Una leyenda en Mendoza

Por UNO

Gisela Emma [email protected]

La serenidad de su voz transparenta el aplomo de una artista universal, que ha sabido conquistar a públicos de lo más heterogéneos, en Europa, Japón o Latinoamérica, y que ha transitado con soltura por la mayor parte de los códigos artísticos, desde el teatro, lenguaje del que se empapó desde pequeña, hasta el cine, el canto y la danza.

Tal vez porque la vida de Cipe Lincovsky, comprometida con un arte al servicio de la libertad, la memoria y la justicia, adquirió una arrasadora fuerza espectacular es que decidió volver a Mendoza después de 13 años a montar su espectáculo autobiográfico Encuentros, vida de una artista, basado en el libro homónimo de su autoría, que estrenó hace exactamente un año en Tucumán.

Antes se subirse a las tablas del teatro Plaza, Cipe será homenajeada por la Comuna de Godoy Cruz por su vasta trayectoria como artista y su lucha inclaudicable en materia de derechos humanos. Será en la bodega Escorihuela, a las 19, en el marco de la presentación del mayor festival cinematográfico de factura local: Mirada Oeste.

Escenario & Tendencias tuvo el honor de acceder a una charla telefónica con la actriz de La tregua. En su discurso suelen abrirse largos surcos de silencio; de ellos emergen recuerdos o serenas reflexiones que son joyas para atesorar en la memoria.

–¿Qué recuerda de su último paso por Mendoza en los ’90?–¡Uf! ¡La verdad que hace tanto que no voy! Recuerdo que fui a hacer El patio de atrás (una obra de Roberto Cossa), creo que fue en el ’98. Luego estuve trabajando con Bejart (en referencia al gran coreógrafo belga Maurice Bejart, con quien Cipe montó en 1999 y 2000 la obra Che, Quijote Bandoneón, y con quien 10 años antes había girado por Europa y Japón con Nijinsky, clown de Dios). Y en el 2002 me accidenté (estuvo cuatro años sin trabajar). Mendoza debe estar divina, más linda que siempre.

–¿Qué emoción se le despierta al pisar nuevamente un lugar donde mostró su arte?–Es increíble. En general retornar a los lugares donde uno estuvo alguna vez provoca una sensación muy grata. ¡Ah! ¡Qué cosa más linda es volver!

–¿Qué veremos en Encuentros, vida de una artista?

–La verdad, no es un unipersonal común, porque no hago personajes, sino que hablo sobre los grandes encuentros que tuve en mi vida: (Vittorio) Gassman, Jorge Donn, Liv Ullman... es muy interesante. También hay un video de 15 minutos y números en los que canto, voy con músico y todo.

–¿Recuerda su primer contacto con alguna forma del arte?–Claro, lo que pasa es que yo nací siendo actriz. Recuerdo que mi papá trabajaba en un teatro que quedaba frente al mercado del Abasto y mi mamá fue a pedir un cajoncito de manzanas, le hizo alrededor unos volados que tejió al croché y todas las noches me llevaban ahí al teatro, porque mi mamá nunca dejaba solo a mi padre, lógico. Y mirá, si es verdad eso de que uno aprende un idioma durmiendo; yo puedo decir que aprendí a ser actriz... ¡durmiendo! (risas), viendo a los actores judíos más grandes que hubo en esa época, que habían escapado de la guerra en Europa.

–Literalmente podría decirse que actuás “desde la cuna”...–Claro, y cuando empecé a caminar iba a los camarines a hablar con los actores, me pasaba todas las noches ahí (silencio)... Mirá, solamente en castellano la palabra “jugar” no quiere decir “actuar”, en la mayoría de los idiomas estas dos palabras son una. La cosa es que iba a los camarines, especialmente al de Joseph Buloff, que Arthur Miller destacó como el mejor intérprete de todas sus obras, y le decía (canta): “¡Yo voy a jugar con vos! ¡Yo voy a jugar con vos!”, pero yo hablaba de jugar, y resultó que 23 años más tarde terminé actuando, es decir, jugando con él en Los hermanos Ashkenazi, que estrenamos en el Odeón.

–¿En qué momento siente que recibió su formación más fuerte?–Bueno, tiempo después del Excelsior (teatro que presentaba obras en irish) papá y un grupo de cinco amigos activistas progresistas judíos compraron un terreno e hicieron ahí el teatro Ift, que fue donde estrenamos Madre coraje en 1953, en el ’54 Las brujas de Salem. Ese era un teatro muy adelantado respecto de los que había en Buenos Aires, porque como los judíos tenían plata contrataban a grandes directores, por lo que todos nosotros nos formamos en la mejor escuela de teatro: la de Stanislavsky. En ese elenco estuve hasta el ’57, cuando me fui a Alemania a estrenar Yo solo y ningún ángel (ver aparte).

–¿Cómo tomó contacto con el actor italiano Vittorio Gassman?–Resulta que al volver de uno de mis viajes por Europa llego a mi casa en Buenos Aires y recibo el llamado de una periodista argentina que me dice: “Cipe, tenés que estar a las 11 en el teatro Coliseo, allí te está esperando Vittorio Gassman”. “¿Qué?”, le dije, “¡estás loca!” “Te digo que es así”, me insistió. Y cuando me lo dijo por tercera vez me di cuenta de que era cierto, así que me vestí volando y salí. Cuando llegué al teatro estaba Vittorio en la puerta, hablando un perfecto español, para que hiciera con él su obra Moby Dick. Me contó sobre las actrices que habían hecho el papel en su gira internacional y que había preguntado quién era la mejor actriz en Argentina, y que le habían dicho que era yo. Y ese mismo día estrenamos.

–Por último, quería preguntarle por su relación con Bertolt Brecht, ¿qué es lo que asimiló más profundamente de este referente?–Que un actor tiene que estudiar mucho más que en cualquier otra profesión, pero una sola cosa hay que tener en cuenta: el talento es el talento, pero le tiene que servir a la gente, tiene que serle útil a la gente. Esto es lo más importante que me dejó este padre que es para mí Brecht.

–¿Cómo ve el panorama político...?–(interrumpe) ¿de las elecciones? Fantástico, feliz de que haya ganado ella (por Cristina Fernández). Espero que siga, y sobre todo que la dejen.

Su estrecha amistad con la viuda de Brecht

Entre la interminable lista de anécdotas que Cipe Lincovsky guarda en su memoria destaca una que deja en evidencia la valentía y el espíritu comprometido que siempre ostentó, y que remite a 1959, cuando la actriz estrenó en Berlín Oriental Yo solo y ningún ángel, dirigida por Hellene Weigel, viuda de Bertolt Brecht, quien tomó a la actriz argentina como su ahijada artística. Fue la primera obra antinazi de Berlín Occidental que se representó en Berlín Oriental.

A continuación, su relato: “En 1957 viajé a Moscú, al Festival de la Juventud, y conocí a alguien que me habló de una obra sobre el levantamiento de los judíos en Varsovia, y me dijo que si conseguía productor la quería montar, cosa que era dificilísima porque era una obra antinazi. Bueno, quedó ahí, yo me volvía Buenos Aires, y seis meses más tarde me llegó un telegrama convocándome para hacer Yo solo y ningún ángel. Así que viajé primero a París, porque iba en un avión de Alemania Occidental y no podía entrar a la Oriental. La cosa es que cuando llegué ya estaba puesta, sólo estaban esperando que yo llegara. En casi cuatro semanas todo estuvo listo. Fue muy loco por lo que implicó: por la obra y porque yo era una judía que iba a Alemania a hacer una obra antinazi. Con Hellene entablé una relación entrañable.

 

Encuentros, vida de una artista

Género: unipersonal autobiográfico.

Con: Cipe Lincovsky.

Función: jueves, a las 21.30, en el teatro Plaza

(Colón 27, Godoy Cruz).

Entradas: $140, $120 y $100.