Pocas veces como esta. Pocas semanas como esta. De días tan largos, de horas eternas, de minutos interminables. La ansiedad, el miedo, la angustia, el enojo. Todo mezclado y potenciado por la falta de noticias. Sí, es verdad, ya hubo casos como este. Sí, este dolor ya se ha vivido a través del dolor de tantas familias que han sufrido algo similar. Sí, es real que la capacidad de sorpresa ya no es la misma por lo repetido de los casos. Todo eso es verdad, pero este caso fue diferente. Quizá porque lo tenemos tan cerca. Quizá porque conocemos a su familia, a sus amigos. Quizá porque hoy la conocemos tanto a ella. No sabemos a ciencia cierta el porqué, pero la sensación de impotencia y desamparo que generó Micaela caló en lo más profundo de los entrerrianos. Tal vez porque su historia es la de miles de gurisas nuestras que trabajan, estudian, viajan, bailan, se divierten. Viven.
No hubo nadie que no estuviera pendiente de lo que sucedía. Minuto a minuto. En las calles, en las oficinas, en las reuniones, en las escuelas. No hubo padre o madre que no llamara a sus hijos que están afuera estudiando para que extremen los cuidados. No hubo mesa de almuerzo o cena familiar donde no se multiplicaran los consejos.
Ya no fueron recomendaciones de ocasión. Cada palabra estuvo dirigida desde las entrañas mismas del temor.
Se exteriorizaron todos los sentimientos que genera el dolor de los padres de Micaela. Se hicieron propios su desesperación y su ansiedad. Ya no hubo lugar para pensar que esto solo le pasa a otros por televisión. Ahora nos sentíamos nosotros mismos en la pantalla.
Las redes sociales se transformaron en una red neuronal para propagar la desazón y la rabia. Todo se volvió un entramado de sensaciones que multiplicaba estados de ánimo y que sumaban impaciencia. Atentos todos a cualquier novedad. Hasta la más mínima.
En esa misma red se encontraron espacios para la esperanza, para la solidaridad, para el compromiso, para la fe. Esta red permitió exteriorizar el acompañamiento de miles de personas en ciudades y pueblos que sintieron que Micaela era su hija. Compromisos personales multiplicados en marchas multitudinarias para exigir que esto ya no suceda. Que se terminen los errores de la Justicia. Que el sentido común guíe las decisiones de los jueces. Que la conciencia prime sobre la letra muerta de una ley que permite que las Micaelas sigan apareciendo en cualquier rincón del país.
El desconcierto inicial se transformó directamente en indignación hacia la Justicia y sus representantes cuando se conoció la historia de la desaparición de Micaela. Ese hilo conductor es el que guía hoy la furia visceral de la sociedad. Pero deberán saber los jueces que la "sociedad" ya no es una entelequia sin rostro. Hoy son los padres y madres representados en el rostro y el corazón de los padres de Micaela. Hoy la "sociedad" son los miles de mujeres que se sienten amenazadas sencillamente porque están amenazadas.
¿Hasta cuándo? Es la pregunta que ronda luego de cada caso como este. Nada cambiará, es la respuesta que se aventura casi como un acto reflejo. La esperanza es que ahora, cada juez que dictamine la libertad de un violador, de un violento, de un asesino cualquiera, piense dos veces cómo hará para salir a la calle, cómo le explicará a sus hijos que él tomó la decisión, cómo enfrentará a su madre y sus hermanas, que también tienen hijos, y cómo se explicará a sí mismo, sin ampararse en los libros, que tuvo en sus manos la vida de tantas Micaelas que aún están por venir. El reto estará en trabajar para que no suceda más.
