Las mil caras de Freeman

Morgan Freeman, una vida de película a los 82 años

Por UNO

“Lucy, ¿me puedes desatar antes de irte?”. Así despide Morgan Freeman a su publicista, bromeando sobre la maratoniana jornada de promoción de Objetivo: Washington DC. El trabajo de Lucy ya está hecho: de entre todas las peticiones que puede hacer un publicista previas a una entrevista (nada de preguntas personales, nada de política, nada de nada), la más rara de todas tiene que ser “por favor, no le preguntes sobre su santuario de abejas”.

Resulta que Morgan Freeman, tras su divorcio a los 71, se refugió en la apicultura y por lo visto esta afición fascina a toda la prensa internacional que ha charlado con él. En Objetivo: Casa blanca Freeman era el portavoz del gobierno, en la secuela ascendió a vicepresidente y en este cierre de la trilogía ya es presidente. ¿A qué más podría aspirar su personaje en la cuarta parte de esta saga? “¡Rey!”, exclama Freeman con esa voz que ha retumbado en 124 películas. “No, en serio, desde ahí solo puede ir a la jubilación”.

Una palabra que sería ofensivo sugerirle a él, que tiene 82 años (nació en 1937 en Memphis) y solo en el siglo XXI ha participado en 59 películas. El actor asegura que las ha visto casi todas, incluidas La gran aventura de Winter el delfín y su secuela, aunque a veces se aburra a los dos minutos. Poco más tiempo salía en Oblivion, una superproducción con Tom Cruise por la que Freeman cobró dos millones de euros a una media de 10.000 por palabra pronunciada. Esa voz tiene un precio.

Gracias a ella ha amasado una fortuna estimada de 200 millones, sobre todo por narrar anuncios de Visa. Cuando el año pasado un reportaje de la CNN le acusó de acoso sexual, la compañía rescindió su contrato y no lo retomó ni siquiera después de que se desmontasen las acusaciones al encontrarse varios agujeros en el reportaje de la CNN.

"Le gusto mucho a la gente y eso me ayuda a tener perspectiva sobre mis pasos, es fantástico”

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“La primera y única película que rodé con Hanks fue la peor experiencia de mi carrera”, confiesa sin acertar a recordar el título de La hoguera de las vanidades. La mayoría de respuestas del actor se quedan así, suspendidas, de modo que hay que rellenar los huecos con cierta explicación de Arkin: “Me despidieron por no ser lo suficientemente negro”.

En los 90, Freeman derribó barreras al interpretar personajes que no eran negros en el guión, un hito que él desactiva con la humildad que cabría esperar de él. Menos unánime fue la recepción de Seven, que llevó a sus primeros espectadores a pedir la pena de muerte para sus artífices.

Debió de ser abrumador convertirse en una estrella, gracias a Paseando a Miss Daisy, pasados lo 50 y cuando ya se había resignado a no cumplir su verdadero sueño desde que de niño veía sesiones dobles de westerns en Memphis. “Siempre quise salir en películas. Tuve que ser espabilado cuando la gente empezó a fijarse en mí, porque si insistes en algo tarde o temprano lo conseguirás”.

Su tendencia a los aforismos, con esa voz que ha narrado tráileres, documentales y hasta las páginas amarillas en un sketch para la CNN, le ha encasillado en personajes que regalan sabiduría sin juzgar. Anécdotas tan filosóficas como que no tiene perros en su rancho pero “si aparece alguno, que se quede el tiempo que quiera” o el lago que construyó con sus propias manos dejando que la naturaleza lo llenase de agua podrían chocar con extravagancias como comprarse tres jets tras sacarse la licencia de piloto a los 65 o ser dueño de un club de blues en Clarksdale, Misisipi, donde las mujeres se pelean literalmente por bailar con él.

Él mismo ha confesado que se desentendió de sus dos primeros hijos durante su juventud (tiene cuatro), pero nada puede erosionar una admiración unánime por parte del público. Y Freeman lleva tres décadas rentabilizando esta popularidad, incluso a su pesar.

Más duro ha sido, a su edad, enfrentarse a las escenas de acción más trepidantes de su carrera en Objetivo: Washington DC. “El único percance que he tenido en mi trabajo ha sido torcerme un tobillo, así que las escenas están planificadas con tanto cuidado que mi única preocupación es ser capaz de correr con estos tobillos frágiles”, aclara. Trabajar tanto da sus frutos, porque Freeman asegura que el cumplido que escucha más a menudo es “me encantan todas tus películas”. Y son muchas películas. “Le gusto mucho a la gente y eso me ayuda a tener perspectiva sobre mis pasos, es fantástico”, asegura. 

Fuente: El País

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