Espectaculos Sábado, 26 de mayo de 2018

La isla de perros, lo nuevo de Wes Anderson

El jueves llegó a los cines este filme que cuenta la relación, a través de miles de títeres, de perros con humanos.

Isla de perros, la nueva película del director estadounidense Wes Anderson, llega mañana a los cines argentinos tras cuatro años de trabajo, durante los cuales la obra se sumergió en un profundo trabajo de animación, influenciado por el cine japonés y la coyuntura política.

Luego de siglos de lucha entre los humanos y los perros, estos últimos cayeron ante el dominio del hombre y en vez de ser exterminados pasaron a ser sus mascotas. En un Japón ficticio en 2032, aparece una enfermedad en los canes que obliga al alcalde de la ciudad a enviar a los animales a una isla que hasta el momento era utilizada como basurero.

Un niño de 11 años, sobrino y pupilo del intendente, construye una pequeña aeronave para viajar al basural y rescatar a su perro. En su arribo, como era de esperar, una pandilla de canes que se debate entre la independencia y la sumisión emprende la búsqueda del perro junto a su ex dueño.

"La locación japonesa se dio en su totalidad debido al cine japonés. Nos encanta Japón, y queríamos hacer algo que estuviera muy inspirado en películas japonesas, así que terminamos juntando la película de perros y la película de Japón", dijo Anderson en la promoción de la película que se estrenó en la última Berlinale y tuvo su premiere latinoamericana en el Bafici.

Según explicó el realizador, las referencias al cine de Akira Kurosawa están en las escenas corales, mientras que el guiño a Hayao Miyazaki está en los silencios. Anderson se proclamó gran admirador de esas dos maneras de representar el séptimo arte.

La cultura nipona también está reflejada en las peleas de sumo, la arquitectura, el carácter y el idioma, aunque, aquí, aparece también el anglocentrismo. Los perros hablan en inglés y es sólo mediante un dispositivo traductor por el que los humanos pueden entenderlos.

"Los subtítulos no parecían tan divertidos porque estás más enfocado en ellos a lo largo de la película y no le prestas tanta atención al lenguaje", dijo Anderson. Esa es la excusa artística que utilizó el director para justificar el inglés como idioma entre los perros.

Sin embargo, aparecen otras referencias, conscientes o no, hacia la visión estadounidense del mundo. Quien enfrenta al poder a toda costa y sin importar las consecuencias en pos de la verdad es una estudiante norteamericana. Es ella la que le demuestra a los japoneses cuan equivocados están en no ver la realidad oculta detrás de las deportaciones de animales.

El alcalde, además, pareciera una caricatura del líder norcoreano, Kim Jong Un, y su aparato propagandístico. Resulta sugestivo que el realizador de El gran Hotel Budapest eligiera a un dictador asiático, que se maneja en base a mentiras populistas para representar al villano.

"No era el propósito inicial. Pero, a medida que fue creciendo el proyecto, la cosa cambió. La historia fue requiriendo que apareciera cierta política en ella. De hecho, hay un minigobierno (maléfico) en Isla de perros. Pero mientras estábamos rodando, el mundo cambió a nivel político. Y eso, sin duda, acabó colándose en la película", reconoció el director.

En tiempos en que Pixar (Toy Story, Coco) y Dreamwork (Shrek y Madagascar) pusieron muy alta la vara de la animación computarizada, Anderson se volcó por el trabajo artesanal con el stop motion, la técnica de filmar cuadro por cuadro los movimientos de objetos, algo que se usa desde King Kong (1933) hasta las Star Wars de George Lucas.

Para Isla de perros se realizaron a mano aproximadamente mil títeres: 500 perros y 500 humanos. Mientras que los primeros fueron cubiertos con el pelaje de un oso de peluche, los segundos requirieron de una cobertura con resinas traslúcidas para mayor calidez.

Este trabajo de Wes Anderson, segundo en animación luego de El fantástico Sr. Zorro, reúne una ardua labor con la ya clásica comedia socarrona, cimentada en las voces de Bryan Cranston, Edward Norton y Scarlet Johanson, que le dio vida a un heroísmo infantil en 240 sets y con alusiones a la navidad.

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