Al director J. J. Abrams se le encomendó una tarea para nada sencilla: darle fin a una de las sagas más famosas y taquilleras de la historia del cine y, seguramente con no poco temor, emprendió la tarea de ponerse al frente de Star Wars IX: El ascenso de Skywalker, que completa la trilogía iniciada por él mismo en 2015 con El despertar de la Fuerza, donde había logrado recuperar, merced a la irrupción de nuevos personajes que se entrelazaban con los históricos de la narración creada por George Lucas en 1977, la mística de la narrativa inicial.
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Recordemos que los personajes de Lucas han logrado seducir a generaciones de espectadores no sólo por los deslumbrantes efectos especiales que marcaron un antes y un después en el séptimo arte. Deslumbrado por el filósofo Joseph Campbell, sobre todo por el libro El héroe de las mil caras, creó a los personajes de su saga en base a los arquetipos que este pensador delineaba en sus libros, otorgándoles una profundidad y una indagación sobre el espíritu humano que iba mucho allá de las espadas láser y el Halcón Milenario.
Luego, el negocio se impuso y la mística inicial se derrumbó, junto con la calidad de los filmes de Star Wars. Pero J. J. Abrams había hecho un producto digno en El despertar de la Fuerza, que no siguió luego Rian Johnson (en cartelera ahora con la excelente Entre navajas y secretos), que no continuó sus líneas argumentales en Los últimos Jedi y sumó confusión. Quizá si toda la trilogía hubiese sido dirigida por Abrams, el resultado hubiese sido más coherente, porque en El ascenso de Skywalker trata de deshacer algunos tropiezos de su antecesor, pero los resultados no son del todo efectivos.
Para empezar, la narración parece estar más sujeta a los efectos especiales que al desarrollo mismo de los personajes que, en el caso de Rey, la protagonista absoluta del filme (Daisy Ridley), termina contestando los interrogantes sobre su origen con un giro más propio de una telenovela venezolana que de una superproducción que se precie de tal.
Un verdadero desperdicio de talento es el villano, Kylo Ren, en la piel de un enorme actor como Adam Driver, quien deslumbra en Historia de un matrimonio y aquí hace lo que puede con un personaje ambiguo y poco carismático. Ni qué hablar de la aparición de la princesa Leia (la actriz Carrie Fischer murió en 2016 y "resucita" merced a la tecnología digital) quien no aporta nada a la trama con sus diálogos, insertada muchas veces de manera forzada, sólo para deslumbrar a los fanáticos.
Se entiende que concluir esta saga era una tarrea compleja, pero J. J. Abrams no estuvo a la altura ni siquiera de su propia obra con El ascenso de Skywalker. Star Wars se merecía un final mejor, que no fuera sólo un desfile de los viejos personajes para provocar nostalgia y los nuevos tratando de resolver sus propios dilemas. Se perdió la mística. Ganó el negocio.
