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El ataque de un automovilista a otro en el Corredor del Oeste, tras un choque, lleva a preguntar por qué se reacciona así. La exitosa novela negra del sueco Stieg Larsson bien podría incluir ese capítulo mendocino, oscuro y violento.

A la chica terrible de Millenium seguro que le habría provocado un escalofrío

Por José Luis Verdericoverderico.joseluis@diariouno.net.ar

@jlverderico

Uno, dos, tres tiros recibe Lisbeth Salander en su escuálida humanidad, pero antes de desplomarse en el maloliente piso del granero, alcanza a darle un hachazo en el rostro a su agresor. Él grita de dolor por la profunda herida y de indignación por la inesperada reacción. Ella, casi exánime, sufre, llora y se retuerce entre bruscos espasmos. Afuera, el viento helado hace de las suyas con todo lo que encuentra a su paso.

Así fue una de las escenas más terribles y estremecedoras de la trilogía Millenium, novela negra con todas las de la ley, publicada a fines de la década pasada por el sueco Stieg Larsson, a quien la muerte lo sorprendió cuando esta obra completa, que se transformó en un éxito de ventas en todo el mundo, estaba a punto de salir al mercado.

Mendoza también tiene sus capítulos de violencia in extremis, que bien podrían haber motivado al escritor escandinavo.

¿Premonitoria?“” lleva por título mi columna del lunes 21 de abril.

Está inspirada en un incidente vial que presencié días antes en Guaymallén, frente a una escuela atestada de chicos y padres que iban y venían, y cuyo protagonista excluyente fue un hombre de unos 50 años, peinado para atrás y con pómulos amoratados, quien bajó de su auto gris lustroso empuñando un cuchillo de hoja ancha y de mango blanco mientras caminaba en dirección a otro hombre que cruzaba la calle con su hijito con edad y atuendo escolares.

Mi afirmación literaria y periodística de que algunas escenas de nuestro caótico y abarrotado tránsito pueden ser argumento de una novela de esas bravas y estremecedoras terminó volviéndose realidad este jueves, cuando tras un accidente vial en el Corredor del Oeste sin mayores consecuencias, uno de los conductores se bajó del auto empuñando un palo y el otro le asestó varias cuchilladas que casi lo desangran. Así nomás, sin preámbulos, al mejor estilo de Lisbeth Salander, ese oscuro personaje central de Millenium, la chica del hachazo.

Sentí pavor al enterarme de que el cuchillero del Corredor del Oeste andaba en un auto gris, como el cuchillero de Guaymallén, y creí que podía tratarse de la misma persona. Pero no. El conductor que casi manda al cementerio al otro automovilista tiene unos 70 años. Y el rodado era otro.

Sentí alivio, pero rápidamente me invadió la preocupación al caer en la cuenta de que al menos dos automovilistas mendocinos la van de cuchilleros, llevan ese tipo de arma blanca en la gaveta o debajo del asiento y no tienen ningún prurito ni se ponen colorados cuando, a la primera de cambio, dirimen cualquier cruce callejero con un acero en la mano.

Si un médico no hubiera pasado cerca de esa terrible escena y auxiliado al acuchillado, ahora estaríamos hablando de otra cosa: de un asesinato en plena calle. ¿Tan locos estamos al volante que en un segundo podemos matar a alguien?

Eso sí: confieso que una cosa fue imaginar la escena del Corredor del Oeste y otra muy distinta lo que sentí al ver la foto de la puerta del auto del malherido, bañada de sangre.

Si hasta la chica terrible de Millenium y su creador deben de haber sentido vergüenza ajena y algún pequeño escalofrío.

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