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Vinos con nombre y apellido

Varietal, denominación de origen e indicaciones geográficas. El camino de los vinos del Nuevo Mundo en busca de la identidad en sus etiquetas.

Desde siempre, el marketing busca persuadir a los consumidores para que elijan un producto en particular, y generalmente funciona, pero el vino: es una excepción. Porque las máximas son genéricas, y si bien hay buenos vinos para todos los consumidores, no todos los vinos están pensados para todos los consumidores.

Porque más allá de cuestiones cualitativas, hay conceptos y búsquedas que solo pueden ser valoradas por pocos, independientemente del precio que alcanzan esas botellas. Ahí es donde la gran ventaja del vino se convierte (quizás) en su peor desventaja para poder explayarse y crecer: la diversidad.

Los antes denominados “de todos los días” –digamos hasta $100– son vinos de fidelidad y costumbre, generalmente “sodeados”. Algunos vinos son realmente elegidos, pero hay muchos que dominan las góndolas simplemente por precio. Y ante cualquier cambio (típico de la Argentina), sucumben ante los sustitutos.

Entre $100 y $200, la franja más caliente en la actualidad, empiezan a aparecer vinos que llaman la atención desde afuera, con etiquetas coloridas y nombres originales. Hay muchos tradicionales que sobreviven, pero en su gran mayoría son vinos nuevos o “remodelados”. Se trata de tintos y blancos correctos, que deben dar placer y, en cierto modo, responder a su variedad. Aquí, el aval de una gran bodega muchas veces centenaria y en manos de nuevas generaciones de la misma familia fundadora, lo cual es fundamental. Porque ante la multiplicidad de opciones, ese nombre brinda lo más importante: confianza.

Si bien hay buenos vinos para todos los consumidores, no todos los vinos están pensados para todos los consumidores.

Luego, entre $300 y $15.000 (o más) se mueven los vinos que representan menos del 10% del consumo interno, aunque dominan holgadamente las exportaciones. En estos vinos hay mucha información para decodificar que también hace al disfrute.

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Pero el marketing no puede abarcarlos a todos. Eso ya quedó demostrado varias veces en la campaña anual que promociona el Fondo Vitivinícola de Mendoza, y que pretende empujar a todos los vinos por igual.

¿Qué puede hacer el consumidor ante esta situación? Aprovechar. Porque no sólo la calidad de los vinos argentinos de hoy es la mejor, sino además tener muchas etiquetas para elegir es siempre una gran ventaja. Además, es la diversidad de opciones la que permite una gran competencia y una gran oferta en cada segmento de precios.

Entonces, el posicionamiento de un vino no depende del marketing, sino de su significado e intenciones. Que nacen de una persona, o un equipo, y se traducen desde la viña a las botellas, para que en la copa se puedan entender y apreciar los mensajes. Y así, lograr un disfrute que va mucho más allá de la calidad, que ya dejó de ser un valor agregado.

En el nombre del vino

Hay muchos atributos por los cuales elegir un vino con muchos atributos. En los sesenta, los americanos pusieron de moda los varietales porque no podían competir de igual a igual con los europeos. Ellos, con una larga trayectoria a cuestas, denominan sus vinos por los lugares donde se producen. Con el tiempo, muchos de esos nombres se hicieron tan famosos que trascendieron las fronteras y se convirtieron en los más elegidos y consumidos alrededor del mundo. Champagne, Borgoña, Burdeos, Rioja, y Chianti, entre otros, son los más reconocidos. Y, por ende, emulados en muchos otros países productores. Y si bien es obvio que esos vinos están elaborados a partir de uvas, ellos nunca se preocuparon por difundirlo en sus etiquetas.

Paraje Altamira, San Pablo, Los Chacayes y Gualtallary ya se organizaron, y muchas más vendrán en camino, incluso de otras zonas y provincias más allá de Mendoza.

Pero una estrategia de marketing de los americanos funcionó para todo el Nuevo Mundo, al encontrar en los varietales una manera de promover sus vinos y empezar a competir con los del Viejo Mundo.

Y la Argentina no se quedó al margen. Apostó todo a los varietales desde el comienzo del nuevo milenio, y se sacó un pleno con el Malbec. Y si bien sigue siendo el vino más consumido (y exportado), en menos de 20 años, los varietales ya pasaron de moda. Porque el nombre de la uva ya no es suficiente para elegir un vino con mayores atributos. Sin entrar en cuestiones de estilos y métodos de vinificación –que aportan diversidad– hay nombres que empiezan a ser mucho más importantes: los de los lugares de donde proviene la uva. Sí, aquellas famosas denominaciones de origen que nacieron en Europa, y a las que el Nuevo Mundo casi ninguneó desde el varietalismo, hoy están recuperando su lugar.

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Es por ello que los nuevos “mejores” vinos nacionales nacen en lugares específicos.

Es cierto que desde hace tiempo Mendoza, San Juan o Salta ya no aportan tanto como antes al momento de la elección. Y nombres más genéricos como Valle de Uco, Pedernal, Valles de Cafayate o San Patricio del Chañar (Patagonia), empiezan a ser reconocidos. Pero como pasa en el Viejo Mundo, cuando más especificidad, mejor.

Quizás el problema haya sido ir tan rápido de lo general (Mendoza) a lo particular (vinos de parcela en un viñedo de Gualtallary), que a los consumidores les cuesta seguirle los pasos. Por eso, algunas bodegas han parado la pelota y, retrocediendo un paso para atrás, esperan dar dos para adelante. Esto explica la avalancha reciente de vinos con “apelación de origen”, que comparten características distintivas a partir de una región en la cual hay muchos productores. El mejor ejemplo de esto son las IG (Indicaciones Geográficas), que no están de moda, sino que llegaron para quedarse, y se suman a viejas DO, como la de Luján de Cuyo para el Malbec.

La mayoría llegan del Valle de Uco, por ser el terruño más desarrollado en los últimos años. Allí, las características de los suelos divididas por la naturaleza (conos aluvionales), son notables, y proponen entornos diferentes para las uvas de mayor calidad. Paraje Altamira, San Pablo, Los Chacayes y Gualtallary ya se organizaron, y muchas más vendrán en camino, incluso de otras zonas y provincias más allá de Mendoza.

Los vinos con nombre y apellido no se refiere solo a vinos de autor y partidas limitadas; sino a elaborados en un lugar determinado a través de la interpretación de una persona.

Y así, el nombre del lugar pasará (a corto plazo) a ser más importante. Pero hay algo más nuevo que está marcando tendencia en los vinos argentinos, y si bien tiene que ver con el nombre, aún más con el apellido.

Del nombre... al nombre y apellido

Como ya hablamos, primero fueron las bodegas, después las marcas, y más tarde las variedades, los aspectos más influyentes a la hora de elegir una etiqueta. Pero hoy, el lugar (el nombre) comienza a ser determinante para los consumidores más exigentes, aunque no suficiente. Porque se viene el hacedor: el apellido.

Ya que si bien es cierto que desde siempre el vino lo hicieron enólogos y agrónomos –obviamente destacándose muchas mujeres entre ellos– hoy su participación adquiere una nueva dimensión.

Los más grandes reconocen que antes se dedicaban a “corregir” los vinos, y hoy elaboran vinos con mayor precisión. La tecnología y el conocimiento en manejo de viñedo, suelos, riego, interpretación del clima, y también en bodega (con métodos de vinificación y crianza) les ha permitido evolucionar muy rápidamente. Y si bien se cometieron errores en el camino –porque el vino es mucho de prueba y error– hoy están todos muy bien encaminados.

Cuando se habla de vinos con nombre y apellido no se refiere solo a vinos de autor y de partidas limitadas. Sino a todos los vinos elaborados en un lugar determinado a través de la interpretación de una persona. Y eso se puede hacer más en una gran bodega que en una pequeña, por todos los recursos que se necesitan.

El nombre de la uva ya no es suficiente para elegir un vino con mayores atributos.

Al llegar a un lugar y pensar un vino, hay que elegir qué plantar y cómo hacerlo. El conocimiento del microclima y la composición del suelo es fundamental para tomar esas decisiones. Y luego en bodega, ponerle la impronta (siempre personal) en pos de reflejar ese paisaje en las copas. ¿Qué significa interpretar un lugar? Justamente eso, jugársela por el vino que cada hacedor cree ideal en cada lugar.

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Esto clarifica un poco el panorama actual, en el que existen cada vez más vinos de lugares específicos y de la misma variedad, pero con características bien diferentes.

Y si bien cada vez hay más vinos con nombre y apellido para conocer, falta tanto camino por recorrer y cosechas por vinificar, para determinar si todos los vinos de un lugar específico serán de tal o cual manera. Seguramente, algunos hacedores tendrán más éxito que otros, y esos dejarán su legado en cada lugar.

Especial para UNO – Di·Vino

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