Editorial Jueves, 1 de marzo de 2018

No es una fatalidad

Que las cosas tomen estado público es lo peor para la política cuando esta tiene cosas para esconder.

Fiscal federal. Jorge Di Lello sigue de cerca caso Lava Jato en la Argentina.

"La corrupción no es una enfermedad tropical... No existe ningún destino manifiesto que condene a los países latinoamericanos a la corrupción".

La frase -contundente- fue dicha por la figura que ayudó a romper la inercia de la impunidad en Brasil.

Hablamos del juez Sergio Moro, alma mater del Lava Jato, el mayor caso judicial de corrupción política en esa nación.

Esa megainvestigación ya ha producido 118 sentencias condenatorias para quienes recibieron coimas y para los que las ofrecieron. Incluida la condena al ex presidente Lula Da Silva.

El Lava Jato es un suceso judicial que "les ha dado a los brasileños la esperanza de que las cosas pueden cambiar, de que todo puede ser alterado, siempre y cuando haya voluntad política".

Ese es el centro del discurso que Moro dejó en una visita que cumplió por estos días en México.

La de ir a disertar en México no fue una elección al azar. Por el contrario, la tierra de los mayas y de los aztecas es un país con chirriantes casos de corrupción vinculados muchas veces con la narcocriminalidad.

Moro remarcó ante los estamentos de poder mexicano que "la corrupción siempre ha existido y existirá, pero lo que debemos hacer es romper las reglas de la impunidad".

Quizás uno de los conceptos más interesantes que dejó el juez federal de Curitiba es que con el Lava Jato "volvimos todo público, para que la gente conociera lo que estaba ocurriendo, que supiera lo que estaba pasando".

Esto es algo que siempre molesta a la mayoría de los políticos: que las cosas tomen estado público.

Por eso es que en este caso específico fue primordial que esta operación contara con el apoyo de la opinión pública y de la prensa brasileña e internacional.

"Han sido determinantes, porque eso evita que los poderosos apelen a la obstrucción de la Justicia".

Lo dicho: las cosas pueden cambiar. Lo malo puede mejorarse. La corrupción no es una maldición divina que ha caído sobre los países latinoamericanos.

Pero para que las cosas cambien debe haber decisión política.

Y, sobre todo, mucho coraje cívico.

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