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La evolución del vino rosado argentino

El vino es quizás el producto argentino que más y mejor ha evolucionado desde la inauguración del nuevo milenio. Y los vinos rosados son un claro ejemplo.

Todo comenzó con la tecnificación de las bodegas y la reconversión de los viñedos que la convertibilidad posibilitó. Luego llegó la devaluación, y con ella el know how importado y la mejora en la competitividad. A su vez, la inserción de la Argentina en el mundo del vino fue inédita. De exportar US$ 20 millones en el año 2000, se llegó a los US$ 1000 millones en 2010. Pero después con las crisis llegó el estancamiento, el Malbec dejó de ser un as bajo la manga y la caída de consumo en el mercado interno se acentuó.

Pero más allá de todo eso, las balas de la coyuntura al vino le pasaron cerca, pero nunca le dieron en el blanco (tampoco en el tinto). Porque el vino siguió avanzando año tras año, cosecha tras cosecha. Y si bien los números (internos y externos) muestran una realidad compleja, la verdad es que hoy se elaboran y consumen los mejores vinos argentinos de todos los tiempos. Porque desde que los hacedores entendieron que el camino era la calidad por sobre la cantidad, no detuvieron su evolución, y siguen mejorando, incluso a pesar de las condiciones climáticas.

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Y si bien los números muestran una realidad compleja, hoy se elaboran y consumen los mejores vinos argentinos de todos los tiempos.

Porque luego de tres cosechas difíciles, como la 2014, 2015 y 2016 (la más complicada de los últimos treinta años), llegaron la 2017, 2018 y 2019, y las variables climáticas volvieron a la normalidad. Y entre las últimas dos, los enólogos y agrónomos se pelean para determinar cuál fue mejor en lo que va del milenio. Esta evolución se puede apreciar en todos los segmentos de precio y en todos los tipos de vino, pero es más notable en el rosado.

Rosado: de maltratado a admirado

Ya tenía mala fama cuando empezó la recuperación de la industria. Porque si bien supo ser de los más elegidos (cuando en los 80’ los argentinos eran los principales consumidores per cápita del mundo), el recuerdo de un vino abocado y de baja calidad dominaba el imaginario colectivo para los rosados. Y para colmo, luego le cayó la espada del prejuicio: una tontería absoluta por parte de muchos consumidores. Porque asociar el color del vino a las preferencias sexuales no tiene ninguna lógica, y mucho menos hoy en día, donde las libertades están más que claras.

El rosado es el mejor vino para tomar a deshora. Cuando en Londres a las cinco de la tarde están tomando el té y en Buenos Aires café, en Paris se bebe rosé en copa.

Pero es verdad que muchos no aceptaban una copa de vino rosado porque lo consideraban un vinito, y hasta ni siquiera eso. Y lo más divertido es que los primeros rosados del milenio no tenían nada de vinito, sino más bien de vinazo. Porque luego de la gran cosecha 2002, que lograra impactar en el mundo con el Malbec como abanderado, las bodegas reaccionaron.

Todos querían hacer los mejores Malbec posibles. Y en esa vorágine muchos apostaron por el estrés hídrico en la viña y la sangría en la bodega. El primero consistía en dejar de regar el viñedo uno o dos meses antes para que las plantas sufran y concentren más sus componentes polifenólicos, principalmente.

El segundo es un método por el cual se hacía un prensado suave, y un porcentaje (entre 5 y 30%) de los primeros jugos se separaba, y así poder lograr una fermentación del 100% de los racimos con menor contenido líquido, con el objetivo de obtener tintos más robustos. Queda claro que la atención (equivocada o no) estaba puesta en los tintos.

El vino rosado actual puede ser totalmente rupturista, a pesar de que se trate de una marca tradicional.

Por suerte esto duró poco, pero lo suficiente como para que nacieran los primeros nuevos rosados argentinos del siglo XXI. Porque se decidió aprovechar ese jugo apenas teñido para re-inaugurar la categoría de rosados. ¿Cómo eran esos vinos? Al igual que sus pares tintos, muy cargados y concentrados, potentes y hasta tánicos: todo lo contrario a lo que debe ser un buen rosado.

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“Dejamos de hacerlo porque no se vende”, decían algunos de los mismos hacedores que hoy se llenan la boca (y las copas) con sus flamantes vinos rosados. Esto demuestra que el problema no estaba en los consumidores, si no en los vinos. Bastó para que uno pensara en elaborar un rosado de alta gama y desde la viña, para que la moda se desatara. No era tan difícil, si se estaba logrando con los tinos, blancos y espumosos, ¿por qué no con los rosados?

Más allá del Malbec

Por una cuestión obvia de dominio de la escena y fama internacional, se buscaron uvas de ciclo más corto para poder llegar a una madurez completa en el menor tiempo posible, preservando la mayor acidez. Con esto se lograron dos cosas fundamentales para un vino rosado: más frescura y menor potencia alcohólica. Lo demás fue cuestión de detalles, por dentro y por fuera de la botella.

Al ser hijo de una maceración corta de uvas tintas (apenas algunas horas para adquirir color) y continuar su fermentación como un blanco, sus atributos finales no tienen que ver con la longevidad, la estructura o la complejidad. Muy por lo contrario: el rosado es el mejor vino para tomar a deshora y en cualquier situación. Es más, cuando en Londres a las cinco de la tarde están tomando té y en Buenos Aires café, en Paris se bebe rosé en copa.

El problema no estaba en los consumidores, si no en los vinos. Bastó para que uno pensara en elaborar un rosado de alta gama para que la moda se desatara.

Claro que también puede llegar a la mesa y hasta ser el comodín en muchas mesas según varios sommeliers, si se da cierta diversidad de platos. Pero su gracia es llamar la atención antes de sentarse. Su color y sus aromas delicados no buscan impactar, sino agradar. Y su trago debe refrescar, como abriendo el juego y siendo un partenaire más de la charla, no un protagonista como pueden llegar a ser sus pares tintos y blancos.

Ahí es donde entra en juego la creatividad, tanto de etiquetas, botellas y de nombres. Porque el vino rosado actual puede ser totalmente rupturista, a pesar de que se trate de una marca tradicional. Las botellas, generalmente transparentes para poder apreciar las atractivas tonalidades de los rosé, se han convertido en una gran excusa de compra. El rosado se ha convertido en un objeto de culto, a tal punto que hoy todos piensan en comenzar la reunión con uno sobre la mesa. Porque no solo funciona muy bien como aperitivo, sino que además impacta por innovador, devolviéndole a la categoría su merecido prestigio.

Llegaron para quedarse

En vitivinicultura todo es cuestión de tiempo. Porque no sólo el viñedo da mensajes, sino también el mercado. Pero ningún cambio se puede realizar de la noche a la mañana, ni siquiera de un año al otro. La buena noticia es que los hacedores ya se subieron a la autopista de la calidad, y no se van a bajar de ella: Los rosados actuales llegaron para quedarse.

Hace cinco años, casi ninguno estaba pensado desde la viña. Hay excepciones históricas como el Montfleury de Weinert, el Blush de Canale o el Rincón Famoso de López, que siempre se elaboraron a partir de las uvas. Pero ninguno es de alta gama. Allí, el precursor fue Luigi Bosca con su Rosé 2015, presentado de la mano de Alberto Arizu (h), acostumbrado al desafío de seguir innovando respetando el legado familiar. El primero fue a base de Pinot Gris (para salir del Malbec) y Syrah, mientras que el 2019 es 50/50 de Pinot Noir y Pinot Gris, y lleva la firma de Pablo Cúneo.

Varios más se animaron con botellas llamativas, como el Nury de Alfredo Roca, el Padma Garnacha Rosé (de Corazón de Sol), el Mendel Rosadía, el Sil Vous Plait (Pulenta Estate), y el Saint Felicien Rosé, que en su segunda cosecha (2019) sigue siendo de partida limitada, pero se muestra con más gracia en su paso por boca. Y, recientemente, Casarena lanzó Mithyc Rosé Divine Creation, que viene solo en botella magnum (de 1,5 litros). Pero no todos están pensados para la alta gama.

Rogelio Rabino, de Bodega Kaiken, fue uno de los enólogos que más rápido reaccionó. Porque el Kaiken rosado de antes, acusaba colores cereza intensos y buen volumen, mientras que el actual –que se sigue elaborando con el Malbec de Agrelo–, es todo lo contrario: expresivo, liviano, ágil y vivaz.

Tal es la movida que hay con el rosado que hasta Terrazas de los Andes se sumó este año con un Malbec Rosé 2019 by Gonzalo Carrasco, para responder a una de las principales tendencias de consumo.

Como los rosados de hoy están pensados para un consumo divertido y descontracturado, más como aperitivos que para maridar con comidas, los enólogos piensan más en ser originales. Es por ello que no hay una cepa que manda, más allá del Malbec, y por eso surgieron tantos varietales como blends. Entre los primeros se destacan los Pinot Noir, como el Pintom de El Cepillo, y el Syrah Rosé de Salentein. Pero hay de Merlot, de Bonarda, de Cabernet Sauvignon y hasta varios de Cabernet Franc, entre los que sobresale el Carmela Benegas, como pionero.

Y en materia de mezclas todo vale, porque más allá de las características de la uva, una vez en la botella, todos los buenos rosados se comportan de manera similar.

El origen tampoco influye, aunque es una gran noticia que lleguen rosados atractivos desde el NOA hasta de la Patagonia. Pero quizás para muchos el concepto de orgánico sí sea determinante. Ahí también hay varias opciones, como el flamante Lagarde Malbec Rosé, el renovado Domaine Bousquet y el Jardin Enchanté de Ánimal en botella de 500cc y tapa corona. Y por suerte, en tema precios también hay para elegir: desde $150 se elaboran buenos exponentes, dignos de lucir en casa.

Actualmente debe haber más de trescientas etiquetas y esta es la mejor época, porque cuando hace calor los vinos que se sirven frescos son más los atractivos para disfrutar, y sobre todo los del año (2019), con toda la fuerza de su juventud.

Especial para UNO – Di•Vino

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