Como el vino nuevo, vuelve a las raíces, a lo profundo de su interior, para expresar una historia que en sí misma es una obra de arte y que, mal que le pese, su mundo ficcional es más real que ficticio.

Pepito Cibrián presentó en Mendoza Marica, un unipersonal basado en Federico García Lorca, cuya poética asombra y deslumbra

Por UNO

Por Carolina Baroffio

Es verdad que nadie puede interpretar su obra mejor que él. Porque lo que propone Pepe Cibrián Campoy en Marica es su propia vida escénica, su maravillosa poética teatral y su sensibilidad corporal dispuestas a latir hasta el desgarro con un texto que conmueve.

De entrada, apenas camina unos pasos en el escenario y arroja su pañuelo antes de tomar asiento, Pepito comienza a despojarse de todo: de su parafernalia espectacular que se conoce de él con sus famosos musicales, de su presente, de su pasado, de su futuro, de su vida sexual y de su obra familiar.

Como el vino nuevo, vuelve a las raíces, a lo profundo de su interior, para expresar una historia que en sí misma es una obra de arte y que, mal que le pese, su mundo ficcional es más real que ficticio.

Lorca, Federico García Lorca vuelve a ser aquí el disparador para que Cibrián dialogue con personajes fascinantes y busque con ellos enmudecer durante una hora a la platea que el jueves colmó la sala 2 de la Nave Cultural.

La discriminación y la intolerancia social son ejes de una rueda que comienza a girar gracias al legado de los maestros, como en este caso el poeta y dramaturgo español. Y gracias a las muertes injustas de ellos es que hoy Pepe nos muestra una guerra tal vez aquietada con los años pero siempre a punto de ebullir.El artista, capaz de transportarnos a imágenes fantásticas, entrelaza en Marica dos relaciones paralelas del protagonista, Lorca.

Por un lado, la relación con sus padres y ese vínculo maternal que viene a desgarrarse de amor y sabiduría desde el momento de gestación. La madre, como un ángel de la guarda al que de nada le sirve cambiar el trágico final de su hijo, sólo buscará devolver la criatura a su vientre, como una cajita de cristal que terminará resquebrajada ante tanta hostilidad.

Por otro lado, ahí está Lorca con su asesino, minutos antes del inevitable descenlace, tratando de entenderse el uno con el otro. Tratando de entendernos es que estamos todos, al mirarnos sin mirarnos siquiera más que el agujero de la camisa rota.

Uno, el verdugo, el “capitán” de vida y muerte, buscará saciar su sed obstinada contra los maricas; mientras el poeta no encontrará palabras para salvarse de su destino.“Está marcado, es como en el huerto, la semilla nace para morir después. Es inevitable”, le dice el padre a la madre cuando Federico aún se encontraba protegido por el vientre materno.

Pepe Cibrián se vale de su maestría expresiva –cual recitador de siglos perdidos– para compartir éste, quizás su más puro arte escénico. Sin embargo, su conquista no está en emocionar al público con monólogos llenos de palabras bonitas. Su hazaña se hace carne cuando el silencio invade con lágrimas o sonrisas cada trazo de su papel, cuando su despojo es nuestro despojo ante escenas que corren en busca de la propia justicia.