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Historias de vida

De hacer radiografías a vivir en situación de calle: Marcelo Bevacqua, el mendocino que escribe sus vivencias

Tiene 60 años, trabajó en salud, es músico y vive en situación de calle. Vende libros en la Plaza Italia y escribe para relatar cómo se vive en ese mundo

Editado por Cecilia Corradetti
corradetticecilia@gmail.com

Marcelo Bevacqua no busca generar lástima ni convertirse en símbolo de nada, lo que quiere -y lo dice con una claridad que sorprende- es contar, ordenar lo vivido, poner en palabras algo que suele ser explicado de manera superficial y, muchas veces, injusta. Tiene 60 años, nació el 26 de marzo de 1966, fue técnico en radiología durante gran parte de su vida, se subió a escenarios desde los años 80 como músico y es padre de dos hijas que hoy están encaminadas en sus propios proyectos. Sin embargo, hace más de una década transita, con idas y vueltas, la situación de calle, una realidad que conoce desde adentro y sobre la que reflexiona con una lucidez que incomoda porque desmonta prejuicios.

Cuando habla de su infancia no hay dramatismo, apenas una descripción sencilla de lo que fue una vida bastante común en el barrio Bancario, de Godoy Cruz, con un padre comerciante fotógrafo, una madre técnica radióloga -profesión que él mismo eligió seguir- y una estructura familiar trabajadora que, como tantas otras, atravesó momentos mejores y peores.

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El "Tano" tiene 60 años, nació el 26 de marzo de 1966 y fue técnico en radiología durante gran parte de su vida.

Dice que fue una infancia “relativamente normal”, con algunos altibajos, y una adolescencia algo más complicada, pero dentro de parámetros habituales, lejos de cualquier presagio de lo que vendría después.

Durante años su vida se movió entre el trabajo y la música, dos ejes que nunca abandonó del todo: desde mediados de los 80 cantó en distintas bandas, formó la suya, Betty Fru, con la que incluso vivió un tiempo en Chile, y más recientemente participó en un disco llamado Bucle, donde volvió a poner la voz en dos canciones.

Una vida entre radiografías y música pero que hoy transita en la calle

“La mayor parte de mi vida hice radiografías y canté”, resume en el prólogo de la charla.

Pero hay un momento -o mejor dicho, un proceso- en el que esa estructura empieza a resquebrajarse, y Marcelo insiste en que no hay una única causa ni un hecho puntual que explique la caída.

“Problemas familiares, separaciones, conflictos con los hijos, la pérdida del trabajo…creo que la familia, lejos de ser un dato menor, suele ser el punto de partida de muchas crisis. A ese escenario se le suma lo que defino como el combo: depresión, consumo problemático, adicciones, una cadena de situaciones que se potencian entre sí y que, una vez instaladas, resultan muy difíciles de revertir”, define con gran entereza.

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"Para estar en la calle se suma lo que defino como un combo: depresión, consumo problemático, adicciones, una cadena de situaciones que se potencian", dijo Marcelo.

“No es tan fácil salir”, repite, y en esa frase se condensa buena parte de su mirada. No esquiva su propia historia ni busca atenuarla: reconoce que las drogas tuvieron un impacto decisivo en su vida, que la arruinaron en muchos aspectos, y que se trata de una enfermedad que no distingue formación, inteligencia ni trayectoria.

“Soy un privilegiado, pude estudiar, trabajé mucho tiempo, pero el problema no es el intelecto, el problema son las drogas”, agrega.

La primera vez que se quedó en la calle la recuerda con una precisión que todavía le duele. Vivía en una pensión de calle Avellaneda, donde había pasado una década, tenía sus pertenencias, sus herramientas de trabajo, su rutina armada, hasta que en 2014 ya no pudo pagar más y todo se desmoronó.

Esa transición, que desde afuera podría parecer abrupta, en realidad venía gestándose hacía tiempo, pero el impacto igual fue brutal. Recuerda la primera olla popular en la que comió, la sensación de extrañeza, de caída, de no terminar de entender cómo había llegado hasta ahí, y también las estrategias mínimas para sobrevivir al frío, como subirse a un colectivo y viajar durante horas porque resultaba más accesible que quedarse quieto en la intemperie.

La situación de calle no siempre se origina en lo que muchos creen

En esos recorridos, dice, hablaba con los choferes, se mantenía en movimiento, buscaba alguna forma de no sentirse completamente expulsado.

Con el tiempo fue entendiendo que la “situación de calle” es mucho más amplia que la imagen clásica de alguien durmiendo en una plaza. “Vivir en la calle tiene muchas aristas, no hay un patrón. Porque incluye refugios, casas prestadas, estadías temporarias en lo de amigos o conocidos, una inestabilidad permanente que impide reconstruir una vida con cierta continuidad”, define, con un vocabulario que sorprende.

Hace 10 años que atraviesa esa realidad, no siempre de la misma manera ni en el mismo lugar, pero con una constante: la fragilidad. Hoy, por ejemplo, está cuidando una casa, una circunstancia transitoria que le da algo de respiro, pero que no resuelve el problema de fondo.

Antes pasó por refugios como el del Puente de las Américas, en Mendoza, donde destaca la presencia de profesionales de la salud y el acompañamiento psicológico, y también estuvo en Buenos Aires, donde conoció organizaciones que, según su experiencia, trabajan con un nivel de compromiso muy alto. Sin embargo, insiste en que tener herramientas no siempre alcanza, porque hay un componente que es más difícil de abordar y que tiene que ver con lo mental.

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El Tano se dedica a vender libros en Plaza Italia. A escasos metros un local suele darle el almuerzo.

Ahí aparece una de sus definiciones más fuertes: “Es una desconexión del corazón con el cerebro”. Con esa imagen intenta explicar algo que no siempre se ve desde afuera, que es la imposibilidad de tomar decisiones básicas, de sostener un trabajo, de proyectar, de sentirse capaz.

“El estrés postraumático es una especie de parálisis que se instala y que vuelve todo más cuesta arriba, incluso cuando hay oportunidades. A eso se suma la pérdida de autoestima, el desgaste emocional, la sensación de no pertenecer a ningún lado. Lo peor es sentir que estás solo, que no le importás a nadie, que no saben si estás vivo”, dice, y aunque evita el tono acusatorio, reconoce que hay vínculos que se rompen o se desgastan hasta el límite.

“Mi familia hizo lo que pudo, mis amigos también, pero llega un punto en que te soltás… o te sueltan”, resume.

Los pensamientos extremos de quienes viven en la calle

En ese recorrido hubo momentos extremos, pensamientos que lo llevaron al borde, como la idea de quitarse la vida tirándose desde el puente del Corredor del Oeste, una imagen que menciona sin vueltas y que marca hasta qué punto puede llegar la desesperación.

Sin embargo, también señala que con el tiempo la percepción de la calle cambia, que encuentra gestos de solidaridad, cierta amabilidad en la gente, aunque eso conviva con la violencia, el consumo y la falta de controles sobre negocios que siguen vendiendo alcohol a personas en situación de extrema vulnerabilidad. Nada es lineal, nada es completamente oscuro ni completamente luminoso, y esa complejidad atraviesa todo su relato.

En medio de ese escenario apareció hace poco Pipino, un perro que, según Marcelo, le salvó la vida. “Encontré compañía, rutina, afecto y también una forma de reconectarme con otros. Dormimos abrazados muchas veces”, cuenta, y en esa imagen hay algo que desarma cualquier intento de análisis frío. Pipino no solo lo acompaña, también le devuelve una parte de sí mismo que parecía perdida.

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"Los gestos de solidaridad son muchos y cada vez más. Eso es un aliciente", sostuvo el Tano Bevacqua, que vive en la calle y se animó a contar su historia.

Hoy, además de sostenerse como puede, Marcelo escribe. Y en ese gesto hay una decisión profunda de transformar la experiencia en algo que pueda ser compartido, pensado, discutido. Está trabajando en dos libros en paralelo, dos proyectos distintos que, sin embargo, dialogan entre sí.

El primero, todavía sin título definitivo -duda entre La calle que no me calla y La calle que no me calló-, reúne relatos, entrevistas a personas en situación de calle en Mendoza, poemas, cuentos, textos propios y ajenos, en una especie de mosaico que intenta dar cuenta de la diversidad de historias que conviven en ese universo. No se trata de una autobiografía en sentido estricto, aunque su mirada atraviesa todo el material, sino de un trabajo colectivo donde aparecen voces que rara vez tienen espacio.

Hay belleza en esos textos, dice, pero también una crítica profunda a la sociedad y a las políticas públicas, una reflexión sobre el consumo, la marginalidad, la edad, el paso por la cárcel, temas que suelen quedar reducidos a estadísticas.

Los libros que Marcelo está escribiendo sobre su vida en la calle

El segundo libro, en cambio, es una obra de ficción que lleva por título Ratas, palomas y cucarachas, y que él mismo define como “kafkiana”, un universo en el que esos animales representan a personas que vivieron en la calle y que ahora habitan una especie de inframundo donde las historias comienzan cuando cae el sol.

Ahí hay tristeza, pero también humor, imaginación, una forma de decir lo que a veces no se puede nombrar directamente. Ambos proyectos están en proceso, uno más avanzado que el otro, pero los dos responden a la misma necesidad de comprender y de hacer visible lo que suele permanecer oculto.

libro pedro dos

Su puesto de la Plaza Italia, donde vende algunos libros. Pero también escribe dos libros. Ambos proyectos están en proceso, uno más avanzado que el otro.

En charlas profundas con radio Nihuil y con Diario UNO, Marcelo dejó en claro que no pretende erigirse como referente de nada, sino simplemente contar una historia que se parece a la de muchos, desmontando la idea de que quien está en la calle lo está porque quiere o porque no hace nada para cambiar su situación. “No es así siempre”, insiste, y su propia trayectoria funciona como ejemplo de esa complejidad que incomoda porque obliga a mirar más allá de los prejuicios.

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Marcelo sostuvo que es un mito la idea de que quien está en la calle lo está porque quiere o porque no hace nada para cambiar su situación.

Tiene dos hijas de 24 y 22 años, una ya recibida y la otra cursando en la universidad, a quienes ve poco, en un vínculo atravesado por la distancia y las circunstancias, pero que sigue siendo parte de su vida.

Tiene diabetes, lo que suma una dificultad más en un contexto donde el acceso a la salud no siempre es sencillo, y aun así se mantiene en pie, vendiendo libros en Plaza Italia, escribiendo, sosteniendo la sobriedad gracias a una comunidad que lo acompaña y que le permite mantenerse alejado de los consumos que tanto daño le hicieron.

“Es una lucha de por vida”, dice.

tano con sus libros

El Tano vende libros pero también escribe: pronto editará dos libros relacionados con lo que implica vivir en la calle.

Quizás lo más potente de su historia sea mirar ese recorrido con cierta distancia, de analizarlo, de ponerle palabras sin caer en lugares comunes, de entender que la calle no es un punto de llegada sino un proceso en el que intervienen múltiples factores, muchos de los cuales no se ven desde afuera.

Hoy, si alguien lo busca, lo puede encontrar en Plaza Italia, con sus libros, con su perro, con sus historias. Vendiendo, escribiendo, hablando con quien quiera escuchar.

Su contacto: 2616047287

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