Se está presentando en Mendoza una versión de Lucia di Lammermoor con una excelente producción, pero cuya puesta padece el estatismo.

No siempre menos es más

Por UNO

Por Cristina Alfonso

Ni la excelente producción, ni la seriedad en la ejecución, pudieron evitar la fragilidad del hecho artístico. El dramatismo no llegó a conmover y los silencios no llegaron a ser elocuentes. No siempre “menos es más”.

Lucia di Lammermoor, la composición de Donizetti estrenada en Nápoles en 1835, es uno de los títulos más exigentes vocalmente del repertorio operístico romántico, sobre todo para la protagonista. Basada en La novia de Lammermoor, de Walter Scott, contiene todos los tópicos románticos. La razón y la resignación no tienen lugar en esta trama pasional de amor, locura y muerte. La acción desarrollada en la Escocia de fines del siglo XVII es trasladada al contexto cultural del 1500, según la estética de la producción.

Los roles principales fueron cubiertos por los mendocinos Liliana Ruvira, Diego Flores, Iván Guatelli, Marcelo Zelada y Gloria Olaizola, junto con el brasileño José Gallisa, prestigioso bajo que se llevó los aplausos más efusivos en el estreno.

La Orquesta Filarmónica de Mendoza estuvo dirigida por su titular, Ligia Amadio. Completaron el elenco el Coro de jóvenes de la UNCuyo y la Coral Víctor Volpe. La puesta en escena y la dirección artística estuvieron a cargo de Roberto Barrozo.

El público local colmó hasta la última butaca con grandes expectativas por esta coproducción del Independencia, junto con la Fundación Argentina para el Deporte y la Cultura.

El montaje descriptivo fue concebido pensando en que todo lo que sucede en sea comprensible al máximo por el público. El minimalismo imperante en toda la obra, entendido este como “economía de elementos”, optó por una figuración realista que sugirió un estilo arquitectónico gótico, con simbolismo celta, más el trabajo de luz y sombra tomado de la pintura barroca. El conjunto de estos elementos ayudó a esbozar el clima bucólico, misterioso y por momentos, lúgubre ya anunciado por timbales y cornos en el inicio de la partitura.

El papel de Lucia es ágil y exigente, y requiere de una soprano ligera de coloratura con exuberancia de trinos. La joven es un ser sensible, exaltado, con miedos y oscuros presagios. Sin duda, el momento de mayor dramatismo e intensidad es la escena de la locura del séptimo acto, donde el destino trágico exige de la intérprete una técnica excepcional y gran sensibilidad dramática.

La voz de Ruvira, en el papel protagónico, tuvo fuerza, potencia y se proyectó bien en la sala, sin embargo, a pesar de haber declarado sentirse cómoda en su rol, no llegó a rematar, en esta oportunidad, ninguna de sus dos grandes arias con buenos agudos. El momento de la muerte, que suele ir precedido de un estado de enajenación y que justifica exhibiciones de virtuosismo vocal y actoral, también se vio desdibujado.

Hay que reconocer que faltó trabajo de marcación actoral. En el plano interpretativo, hoy es impensable que el canto se reduzca sólo al placer del oído, evocando aquella imagen del intérprete tan virtuoso en su canto como tieso, al punto de anular tanto el espacio como el movimiento. La parte vocal debió asumir todas las connotaciones dramáticas y conjugar los lenguajes corporales, musicales, coreográficos y escenográficos.

El discurso cantado estuvo sometido a la estructura de un rígido armazón, con estatismo y dominio del espíritu técnico no acabado. Faltó manejo de los tiempos y del movimiento escénico que ayudara al equilibrio y al ritmo de los desplazamientos. La limitación de gestos y acciones restaron dramatismo. Si nos preguntamos, como Edgardo, “¿quién truncó el curso de la ira?”, podemos responder, simplemente: no siempre “menos es más”.

Más funciones

Lucia di Lammermoor se verá también este martes, el jueves y el sábado en el Teatro Independencia a las 21.30.