escenario Malvinas

Esta semana escribe Leysha: "Sentimientos en Guerra"

Por UNO

Caminaba nerviosamente por las calles de la ciudad, tenía que llegar pronto a la reunión familiar donde comerían los fideos caseros del Abuelo. El pequeño barrio estaba lleno de grupos rebeldes que amenazaban a cualquiera que se cruzara en su camino, por lo que tenía que estar atenta a todo lo que pasara a su alrededor.

Respiró profundo, alejando pensamientos negativos de su mente, para luego acomodar su vieja y desgastada bufanda de lana, que le había tejido su Nona años atrás. Su pelo largo, color negro, revoloteaba haciendo que sus finas hebras se enredaran, todo culpa del viento que anunciaba mal tiempo en pleno otoño. Sin aminorar la velocidad, volvió a marcar su objetivo mentalmente.

Luego de un rato largo y varias cuadras cruzadas, al estar aproximándose a la antigua casa de sus abuelos, sus pasos se hicieron más lentos, mientras que su cuerpo se relajaba al sentirse más segura. Pero sus sentidos se agudizaron nuevamente al ver varios militares en la puerta como esperando algo.

Se le formó un nudo en el estómago y sus peores miedos parecían estar haciéndose realidad: su padre y hermano mayor estaban siendo reclutados para la guerra.

A paso indeciso y pronunciado un leve "Permiso, Gracias y Buenos Días", esquivando primero a varios uniformados, se adentró al lugar subiendo por las viejas escaleras hechas de maderas de roble que rechinaban por cada pisada dada sobre ellas.

Cautelosamente se dirigió a la cocina mientras echaba pequeños vistazos al pasillo, con paredes coloreadas de un desgastado color cian, adornado de fotos familiares, cuadros de pintores famosos y uno que otro dibujo que ella misma había hecho.

Ya cerca del umbral de la cocina, vestiduras pintadas de diferentes tonos de verdes resaltaban en ese ambiente cálido y hogareño. Pero, a diferencia de otros días, el aire se sentía tan pesado y resonaba un silencio tan incómodo que podía ser cortado con un cuchillo.

No avanzó. Se quedó ahí, pasmada, como si la hubieran de alguna forma inmovilizado.

Esperaba que alguien comentara qué es lo que estaba pasando, que ojalá sus miedos no sean reales.

Nadie hablaba. Solo se oía el sonido de respiraciones nerviosas y algunas hasta profundas.

Luego de un rato la pequeña tuvo una idea de lo que pasaba, era ella quien no escuchaba nada, solo sentía leves zumbidos que llegaban hasta su cerebro, para luego ser anulados inconscientemente.

Llantos de su madre la hicieron entrar en razón.

Voces que decían "Gracias por servir a nuestra Patria" quedaron grabadas en la mente y corazón de la niña.

Todo pasó tan lento que para ella parecía una ilusión. Se obligó a mirar dentro de la habitación, para encontrarse con una fría mirada de esos invitados extraños y, a su vez, con la de compasión y tristeza de su familia.

Sin reaccionar, sintió unos fuertes brazos envolver su frágil cuerpo. Reconocía a la perfección esa colonia con olor a pino fresco y esos cabellos castaños, que rozaban suavemente su cara como acariciándola con cuidado. Un pequeño charco de humedad comenzó a formarse en su hombro culpa de las lágrimas de esa persona.

Aún aturdida, devolvió dudosa el abrazo, aferrándose tan fuerte de ese cuerpo como si fuera a desaparecer ahí mismo delante de sus ojos.

Todo el mundo desapareció para ella, sólo estaban ellos dos apoyándose el uno al otro. Gotas saladas caían de sus ojos marrones sin parar.

Su hermano era la persona más importante en su vida y posiblemente lo estaba por perder.

Abrió lentamente los párpados que, sin darse cuenta, estaba apretando tan fuerte que le causó dolor de cabeza. Los uniformados, esquivándolos sin cuidado alguno, se dirigieron a la entrada de la posada seguidos de su padre y abuelo, igual o más aturdidos que ella.

Procesando poco a poco la información, se separó de su querido pariente. Caminó lentamente hacia su progenitora, quien se encontraba perdida en sus pensamientos. Evitando los muebles de algarrobo, que se encontraban acomodados estratégicamente para no ser un estorbo, llegó a la mesa larga de madera decorada con un mantel floreado. Se sentó en una silla, vieja pero resistente, dejando caer su mirada en la mujer que le dio la vida. Estiró un poco su mano hacia la cabeza de esta, acariciando lentamente ese pelo corto, apenas enmarañado a causa de un constante movimiento de negación, dándole fuerzas y apoyo que ella no tenía en ese momento.

Sabían que no había otra salida.

La guerra en Malvinas estaba comenzando, en pocos días se desataría el caos y nadie estaba seguro.

Perdería a sus seres más queridos y no podía hacer nada para evitarlo.

Ese fue el momento en que la pequeña niña, por primera vez en su corta vida, maldijo a todos los que

causaron eso y a su vez prometiéndose que disfrutaría cada segundo con su familia, comenzando ahí mismo.

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