Espectaculos Lunes, 3 de septiembre de 2018

Gerardo Romano, crítico y respetado

El destacado actor es una de las figuras del momento por su papel en El marginal y en esta nota habló de su obra de teatro, además de dar su opinión política.

No se guarda nada. Será que la experiencia de vida, la trayectoria, la abogacía y la actuación lo han puesto crítico y sin filtro, pero lo cierto es que Gerardo Romano siempre estuvo ligado a la política. De sex symbol a villano, de la tranquilidad a la locura, rugbier y militante peronista, el actor (de impecables 72 años) continúa aceptando roles en los que además de sobresalir en la interpretación dejan ese gusto amargo que pesa sobre la realidad.

Podemos verlo muy picante como Antín, su personaje en la serie de la TV Pública El marginal ("un hijo de puta simpático", en palabras del propio Romano) y también en la obra Un judío común y corriente, unipersonal que con cuatro temporadas y más de 300 funciones en el teatro independiente porteño.

Bajo la dirección de Manuel González Gil, la obra pasó por las ciudades de Montevideo y La Plata y está escrita por el guionista y dramaturgo suizo Chales Lewinsky. La pieza es polémica no sólo porque expone la problemática contemporánea de los judíos fuera de Israel y sobre los problemas específicos que plantea para un judío la vida en un país cuya población vive bajo las consecuencias del nazismo, sino también que invita a reflexionar sobre el peso de las religiones en las guerras y la crisis del mundo contemporáneo.

En ochenta intensos minutos, el personaje, llamado Goldfarb, debe resolver el conflicto interno que le provoca una invitación a una escuela y en una catarata de pensamientos repasa la historia de la Humanidad. "Se trata de un intelectual judío que vive en Alemania y que tiene que convivir con el peso psicológico de ser judío en un país en el que se practicó un genocidio tremendo y recibe la invitación de un profesor de Historia que está viendo el nazismo con sus alumnos. A los chicos les llama la atención y quieren conocer a un judío porque, claro, los mataron a casi todos. Hay 150 mil judíos ahora en Alemania y la obra trata del discurrir de mi personaje: un judío intelectual y sus razones por las cuales debe ir o no al encuentro y sentirse un conejillo de Indias", explicó Romano.

Y en ese discurrir de pensamientos, pasa revista a otros temas como la existencia de Dios y el sentido de la vida, las religiones y la vida después de la muerte. "Mi personaje echa una mirada crítica para las religiones, en especial al judaísmo, al cristianismo y al islamismo, las tres monoteístas y las tres que han protagonizado rivalidades buscado su propia exclusividad de Dios. Los judíos lo hacen expresamente diciendo que son el pueblo elegido, de lo que deducimos que los otros no lo son. Ellos pasaron directamente por encima de lo que establece el Corán o la Jihad", indicó en su visita a la redacción del diario La Capital de Rosario.

Como abogado, el actor explicó que esa profesión le permitió un acercamiento y una compresión intelectual mayor de las problemáticas que plantea la obra. "La abogacía es una carrera erudita, omnicomprensiva y enciclopédica que permite una mirada filosófica e historiográfica, jurídica y sociológica de cualquier problemática, lo mismo la condición universitaria que enseña el método del conocimiento", destacó.

En la obra, además de tocar el piano, lo acompaña un portarretrato con las fotografías de Karl Marx, Albert Einstein, Sigmund Freud y Cristo.

"Nadie se imagina hoy sin poder hablar del inconsciente o de la energía cinética, todo gracias a esos judíos geniales. Cristo es el único de los cuatro judíos que te mencioné, de los que no hay daguerrotipo ni certeza profunda de su existencia o alguna verdad. De la existencia de Jesucristo no dan fe los historiadores sino los evangelistas, aunque Pedro y Pablo vivieron 150 años aproximadamente después que Cristo, no fueron contemporáneos ni tampoco vivieron ni conocieron el lugar donde se dice que Cristo anduvo. Tampoco hablaban su lengua, que era arameo, sino que hablaban griego antiguo y así escribieron los evangelios", apuntó.

"La figura de Jesucristo fue muy manoseada a lo largo de toda la historia. Después, en el 300 de la era cristiana cuando el Imperio Romano se convierte al Cristianismo y los católicos pasan de perseguidos a perseguidores, el oprimido aprende la opresión, lo mismo pasó en Israel que ahora es opresor cuando antes fue oprimido", detalló Romano.

Según el actor, para componer este personaje no fue muy lejos, simplemente lo construyó con la formación de toda una vida y escuchando y observando lo que pasa en la realidad.

"A mi judío lo hice a partir de lo que propone la obra y el autor; es un judío ateo y autocrítico, es un judío que tiene valores, su valor supremo es la paz y la paz es un estado social que requiere justicia en las relaciones. Además es hijo de un judío ateo y marxista, o sea que tiene un combo completo. Pero la obra está escrita dramáticamente y dramatúrgicamente, que es como se escribe el teatro: después de un momento profundo es necesario un respiro y hay momentos de humor, no podía faltar el humor judío".

Sobredosis de TV

En Un judío común y corriente el disparador del drama es la invitación del profesor, que altera al protagonista de la obra y produce la catarsis. Llevando la idea de la invitación al plano personal, Gerardo Romano suele tener apariciones mediáticas fuertes y hasta hace pocos meses se cruzó con el periodista Luis Majul en televisión.

"Cada vez que me invitan a entrevistas en los medios sólo intento que me respeten y me dejen exponer mis ideas, porque no voy con la idea de colonizar la opinión de nadie y voy muy atento a escuchar. Y si el otro me da una mirada superadora que me permite crecer en mi capacidad analítica, mejor. No pretendo que el otro piense como yo, pero sí quiero marcar los puntos, que me dejen hablar, exponer y poder terminar. Hay mucha gente que pregunta y antes que termines de contestarle ya te pregunta de nuevo, es muy común los periodistas que hablan por arriba de uno; ni hablar de descalificar ni denostar. Sé a cuáles programas no voy, por ejemplo a Intratables, programa donde son ocho contra uno o donde se grita y hay preconceptos y nadie se escucha", dijo Romano.

Pero brinda un ejemplo dónde sí se sintió cómodo, el programa del rosarino Luis Novaresio, Debo decir, en donde dijo que fue "respetado" y no donde "no hubo prepotencia ni censura" en sus opiniones.

Con respecto al teatro, agregó que se mueve en el circuito alternativo y que esa actividad también se vió perjudicada por la crisis y la recesión.

Sin embargo, destacó que los artistas tienen necesidad de juntarse, crear y trabajar, porque "la actuación es una actividad atávica ancestral, donde está el instinto gregario, la necesidad del encuentro y de la reflexión y la emoción".

Gerardo Romano concluyó que el mensaje de Un judío común y corriente reside en la memoria. Y resaltó que fue convocado por la AMIA para hacer la obra, el pasado 19 de julio.

"La memoria es el único antídoto que tienen los pueblos, porque los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla. Lo terrible de la historia es que no se repite, como dice Marx y con todo el respeto por el mayor de los pensadores, en que la historia primero sucede como tragedia y luego como farsa o comedia. Disiento, la historia ocurre como tragedia y se repite idénticamente, trágicamente, por eso los pueblos votan como votan, porque los pueblos que no conocen ni estudian su historia están condenados a repetirse. ¿Qué aprendimos los argentinos de la historia?, nada".