Por José Luis Verderico[email protected]
Datos, mensajes, fotos y videos circulan por el mundo virtual en grandes cantidades mientras el diálogo directo decae. El cartel de “no tenemos Wi-Fi, así que hablen entre ustedes”, colgado en la puerta de un café, in
El caso de los chicos abducidos por la tecnología sin adultos a la vista
@jlverderico
Razones de seguridad, sobre todo cuando andan solos o van en colectivo hacia la escuela o a alguna juntada con amigos, motivan –entre otras– que muchos adultos dotemos a nuestros chicos de diversa tecnología, como un teléfono celular. Nos quedamos más tranquilos, dicen algunos, si los tenemos al alcance de una llamada, mensajito de texto, llamada perdida, o de contacto virtual por Facebook, Twitter o WhatsApp. Dicen que la felicidad nunca es completa, y en este caso también puede aplicarse ese adagio, ya que, muchas veces, la misma tecnología que nos ayuda y nos sirve para darnos santos y señas y organizar la vida familiar, también suele trastocarnos la convivencia y causarnos más de un problema puertas afuera del hogar, es decir, en las escuelas o el barrio. Acordar alguna actividad, invitarse on line a los cumpleaños y hasta pasarse alguna tarea pendiente son parte de los múltiples usos positivos que los chicos les dan a los celulares inteligentes o las tablets o a las PC. El drama comienza cuando tal o cual menor de edad, sea varón o niña, recibe uno que otro mensajito de contenido burlesco o denigrante y el resto de los integrantes del grupo lo hace propio y lo reproduce hasta que todo termina en un escandalete, que muchas veces obliga a intervenir a los adultos. O sea, bullying virtual.Que si es así o asá, que si es medio patadura para jugar al fútbol o no baila bien las canciones de Violetta, que si no se sacó un diez en tal o cual materia. Infinidad de motivos tienen muchos chicos y chicas para tirarse con todo y de todo. Y para ellos todo vale, incluso lo referido a cuestiones severas, como alguna limitación física o intelectual o zozobras económicas o relativas a la posibilidad de tener la mejor ropa o la Play recién lanzada.Otros adultos, ya no por razones de seguridad, proveen a sus chicos de un aparato inteligente por comodidad o para darles el gusto. O simplemente para tenerlos contentos y entretenidos, a una distancia suficiente como para no tener que ejercer el rol de padres cuidadores y formadores que nos compete –lo hayamos o no elegido–.Así, tenemos en Mendoza y el resto del país, chicos chicos, y entiéndase la redundancia, de 8 años en adelante, que no se duermen nunca antes de las 3 de la madrugada porque fueron abducidos por la tecnología ultramoderna en sus diversas formas. Léase, supercelulares, tablets, PC, consolas de video que sirven para jugar en red en sesiones interminables, etcétera, etcétera.No voy en contra de todo ese adelanto tecno, de hecho soy uno de los afortunados que aprovecha esas herramientas para trabajar y estar contactado y recibir datos, fotos, documentación y hasta jugar uno que otro partidito con el FIFA 15.Pero es urgente dar una vuelta de tuerca acerca de si los adultos realmente nos damos cuenta de qué les estamos dando a nuestros niños cuando les entregamos tecnología de última generación. Les estamos dando la puerta de ingreso a un universo enorme y complejo, que a través de la inmediatez se muestra sencillo y accesible, pero imprevisible, desconocido y muchas veces peligroso. Tampoco hablo de prohibir. Pero sí de ser astutos para saber, por ejemplo, qué hacen nuestros chicos y con quiénes cuando están frente a una pantalla. El presente y el futuro, agradecidos.



