena a 8 años de cárcel, abrió un camino hasta ahora difuso, sobre cómo los tribunales deben evaluar la legítima defensa cuando es una mujer la que es juzgada por matar en esa condición a un hombre.Acudió a doctrinas jurídicas de los últimos años, a fallos de otras provincias y sentencias de cortes internacionales para decir que la legítima defensa de una mujer no puede evaluarse igual que la de un hombre.

Recalcó que sucede en un contexto de violencia de género, se debe valorar con el mismo peso el historial de maltrato y las agresiones. Dice el fallo local que los requisitos de la legítima defensa han sido elaborados “partiendo de la base de una confrontación hombre/hombre”, marcando que cuando “el enfrentamiento es hombre/mujer, ésta requiere la perspectiva de género.Cita a la jurista Elena Larrauri, quien ha dicho que “bajo la aparente neutralidad de la norma escrita late una visión masculina que se observa en la violencia doméstica”.Cuando la mujer mata “se juzga su intención por el arma utilizada y se desconoce el hecho obvio de que para ella es imposible matar con sus manos a quienes son más fuertes. Un hombre puede estrangular a una mujer con sus manos, la mujer no, por lo que es habitual que ella use un arma considerada peligrosa”.Con estos conceptos, la Corte provincial no aceptó el argumento de que el arma utilizada por Cinthia Rojas, un cuchillo, quebrara el requisito de la legítima defensa como lo entendió el tribunal que la condenó.La Corte valoró además como ciertos los testimonios sobre los maltratos aunque no hubiera denuncia.

Encarcelados: ser tratado como un muerto en vida, como un fantasma

Ir a la cárcel es una de las peores cosas que le puede pasar a cualquier ciudadano. Cuando ocurre, automáticamente pierde de hecho esa condición y se trasforma en un preso: casi siempre su palabra y sus denuncias no valen nada, es ignorado socialmente, se convierte en un fantasma, un muerto viviente.Esa misma sensación fue la que tuvo Cinthia Rojas cuando fue a parar al penal del Borbollón, en Las Heras.

“Es horrible, estás todo el día encerrada, te verduguean y te la tenés que aguantar; me llevaban mis hijos chiquitos para que se quedaran conmigo pero no pude tenerlos. Se enfermaban, no aguantaban el encierro, terminaron internados. Me acuerdo cómo te mira la gente cuando te llevan a un hospital esposada. Te miran con miedo, si les hablás te escuchan y no creen, no sos nada ni nadie”, sentencia Cinthia.Recuerda que el día que llegó al penal no conocía a nadie pero ahí “todas ya sabían por qué me acababan de llevar”.Afirma que “son todas buenas chicas” y “que ahí hay casos de mujeres que pasaron por lo mismo que yo, igual que yo pero están presas”.Asegura que estar allí es “hacer nada en todo el día”.

“El día que me condenaron yo creía que iba a recuperar mi libertad”

“El día que escuché mi condena se me vino el mundo abajo. Yo estaba convencida de que ese día terminaba todo y me iba en libertad a mi casa”, relata Cinthia Rojas, quien nunca había estado presa antes de matar a su concubino José González cuando se defendía de los golpes que éste le asestaba.Nunca había estado detenida, ni demorada, ni conocía una comisaría en esa condición. “Nunca tuve problemas”, asegura.

El día que hirió mortalmente a su pareja se la llevó la policía y horas después, cuando González murió, fue acusada de homicidio y enviada al penal de mujeres de El Borbollón, en Las Heras. “Nunca imaginé que podía llegar a estar en una situación así, lejos de mi familia y de mis hijos que sufrieron, un daño muy grande”, cuenta. La estadía tras las rejas sería más larga de lo que ella pudo haber imaginado. Debió pasar 1 año y 3 meses para que su caso llegara a juicio oral y público. Arribó al debate oral con esperanza y con la tranquilidad de “haber hecho lo que hice en defensa propia. En el juicio nadie había declarado contra mí”. Pero el tribunal no pensó lo mismo, entendió que no había legítima defensa, sino un homicidio tras una pelea despareja y le dio 8 años de cárcel, pena que luego fue revocada. 

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