Afondo Lunes, 26 de febrero de 2018

Impostergable oportunidad para escribir nuestra propia historia sin haber ganado aún

Hacer siempre lo mismo no es lo repudiable, sino hacerlo siempre mal.

Cabe confundirlo con un nombre masculino, pero Juno es en la mitología romana la diosa de la maternidad y del matrimonio. Dos asuntos, dos decisiones que requieren de la intervención femenina, según la mirada de Virgilio dos mil años atrás. Ya no. Hay matrimonio igualitario y me arriesgo a decir que estamos en los albores de la posibilidad de que clonen un varón. Sin opinión sobre este último tema, retomo el tema de la diosa Juno, porque su existencia como tal es tan incierta e incomprobable como el cumplimiento de promesas en campañas electorales.

Resulta que ese, el más importante relato épico de la lengua latina, no surgió sólo de la inspiración de sus análogos y anteriores griegos La Ilíada y La Odisea, sino de la apetencia de poder y trascendencia de Augusto (Cayo Octavio Turino). Resumo. Está constatado desde hace dos mil cincuenta años que no sólo para el acceso, sino también para permanecer en el poder, se puede acudir a resortes bien distintos que la imposición violenta, que la prepotencia discursiva descalificadora, aunque la violencia impuesta haya convivido y alimentado a la literatura clásica universal tanto como a la política.

Virgilio fue el autor de la Eneida. Por mérito, pero además porque aceptó el desafío de construir con palabras una historia que glorificara a Roma y a su emperador. De este modo, morigerar las rencillas internas que, a juicio de Augusto, podían manchar con pequeñeces su enorme estatura como Primer Emperador de Roma. Sería recomendable para aquellos que -como algunos colegas- siguen considerando que los "relatos" fueron inaugurados en Argentina, con Apold como autor y Perón como ideólogo, pegaran un paseo por la historia. Historia a la que tampoco hay que darle crédito sin interés, pero al menos, desbarata la visión umbilical que también nos envuelve a los del gremio.

Quienes conocen esta obra, enorme en su extensión y riquísima, que consta de 12 partes, saben que principalmente se divide en dos, y sólo dos asuntos de manera general y contundente. Igual que La Ilíada y La Odisea. Viaje y conquista. Cómo fueron las dificultades del recorrido, cuántos obstáculos debió sortear y cómo -con todas las virtudes que posee su protagonista- con daños colaterales incluidos, algunas agachadas y defecciones, igual alcanza la conquista y en definitiva, es lo mejor que podría ocurrirles a los del lugar. Descripción de un líder que por aquellas épocas, cuando no existía la concentración de deidad, la cercanía y hasta posibilidad de convertirse en Dios no estaba tan censurada ni mal vista. Hoy de Augusto seguramente dirían que es un "populista", término de connotación novedosamente negativa.

Inventar una historia, mal que nos pese, es lo que hacemos constantemente. De alguna manera, esa sí podría ser hoy la más ostensible diferencia entre la organización de la sociedad humana y la de las otras especies. A esa otra suele otorgársele el adjetivo de "natural", que la consagra como antítesis de la "sociedad cultural".

Aunque suene caprichoso y hasta exagerado, todo colectivo social tiene su propia Eneida. En algunos casos, mejor pergeñada, más glamorosa y sabrosa; en otros, menos sublime y más pedestre. Siguiendo esta línea de pensamiento, no nos equivocaríamos si dijésemos que la Eneida de Mendoza es La Vendimia. Ya imagino correctores diciendo: "Eso es la Fiesta Nacional de la Vendimia, la vendimia es otra cosa". Sin embargo, vendimia significa lo que todos sabemos, pero solemos no recordar. Recoger los frutos de lo sembrado por nosotros, por otros, por la naturaleza o vaya a saber por qué Dios. Y en Mendoza, cada año lo hacemos. Fiesta para algunos, tiempo de tristeza para otros, momento de creatividad e intenso trabajo. Exhibición de nuestros valores y puesta en valor de lo que llamamos identidad. Alrededor del "fenómeno Vendimia", aparecen las discusiones más increíbles, pero también las que contienen una sensatez impactante.

Así como el vino puede ser el elixir del poeta (de Virgilio o de Tejada Gómez), también puede ser inspirador de tragedias cotidianas, como los siniestros en el tránsito. Depende del uso que se le otorgue, de los atributos que se le asignen y de la responsabilidad que se le confiera. Lo ineluctable es que el vino es producto del hombre. No llueve ni es el contenido congelado de un glaciar.

El vino es un producto cuyo destino es saciar no sólo la sed vital, sino calmar otras, varias. Motivo suficiente para que además de homenajear esta tarea, la de la viticultura y la de la vitivinicultura, continuemos avanzando con el espíritu Vendimia, estimulados por el efecto de hacerlo y de beberlo.

Con el papel que se le ha asignado al vino desde tiempos inmemoriales, también en la épica de la Eneida, construir un relato atractivo alrededor del vino es bastante más accesible que hacerlo con actividades como la minería o el petróleo, por lo que es buena elección para Mendoza mantener esta predilección y actividad. Eso sí, para que la historia cierre, es necesario que nos abrace a todos. También a esas industrias ocultas y a esas empresas demonizadas por la mirada excluyente de la industria del vino. Y -como no- es menester sacudir de hipocresía a la narración idílica que suele hacerse desde el sector, como si no utilizaran igual o más recursos naturales o como si no pusieran en riesgo la armonía ambiental.

A quienes usufructúan directamente de la recogida de racimos, a quienes venden tártaro, pero también a los que vienen desarrollando un perfil turístico formidable gracias a la elaboración de los caldos y su maridaje con la enoarquitectura, y a los muchos que están desarrollando empresas relacionadas, les correspondería no dictar el guion de esa Eneida mendocina, sino colaborar con los recursos que esa construcción precisa.

Virgilio, tanto como Horacio y otros lúcidos poetas de aquella Roma del año cero, pudieron desarrollar sus inmensos talentos, entre otras razones, porque contaron con el auspicio, abstracto pero también concreto y material, de Cayo Mecenas, el sibarita asesor de Augusto. Personaje al que sería conveniente además de estudiar, imitar.

La aparición de Mecenas en la escena política fue impulsada por el emperador y no sólo ni exactamente por un apego al desarrollo de las artes. Mecenas le explicó la importancia de su rol, recordándole a Augusto el padecimiento que sufrió su tío abuelo, Julio César, merced a la pluma y al desparpajo de Catulo, quien se dedicaba -tal como debería hacer cualquier periodista en la actualidad- a ventilar los actos inconvenientes de una figura pública. La relación pasional de aquel edecán fornido, llamado Mamurra con Julio César, nunca pudo ser desmentida.

Época de vendimia. Momento inmejorable para pensar y repensarnos. Para intentar un diseño superador. Para discutir si es anacrónico o acaso parte invariable del acervo cultural la cuestión del certamen de belleza y su típico: "Este voto es para...".

Mientras tanto, los que viven y bastante holgadamente gracias a su meritorio desempeño en esta actividad, podrían hacer la cosas de modo más generoso y eficiente, menos mezquino (para que no requiera de traducción).

Para escribir esa Eneida o, en realidad para darle forma de documento, la comunidad toda debería implicarse. Participar. Decidirse no sólo a ir por un melón arrojado desde un carro, sino a proponer en vez de repetir como cada año: "Siempre lo mismo" y de manera quejosa. Es necesario interpretar que hacer siempre lo mismo, si se lo hace con entusiasmo, dedicación, conocimiento y contemplando al resto de la comunidad, suele traer más beneficios que las promesas de cambios que nunca aparecen.

Párrafo aparte para los artistas y gestores. Que Vendimia no presente como elemento distintivo cada año su tradicional coreografía "la amenaza de los bailarines" y que tampoco deban andar esquivando grúas que se precipiten sin otra explicación que la ley de gravedad, y a pesar de la gravedad del acontecimiento es como que aquí no ha pasado nada.

Aunque no sea la pretensión alimentar el espíritu temerario para encontrar un destino heroico y fundacional de la cultura del mundo; ni la pasión por enfrentar tempestades lo que nos identifique, igual podríamos hacer mejor las cosas, y sin dudas, con una siembra más controlada y un rector que ayude el crecimiento orientado de la cepa, Vendimia sí podría ser una fiesta todo el año, en vez de un paréntesis en el que antes y después, la historia se parece demasiado a la resaca.

Los elementos están. En la tribuna esperan Dionisio, Osiris, Pa-gestín-dug y Baco. Que nos aplaudan o nos envíen al Hades, dependerá de nosotros.

Dejanos tu comentario