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Los viernes tienden a desaparecer en los colegios. Los chicos salen los jueves a la noche o se quedan chateando hasta muy tarde. Y después se pegan el faltazo.

La escuela secundaria se evapora

La escuela secundaria tiende a desaparecer. Por lo pronto ya se está evaporando el día viernes en esos colegios.

Los pibes y chicas de entre 13 y 18 han decretado, por supuesta necesidad y urgencia (como dicen los decretos de Cristina) que hay que demoler con faltazos esa jornada.

Es muy probable que pronto el vendaval juvenil decida anular el lunes.

¿Por qué no seguir el ejemplo del festival de feriados-puente y otros chiches a los que nos ha acostumbrado el Gobierno nacional?Y luego no sería raro que el martes y el jueves empiecen a estrangular al miércoles hasta que ya no tenga sentido dejar un día de clases guacho ahí en el medio de la semana.

Avanti chabones

Los adolescentes, con el ímpetu natural de su edad, generan tendencias. Avanzan. Pechan. Buscan dinamitar los diques.

Y los mayores, en particular sus padres, retroceden. Tienen vergüenza de generar opinión, de cumplir su rol.

Delicado equilibrio

La vida es tan maravillosa que ha creado esos juegos de aprendizaje donde la explosión hormonal de los jóvenes está no sólo para que los chicos se inicien en la libertad sino también para que los padres ejerciten su cerebro y su criterio de mayores y contrapongan un equilibrio.

Los padres, esos que tienen la obligación de fijar límites racionales y de enseñarles a los pibes y chicas que hay normas que son indispensables para tener una convivencia más o menos civilizada, se hacen los sotas para no tener problemas “con estos pendejos que están insoportables”.

Natura non da

Lo que en los chicos es comprensible (no querer aceptar normas, estudiar lo menos posible, divertirse en el grupo lo más que puedan, rebelarse) en los mayores es totalmente antinatural.

Para decirlo en términos políticos, lo de los mayores es reaccionario.

¿O no es la antítesis del progresismo el generar hijos brutos y antisociales? 

Muerte al quinto díaComo todavía quedan muchos docentes con dos dedos de frente, es decir gente apasionada que no se resigna a aceptar el desprestigio de la escuela pública, han sido éstos los que han venido denunciando esa nueva cosa de tomarse a la chacota los viernes en las escuelas.

Ocurre que ahora los pibes también salen los jueves a la noche. O participan en largas tenidas de PlayStation. O chatean hasta las cuatro o cinco de la mañana sin controles.

No molestar

Conclusión: al otro día no van a la escuela porque no se pueden levantar de la cama (y porque no hay padre ni madre que los obligue a hacerlo); o llegan tarde (algunos preceptores dicen que los alumnos pretenden “institucionalizar” las tardanzas), o directamente se duermen recostados en los pupitres.

Incluso no falta el que ronca, lo que desata la lógica algarabía del resto del curso.

Pero ya se sabe que la escuela no amonesta. Contiene. Así es como se está convirtiendo en una fábrica insulsa.

Las perlitas

¿Puede usted, lector, entender ahora por qué luego de que hace unos años se endiosara a los jóvenes como la supuesta “perla” del mercado laboral porque eran habilidosos con la “compu”, ahora todas las empresas que buscan empleados jóvenes tengan severos problemas para encontrar a los que sean responsables, que lleguen a horario al trabajo, que no falten por resaca, que traten bien al público y a quienes se les pueda creer la palabra que han empeñado?

Señores padres, dos puntos

La semana que concluye nos ha permitido saber que la máxima autoridad de la educación mendocina, María Inés Abrile de Vollmer, ha decidido comenzar a trabajar con los padres para tratar de evitar la desaparición del viernes en los colegios secundarios.

“Queremos ayudarlos en la difícil tarea de cuidar a los chicos”, admitió la titular de la Dirección General de Escuelas (DGE), el organismo que tiene en su plantilla de personal a la mitad de todos los empleados públicos de Mendoza.

Es decir que además de todas las tareas extraeducativas que ha asumido la escuela, ahora sumará la de educar a los padres para que esos grandulones aprendan a ejercer como tales.

Suena a disparate. Pero ésta es la realidad que tenemos. Y quizás esa medida de la DGE sirva para abrir el debate y generar conciencia, lo cual no es poco.

¿Sólo derechos?

A los chicos se les debe explicar desde que están en la escuela primaria que así como sus padres tienen que trabajar para mantenerlos y darles instrucción, cobijo y alimentos, ellos, aunque aún sean menores de edad, también tienen obligaciones y no sólo derechos.

Entre esas obligaciones o labores está la de estudiar.

Estudiar para poder desenvolverse con más herramientas en la vida que les va a tocar en el futuro. Para aprender a leer y escribir, para socializar, para comprender la solidaridad con el más débil, para poder entender las complejidades y las simplicidades del mundo.

¿Exigencia? No, yo paso

Después, cuando sean lo que familiarmente se conoce como “tontos grandes”, que hagan con su vida lo que quieran. Pero hasta los 18 es política de Estado que los niños y los jóvenes estudien.

Y, nos guste o no, estudiar necesita de rigor, de cierta disciplina.

No es casual que todo aquel que se destaca en cualquier rubro de la vida cotidiana haya tenido una buena educación y que haya sido exigido por sus padres y por sus docentes.

Aquel García

Y cuando hablamos de buena educación no estamos diciendo necesariamente haber ido a un colegio privado.

Instrucción y educación se complementan pero no son exactamente lo mismo.

La mejor educación es la que se recibe en la casa. En ese ámbito es donde en realidad nos enseñan a ser gente.

El colegio puede reforzar eso y complementarlo con las herramientas imprescindibles de la instrucción. Pero si la base del hogar no está, raramente prendan los beneficios de la instrucción.

Charly García tenía ocho años y ya tocaba a W.A. Mozart en el piano.

Quiero decir que para ser un buen rebelde, como les nace ser a la mayoría de los adolescentes, se necesita no sólo poseer algunos talentos sino haber transitado la complejidad del esfuerzo.

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