Psicomotricidad en la infancia es un libro destinado a un lector interesado en la niñez, ya sean madres, padres y criadores, o profesionales que se ocupan de las infancias.
Psicomotricidad en la infancia: la crianza en la mira
Cuando hablo de las funciones de crianza, no la estoy reduciendo a un espacio feminizado, sino que intento situar su lugar valorizando las funciones de quienes conformen la comunidad de cuidados y pongan el cuerpo de manera afectiva, entretejiendo vínculos humanizantes, lúdicos y sostenedores.
Escribo pensando en los interrogantes que nos generan el crecimiento y el desarrollo de niñas y niños. Me centraré en el cuerpo de la expresión y la comunicación, el cuerpo de los aprendizajes que se construye en los lazos que se establece con los adultos “a imagen y semejanza”, con las marcas propias del estilo de cada niña/o. Los adultos en crianza cumplen una función corporizante, a tal punto que se termina armando un parecido entre los miembros de la familia. Hay algo en la voz que se construyó escuchando las voces cercanas que constituyen una prosodia familiar; hay una semejanza en la forma de mirar y en la actitud postural; hay algo en la dinámica de la cara que conforma un rostro con rasgos similares y en la elección de sabores producto de la mesa compartida, etc.
El parecido lo es de tal manera que, cuando un/a niño/a es adoptado/a tempranamente, se parece a los padres adoptivos. Por más que no sean hijas/os de la biología, son hijas/os “de cuerpo”.
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El tema de este libro es la crianza. Se trata de los aprendizajes que son producto de la relación: criar se acerca a crear. Así lo entiende Joan Corominas cuando define “Criar”: “Del lat. creare, ‘crear’”.1Quien cría crea acompañando al/a la niño/a para que construya su propio camino.
El término “poética”, según Paul Valéry, remite al estudio de la creación. La crianza es un acto creativo que reúne los cuidados que generaciones de criadoras/es pusieron en juego frente a un/a bebé.
La crianza convoca una práctica de la ternura. Frente a un/a bebé, ante su inmensa pequeñez, no dejamos de impactarnos. Cuando nos mira y abre su boca, sonreímos, estamos frente al comienzo de la expresión y la comunicación, en los umbrales de un proceso de corporización que cuenta con las personas adultas en su función corporizante.
Cuando la emoción se presenta, cuando el afecto da un sentido a la vida, el lenguaje y la expresividad se acercan a lo poético. Cuando las palabras faltan, el lenguaje cotidiano no alcanza y balbuceamos construyendo imágenes y comparaciones: “Tengo el cielo en mis manos”, “Es como si hubiera nacido de nuevo”, etc.
Frente a un/a bebé, rememoramos nuestro paso por la infancia, comparamos –“la nariz es del padre”, “la boca de la madre”–, buscamos parecidos, la/o identificamos antes de que él/ella se identifique.
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Los seres humanos no nacemos inmaduros, sino en las mejores condiciones para crecer junto a un adulto que ejerza funciones de sostén, continencia, asistencia y acompañamiento.
La primera infancia no son los primeros escalones, sino el soporte sobre el cual se apoyan los peldaños del desarrollo. El bebé recién nacido está dotado de los recursos necesarios para vivir y crecer junto a las y los adultos criadores.
Hay teorías que consideran al recién nacido en estado de prematurez, aunque la mayor fortaleza de un/a niño/a se encuentra en su supuesta “debilidad”, en sus imposibilidades. Esta supuesta precariedad e inmadurez es la condición necesaria para construir un vínculo imprescindible con los adultos criadores y conformar un lazo emocional-afectivo. Nacemos con la necesidad del cuidado del otro; eso nos hace humanos.
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Todo niño/a tiene derecho a ser escuchado. Escuchar no es oír. Cuando escucho al otro estoy dispuesto a recibir su palabra y su voz, a darle un lugar en mi pensamiento, a ser afectado por él. Esta disponibilidad no siempre surge de la voluntad consciente y no todo lo escuchado es aceptado e incorporado. A diferencia de lo que sucede con la escucha, puedo oír sin verme afectado, estando distraído, desinteresado, sin necesidad de taparme los oídos, aunque quizás esa deriva del oído me conecte con la escucha.
A menudo, cuando intentamos calmar a un/a niño/a que se encuentra en un estado de berrinche o cólera, cuando le hablamos, nos oye pero no nos escucha. Sabe de nuestra presencia pero su cuerpo es refractario a nuestra corporeidad: sus oídos están cerrados al diálogo.
Distinguir entre oír y escuchar no es una sutileza ni un detalle. En diversas fuentes se sigue afirmando que el/ la niño/a tiene derecho a ser oído; en otras se modificó y se enuncia como el derecho a ser escuchado. En materia de derecho, la percepción auditiva de un adulto frente a un/a niño/a se debe ordenar en la recepción de su voz y su palabra, así como en obrar en consecuencia.
Daniel Calméls: Psicomotricista, Escritor, Psicólogo Social, Prof. Nacional de Educación Física (Universidad de la Plata), Fundador y ex jefe del área de Psicomotricidad del Servicio de Psicopatología Infantil del Hospital de Clínicas (1980- 2005). Miembro Honorario de la Asociación Argentina de Psicomotricidad, de la Asociación Federal de Psicomotricistas y de OMEP (Organización Mundial para la Educación Preescolar). Profesor Honorario de la Universidad Provincial de Córdoba. Docente de UNSAM en la Lic. en Psicopedagogía.



