Hasta los años 90 inclusive, los grandes vinos nacionales eran Cabernet Sauvignon o blends al mejor estilo bordelés, donde era dominante. En Estados Unidos o Chile –ambos referentes del Nuevo Mundo, como la Argentina– sus vinos icónicos desde hace tiempo son Cabernet Sauvignon, pero aquí no sucedió lo mismo justamente porque el Malbec desvió la atención de todos.

Cuando los vinos argentinos se hacían a imagen y semejanza de los afamados tintos franceses, el Cabernet Sauvignon –con largas crianzas en toneles– dominaba la escena, a veces solo y otras con el Merlot y/o el Malbec como acompañantes. Los enólogos de entonces se llenaban la boca con su potencial de guarda y su estructura tánica.

Pero más allá de las aptitudes de las zonas vitivinícolas más cálidas para lograr una buena madurez de esta cepa de ciclo largo, y de la prolijidad de algunos vinos, no había mucho para sorprenderse. Quizás, la cosecha 1997 haya marcado un hito, con algunos exponentes que todavía demuestran su clasicismo.

Hoy, con el resultado puesto, suena lógico que la evolución local del Malbec se lleve los laureles y que se haya convertido en la uva más representativa del país, a la vez que sea el mejor vehículo para mostrar los diferentes terruños a través de las copas. Pero, ¿qué sería del Cabernet Sauvignon argentino si se hubiera tratado de la misma manera y con el mismo respeto que al Malbec? “Qué buena pregunta Mario”, diría un amigo.

Competencia mundial

No fue por casualidad que Argentina apostó primero por el Cabernet Sauvignon y los blends tipo Burdeos para concebir sus mejores tintos hacia fines del siglo XX. Es cierto que en el mundo hay grandes y consagrados referentes para compararnos: los blends de Burdeos (su cuna) –sobre todo los de la margen izquierda (Paulliac, Saint-Julien y Saint-Estèphe)–; los de Napa Valley, Estados Unidos; los de Barossa Valley, Australia; y los del Alto Maipo, Chile; entre muchos otros.

Esto hace que la compulsa sea más difícil que la del Malbec, ya que casi no tiene contrincantes internacionales que estén a su nivel. Es decir, se puede llamar la atención con el Malbec, como Italia lo hace con el Sangiovese y el Nebbiolo o España con el Tempranillo; pero difícilmente se alcance el status de la reina Cabernet Sauvignon, al menos a corto plazo.

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Actualmente, con el Malbec totalmente encaminado, muchas bodegas vuelven a apostar al Cabernet Sauvignon como diferencial. Algunos van por los viejos y tradicionales de Luján de Cuyo (Perdriel, Agrelo y Las Compuertas) y los Altos Valles Calchaquíes en Salta; mientras que otros se animan con los del Valle de Uco y los de la Patagonia, donde están naciendo muchos tintos longevos e interesantes.

La emperatriz de las tintas

No hay dudas que se trata del cepaje más importante del mundo: gracias a sus condiciones naturales no sólo puede adaptarse a cualquier terruño, sino además permite vinos con gran capacidad de guarda.

Según el Instituto de Vitivinicultura, en el año 2017 el Cabernet Sauvignon fue la segunda variedad más consumida en la Argentina, después del Malbec. Si bien es cierto que su superficie se redujo desde 2008 (de 17.847 a poco más de 15.000 ha., según el Observatorio Vitivinícola Argentino), sigue siendo uno de los vinos más buscados por los consumidores. Ya que más allá del auge del Malbec, el carácter y la personalidad del Cabernet Sauvignon son únicos, especialmente los de Agrelo y Cafayate.

Al Cabernet Sauvignon también lo pasó por arriba la re-evolución local. Y si bien posee un carácter más clásico que el Malbec, los exponentes actuales difieren bastante de los anteriores. Hoy se apoyan en la fruta y la frescura más que en la madurez y la madera. Sus texturas naturales se hacen sentir en boca. Y si bien cuesta más domarlo en zonas frías, ha quedado demostrado que –en terruños hasta hace poco marginados por el clima– se obtienen Cabernet Sauvignon con gran carácter y tipicidad.

Por lo bajo, como si fuera políticamente incorrecto, muchos de los hacedores reconocen que lo prefiere al Malbec. Saben del prestigio mundial que se esconde detrás del logro de un gran Cabernet Sauvignon. Por otra parte, la dificultad de domarlo, su potencial de complejidad y su buena relación con el roble, significa un desafío muy inigualable.

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Además, ha demostrado llevarse muy bien con el Malbec: porque mientras uno pone la fruta y la expresión, el otro aporta estructura y especias, resultando una combinación que, al parecer, dará los mejores vinos argentinos de la historia.

Por ser la uva más famosa, es protagonista en tintos de todos los segmentos, pero sus taninos suelen darle una personalidad de vino más serio, y a veces hasta duro para tomar seguido. Algo que no pasa con los vinos de alta gama que suelen estar afinados por la crianza.

Y si bien hoy el vino argentino de más alto precio es un Cabernet Sauvignon, no hay dudas que el futuro argentino está en el Malbec, aunque el prestigio se consolidará de la mano del rey.

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