Vanessa Montfort (Barcelona, 1975) describe, con lujo de detalles, en su documentada y vigorosa novela histórica La Toffana, una de las cancelaciones más flagrantes de la historia.
Su protagonista es Giulia Toffana, hija de la alquimista Theophania D’Adamo, boticaria, líder de una facción mafiosa de mujeres en la Roma del siglo XVII y señalada por algunos como la primera asesina en serie de que se tenga memoria.
Ella dio nombre al veneno que acabó con la vida de unos seiscientos hombres en la Ciudad Eterna, cuna de los fastos del Vaticano y los palacios renacentistas, de artistas y pensadores excepcionales coexistiendo con una multitud de putas y mendigos, sede, al mismo tiempo, del cielo y el infierno.
Un infierno, sobre todo, para las mujeres, impedidas de estudiar, de ejercer una profesión y sometidas a crueles maltratos bajo el mote de brujas, incluyendo el asesinato, sin castigo por parte de las autoridades.
Su antagonista es el inquisidor Stefano Bracchi, azote del papado, que acometerá una enfebrecida investigación que lleva a condenar a Giulia, a su hija, la astróloga Gironima Carrozzi y a su asistenta, la ex prostituta Giovanna De Grandis.
Todas ellas padecerán la llamada damnatio memoriae por parte del Santo Oficio. Es decir, serán borradas de los registros oficiales, como si nunca hubieran nacido. Canceladas para siempre.
Bajo el frío de Madrid, acompañada por un perro chihuahua diminuto, de dos kilos, que se llama Fiera, que “está como una cabra” y con una bebé de dos meses y medio en brazos, porque, según dice, "así somos las escritoras modernas", atiende con el mejor de los ánimos al programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Hola, Vanessa. Estamos en época de Navidad, del Niño Jesús, de los Reyes Magos y vamos a hablar de cuestiones blasfemas a partir de tu libro.
-Hombre, es que la blasfemia es absolutamente necesaria, incluso en estas fechas (risas).
-Entre otros ritos, hemos pasado aquí y ahora por la Misa del Gallo, pero tu libro empieza, justamente, por otro lado, aludiendo a la misa negra, un poco el leitmotiv de la historia. ¿Cuánto tiene de leyenda y cuánto de verdad?
-Ya sabes que los novelistas nos dedicamos a eso, a novelar. Evidentemente, esto no es un estudio, no es una biopic y ni siquiera tampoco es un ensayo. Lo que sí, es una novela tremendamente investigada.
-¿Qué fuente principales utilizaste para nutrirte?
-Tuve la suerte de encontrar las actas del proceso a Gironima, la hija de la Toffana. Y de ahí empecé a tirar de muchos hilos y a descubrir cómo fue esta trama de envenenamiento masivo que se dio en la época de la Roma de los papas. Entonces, hay muchísimo, en su gran mayoría, de realidad.
-Lo cual implica otro problema.
-Evidentemente tú, cuando estás creando a los personajes de los cuales no se sabe nada, tienes una serie de nombres, de fechas y de datos objetivos de porqué fueron los procesamientos. Algunas de sus personalidades sí traslucen algo en los interrogatorios de los que daba fe el notario. Pero a la mayoría te los tienes que recrear de cero. Y eso ha sido tremendamente divertido (sonríe).
-Sí, se nota que te has divertido porque el libro es muy atrayente. Ahora, para que les quede claro a quienes nos escuchan, digamos que la misa negra era, técnicamente, una parodia blasfema de la eucaristía católica, ¿no?
-Tal cual. Para poner en contexto a los lectores y sin hacer spoiler, se rumoreó, a partir de un punto de ciertas confesiones que hacían las mujeres de Roma, que había una Virgen Negra que las estaba ayudando, se supone, a controlar sus vidas.
-¿Cómo?
-No se sabía hasta qué punto. De momento, digamos que bendecían pócimas abortivas o incluso de fertilidad en una Roma muy represora. Era la época cuando llegan los papas al poder, donde la mujer se convierte prácticamente en una vasija para tener hijos.
-Estaban sometidas a una condición muy cambiante, como bien cuenta tu historia.
-En ese contexto en el que las mujeres habían alcanzado incluso las universidades y se habían doctorado en medicina, como en Siena o en Venecia, nos tenemos que imaginar que es como un cuento de la criada que se hace real. Se va para atrás. Y a las mujeres se las somete hasta el punto de que la mayoría, si vemos las estadísticas, mueren en el parto o en lo que les llaman, entre comillas, accidentes domésticos, que ya sabemos desgraciadamente lo que es.
-Un cuadro general muy negativo, sí.
-En todo eso, además, colabora el poder. Por ejemplo, hay una ley sobre el feminicidio en donde este deja de ser delito. Y en ese contexto aparece una figura, que no se sabe si es mito o realidad, la Virgen Negra, que ayuda a las mujeres de Roma.
-Y el rumor crece...
-Esto se lo empiezan a chivar los sacerdotes, de unos a otros. Empiezan a decir que tal ha estado a punto de dar una pócima a su marido para que se tranquilice. Bueno, al final no era para tranquilizarlos, era para matarlos. Hubo seiscientas muertes en quince años.
-¡Qué bárbaro para la época!
-Seiscientos dos asesinatos por la red de la Toffana.
-La autora intelectual.
-Era boticaria y encontró la fórmula de ese veneno, que era inodoro, indoloro y que no dejaba ningún tipo de rastro, o sea, un milagro de la química. Se fue extendiendo como el agua del Tíber por toda Roma, con una red absolutamente piramidal, donde ellas eran irrastreables.
-La llamada Acqua Tofana termina siendo uno de los venenos más célebres de la historia, ¿no?
-Sí. Habrás visto que hay dos frases al principio del libro. Una pertenece al Conde de Monte Cristo donde cita el "agua de Toffana" como de refilón. Tampoco es que haya más datos, pero se habla de ella. Mozart, por ejemplo, dos siglos después, llegó a decir que le habían dado un agua Toffana para envenenarle. Pero en aquella época se convierte en un genérico, como cuando hoy decimos Kleenex.
-Se entiende, termina como sinónimo de veneno.
-Digamos que el agua Toffana se convierte en marca, no es que Mozart pensara en Giulia Toffana. A ella y a sus cómplices las borra de la historia la Inquisición. Pero, cuando algunos viejos de Perugia o de Sicilia aún lo mencionan, es como si te hubieran dado un veneno potente de acción lenta del que no vas a salir ileso. Más bien no vas a salir vivo (risas).
-¿Cuánto tiempo te llevó documentarte para este libro de más de quinientas páginas? La cantidad de información que vas desparramando y las relaciones que establecés son llamativas.
-La verdad, cuando me pongo a investigar, me vuelvo un poco loca. O sea, yo no tengo fin, porque soy periodista también. Entonces la periodista a veces se impone a la escritora y me doy cuenta de más, siempre, pero porque me divierte, me convierte un poco en detective. Y este personaje era tremendamente escurridizo, era casi tan indetectable como su veneno.
-Se deduce que el trabajo fue arduo, ¿no?
-Estuve cuatro años. Empecé el año del confinamiento, donde ir a Italia no era el mejor plan del mundo, con lo cual tuve que retrasarlo porque no se podía entrar a los archivos, no se podía viajar allí más de 48 horas sin hacerte un montón de pruebas. Era un lío.
-¿Qué hiciste en el mientras tanto?
-Ahí escribí una obra de teatro que se ha representado con mucho éxito y llamó mucho la atención. Y como tenía tal cantidad de información, me dije: tengo que hacer algo con el resto.
-Claro, ya no cabía en el formato teatral.
-En la obra de teatro no podía permitirme tener tantos personajes como hay en la realidad en La Toffana, donde están todas las cómplices.
-Que también son determinantes en la historia.
-Porque tengamos en cuenta que el brazo ejecutor no era Giulia. Ella era el cerebro criminal con su hija y su ayudante, que estaban en la cúspide de esa pirámide. Pero en realidad lo que crea es una mafia femenina. De hecho, ella es siciliana, para más datos (ríe).
-Pura matriz...
-Es como la primera madrina de la primera mafia de la historia. Una mafia de seiscientas mujeres que se cargaron a sus maridos. O sea, esas eran las verdaderas asesinas ejecutoras, por decirlo de alguna manera.
-Impresionante. Pero además vos aportás un dato muy interesante y es que la palabra mafia podría derivar de esa apelación que hacía Giulia, ma fía, que quiere decir mi hija.
-Sí, parece ser. Esto me lo encontré después y dije qué bien me viene, porque fue una mafia en realidad. Era un crimen organizado, además, con motivaciones también económicas, para qué nos vamos a engañar.
-Está todo integrado.
-Ma fía, en siciliano, significa mi hija y parece ser que es lo que gritaban las madres sicilianas cuando mataban a sus hijas. Y esto viene desde el código de la omertá, que es tan antigua como la propia Sicilia. Digamos, esto no es ago de los años treinta.
-Precisemos que tanto Giulia como su madre, Theophania, son de Palermo. Luego ella se va a Roma.
-Claro, la madre tiene una botica en Palermo, en una época en la que las mujeres podían administrar un negocio. Por eso digo que se fue para atrás.
-Hubo un evidente retroceso social.
-Hay que decir que el final de la Alta Edad Media es muchísimo más liberal con las mujeres. Ellas son parteras, muchas tienen profesiones. Lo que pasa es que, cuando llegan las pestes, llega también la Guerra de los Treinta Años, que es el primer ejemplo casi de guerra mundial.
-Una catástrofe general.
-Hay unos descensos de natalidad tremendos. Y entonces, como siempre, desgraciadamente, cuando hay un descenso de natalidad, pues a la mujer le toca la parte de "vamos a tener hijos". Con lo cual, ya no tienes derecho ni a tener conocimiento de tu propio cuerpo ni a tener un negocio ni a tener libertad de ningún tipo, más allá de criar y criar y criar, aunque te revientes en el parto.
-Ahí es donde empieza a cobrar sentido esta historia.
-Claro. Theophania, como alquimista y como boticaria, tuvo mucha más libertad que su hija y que su nieta. Les tocaron épocas totalmente diferentes. La hija ya se cría, una vez que está huérfana y tal, ayudada por unas monjas en Roma.
-En un escenario que no era precisamente amable.
-Era una Roma tremendamente represora en todos los aspectos, no solamente con la mujer. Recordemos que poco antes había sido ejecutado Giordano Bruno solamente por pensar.
-¡Nada menos!
-Mientras, por ejemplo, Galileo era un héroe en la época de Theophania. Ella es alquimista y mira a la luna y a Galileo con mucho fervor. Y cuando tiene a su hija, Galileo ya ha sido procesado y condenado.
-Un entorno muy sofocante para ellas.
-A eso me refiero. Es una época oscura. El Renacimiento no lo fue para todo el mundo. Desde luego no lo fue para los pensadores y para las mujeres. Lo fue para el mundo artístico, gracias a los mecenas. Pero en otros aspectos fue un paso atrás.
-A propósito de Galileo, le ponés mucha atención a la luna, que representa una metáfora de la feminidad.
-Es que yo soy muy fan de Robert Graves y La Diosa Blanca es uno de mis libros de cabecera. Me interesa mucho la relación de la luna con la fertilidad, con ese primer culto religioso y ancestral.
-En una frase que le atribuís a Galileo decís que "las mujeres siempre estuvieron sincronizadas con la Luna como perfectos relojes selenos".
-Porque es verdad. Antes, realmente, las mujeres menstruaban con la luna. Esto es una cosa alucinante. Pero es ciencia, ¿no?
-¿Entonces es verdad cuando nosotros decimos que ustedes andan con la luna?
-Sí, sí, sí. Tal cual (risas). Somos un poco lunáticas. Para bien y para mal.
-Y eso también les da su encanto, ¿o no?
-Sí. Además, la luna es una metáfora tan bella y como tiene tanto que ver con la alquimia, me venía muy bien. Por eso decidí también que el libro se dividiera en cuatro partes, que son las fases de la luna.
-Hay un aspecto en donde se luce tu oficio de autora teatral y es en los diálogos. Son muy buenos a lo largo de todo el libro, empezando por los interrogatorios del inquisidor. Pero también están, por ejemplo, el de Caravaggio pintando a De Grandis o el de Velázquez con Donna Olimpia, la papisa.
-Gracias. Es que me lo paso muy bien dialogando. Lo bueno que tiene el teatro es que te acostumbra el oído y también te obliga a escribir sin un narrador. Es decir, que los personajes se expresen como son y no haga falta ponerle más aderezos ni que intervenga tanto el narrador ahí.
-Y se nota la mano.
-Entonces, acostumbrada a eso, intento sacarle partido. Además, no olvidemos que la historia casi es un thriller judicial. Cuando escribí la obra de teatro de la Toffana, una de mis inspiraciones para la estructura era Algunos hombres buenos, para que te hagas a la idea.
-Buen antecedente.
-Es decir, todas estas obras en las cuales hay un pulso brutal entre los interrogados y el interrogador. Y en cuanto al inquisidor, no quería que fuera el típico personaje de cartón, ese que dice jo, jo, jo, qué malo soy, soy el inquisidor. Pues no. Tampoco que la Toffana fuera una justiciera sin mácula, porque es una psicópata, claramente.
-Exacto. Requería un zurcido fino la trama.
-Tenían que tener los dos sus razones para hacer lo que hacen. Por eso a mí el inquisidor me interesa tanto como la propia Toffana. Y ahí, protagonista y antagonista tenían que tener un pulso muy fuerte y los dos tener sus razones, sus debilidades, sus dudas y su humanidad. Por lo tanto, desde esa perspectiva, había que crear los diálogos entre dos personajes fuertes e inteligentes.
-Y está plenamente logrado. Otro de los méritos del libro.
-Hay una cosa que dicen en narrativa, que es una ley: cuanto más fuerte es el antagonista, más fuerte haces al protagonista. Y esto era un poco lo que yo pretendía con ella y con el inquisidor.
-Hablando del protagonista y el antagonista, vos decías que tu novela es un thriller judicial, pero también parece la clásica novela de terror. Stefano Bracchi persiguiendo a la Toffana nos recuerda a Van Helsing persiguiendo a Drácula.
-Un poco sí, porque no se sabe si esta mujer, al principio, es una deidad extraña o algo sobrenatural. Es verdad que la novela empieza con algo muy oscuro, casi gótico, con estas misas negras. Y Bracchi no sabe muy bien a qué se enfrenta. Sabe, sí, que se enfrenta a lo que para él es la expresión máxima del mal.
-Encima, vive alucinado con el demonio. Lo tiene presente todo el tiempo.
-Es que está aterrorizado. Tiene visiones del demonio constantemente y muchas dudas, además. Y cuantas más atribuciones le dan dentro del Vaticano, más se da cuenta de lo podrido que está. Ya en ese momento es cuando tiene todavía más dudas y ya no sabe muy bien a quién le sirve.
-Esa duda es muy significativa en su tortuoso itinerario.
-Él cree que sirve a Dios, pero a partir de un punto no sabe muy bien a quién sirve, porque se ve obligado a hacer y a decir cosas que un poco lo llevan a solidarizarse con sus investigados. Pero, a pasar de todo, tortura como tortura, dice lo que dice y hace lo que hace. Y él cree que está justificado.
-Hay una subtrama muy interesante en esta historia en torno a las monjas de clausura. Uno se encuentra con situaciones terribles, como el hecho de que los conventos se utilizaban como depósitos para que la aristocracia se librara de sus hijas no deseadas. Para eso utilizás una fuente muy categórica, Arcangela Tarabotti.
-Tal cual. Esto tiene su propio spin-off porque Arcangela Tarabotti es un personaje que me encontré sobre la marcha. No tengo idea de que estuviera relacionada con la Toffana de ninguna manera. Pero sí coincidieron en época y dije: a esta mujer, por su pensamiento, la tengo que meter.
-Muy bien. Te vino como anillo al dedo.
-Los textos que hay de Arcangela Tarabotti están sin tocar. Los de las cartas. Para que te hagas la idea del nivel de libertad que puede tener una mente encerrada en un convento de Venecia, desde los once años.
-¿Y por qué pasaba eso?
-Porque eran familias, algunas nobles, pero con muchas hijas, a las que no les salían las cuentas para tanta dote. Entonces cogían y como dices tú, las depositaban, literalmente, en un convento ¡donde no las volvían a ver!
-Tremendo.
-Entonces, ella se queda encerrada y desde ahí empieza a tener un pensamiento absolutamente libre, que no sé ni de dónde lo saca, porque en un convento como ese habría libros religiosos y poco más. Y Arcangela Tarabotti acaba teniendo relación epistolar con embajadores, pensadores, filósofos de todo el mundo que se interesan por su obra.
-Notable esa evolución.
-De hecho, ahora la están intentando recuperar, porque todas esas cartas las dejó bajo pseudónimo preparadas para ser publicadas tras su muerte. Esta mujer, que llegó al feminismo del siglo XXI, lo hizo en el siglo XVII sin salir de entre cuatro paredes.
-Ilustranos sobre su producción.
-Ella tiene libros sobre tiranía paternal donde habla mucho de cómo los padres y madres se sacan a las hijas de encima; de cómo la libertad dentro de un convento no existe y que es cualquier cosa menos liberadora esa relación con Dios; habla de las monjas de clausura como personas que acaban enfermando mentalmente. O sea, me refiero en ese contexto. Habrá mujeres que se meten a clausura porque les dé la gana y por propia voluntad, pero no porque las depositen sus padres cuando es una niña.
-Vos agregás que, en ese momento, las mujeres no podían trabajar, no podían estudiar, no podían hacer nada y tenían solo dos opciones: ser hijas de María, es decir, meterse al convento, o de Eva, lo que implicaba estar al servicio absoluto de su marido y tener hijos a morir. No había otra alternativa.
-Ninguna. Lo que me llama mucho la atención de esa época es cómo habiendo alcanzado determinada libertad, se puede ir para atrás de una manera tan radical. Es como un aviso para navegantes, ¿no?
-Cierto. Como dijiste, un notable retroceso desde la Edad Media al Renacimiento.
-Lo hemos visto en ciertos países árabes. O sea, la libertad nunca se conquista del todo, esa es la realidad. Siempre hay que estar vigilante. Cuando crees que la tienes, como el amor, se te puede escapar si no la cuidas y si no peleas por ella.
-Pero no es lo único que te llamó la atención.
-Primero eso que hablábamos. Y dos, cuando me encontré con el feminicidio legal y autorizado desde las altas esferas espirituales, judiciales y políticas, porque eso explica mucho de lo que nos pasa en Occidente con la violencia contra la mujer.
-Esta es una valiosa conclusión para extraer desde el fondo de la historia.
-Es como si ahí estuvieran ocultas las raíces de esa violencia y eso hubiera que extirparlo desde mucho más atrás, como si se hubiera convertido en cultural.
-Otro personaje clave es Roma. Está permanentemente expuesta esa ciudad histórica, colmada de fastos y boatos, pero también tapada de mugre, con el Coliseo convertido en un basurero; llena de príncipes y curas, pero también de putas y de mendigos. Y es muy atractiva la historia en contrapunto de los papas, empezando por Inocencio X junto a la papisa, Donna Olimpia...
-Bueno, es que eso es maravilloso.
-Es maravilloso porque, entre otras cosas, como contás, Donna Olimpia, fue como una avanzada del feminismo.
-Es que Donna Olimpia era tremendamente controvertida. Para empezar, eso que se cuenta ocurre en esa Roma que no nos imaginamos en el Renacimiento, porque nos imaginamos rompimientos de gloria, purpurina, Miguel Ángel y todas estas cosas. Pues no.
-Correr ese velo es otro de los aciertos de tu libro.
-O sea, en el Renacimiento, la Roma que existía era muy interesante, desde luego, para estudiarla, pero no para vivir en ella. Era tremendamente peligrosa y tremendamente oscura. Y a Donna Olimpia se la considera que fue, incluso, quien puso a Inocencio X en el poder.
-Con quien tenía una relación cercana.
-Porque ella estaba casada con el hermano de Inocencio (Pamphilio Pamphilj). Tampoco era de una familia que tuviera muchos posibles, por decirlo de alguna manera. Y cuando se queda viuda, tiene ahí al abogado brillante de la familia (Giovanni Battista Pamphilj), que no está casado. Digamos, pues, que no se casa con el cuñado, pero dicen que es su amante.
-No se casa con él, pero se le mete en la cama.
-O por lo menos en los apartamentos papales. No sé hasta qué punto llegó a meterse en su cama o les fastidiaba tanto en el Vaticano que tuviera tanto poder, siendo la única asesora del Papa, que a lo mejor las malas lenguas dijeran que era su amante.
-Las malas lenguas de siempre.
-Pero la realidad es que pasaba mucho tiempo en los apartamentos papales.
-Y otro dato llamativo es que ella en su palacio acumuló una gran colección de obras artísticas de los maestros de la época.
-Sí. Fue una gran mecenas de Roma. Fue una mujer que, entre otras cosas, patrocinó la Fuente de los Cuatro Ríos y la iglesia donde se dispensaba el agua Toffana, ¡madre mía!
-También es muy interesante de seguir el tránsito que hubo de Inocencio X a Alejandro VII. No solo cambiaba el papa. Cambiaban las familias y había terribles peleas por el poder en el Vaticano.
-El nepotismo viene de ahí, de la figura del llamado "cardenal nepote". Había una forma de alcanzar la nobleza. De hecho, la propia Donna Olimpia lo consiguió así. Era a través del matrimonio o a través de ser familiar de un papa. Es decir, la nobleza, que hasta entonces tiene que ser de las grandes familias de Roma, aristocráticas, pasa a ser de los familiares de los papas que van dando títulos, un poco a dedo.
-Y la papisa es un ejemplo emblemático.
-La propia Donna Olimpia hereda el palacio Pamphili vecino a la iglesia, donde, como decía, se dispensaba el veneno, a través de su amigo el cardenal Colonna, que era de una de las grandes familias. Fue una mujer muy controvertida. Me había quedado con ganas de decirlo, porque tan pronto fue una gran feminista que dejaba que su escudo estuviera en la puerta de los prostíbulos y de los carruajes de las religiosas, como ponía un impuesto a la prostitución, la legalizaba; digamos, cobraba un impuesto y se convertía en la gran proxeneta de Roma (risa).
-Otro claroscuro clave en tu novela.
-Lo que quiero decir es que no hay ningún personaje ni bueno ni malo. O sea, tienen sus escalas de grises, todos tienen su controversia. Eso es lo que me interesa.
-Y mientras tirás del hilo que tensan la protagonista y el antagonista, vas entretejiendo una cantidad enorme de personajes determinantes como Velázquez, Caravaggio, Galileo, el filósofo Francis Bacon que decía que el útero es una factoría y un largo etcétera. Todo un fresco de la época.
-La idea, como tú decías antes, es que Roma, esa Roma tan fascinante, fuera un personaje que hablara por sí mismo.
-Y lo bien que la has aprovechado.
-Es que Roma me fascina. Yo creo que se nota. Es una ciudad inabarcable porque tiene tantas capas como un árbol viejo. Entonces, decidas cuál es la capa que decidas, investigar es fascinante.
-Pero le has aportado tu visión particular.
-Esta, para mí, era una capa muy desconocida de la ciudad. Rascando un poco te encontrabas con esa Roma donde estaban llegando todos los artistas que en ese momento eran jovencitos como Velázquez, Bernini, Caravaggio, que era un pieza, además, con delitos de sangre; todos en las tabernas y ¡vengas!, con reyertas; y a la vez llegando los papas al poder, los peregrinos llegando en el año santo. Y esa explosión artística y de pensamiento en un momento tan oscuro.
-Espectacular cuadro.
-Imposible, entonces, no enamorarse de esa Roma y no bucear en ella.
-¿Cómo incorporaste tantos saberes? Vos sos periodista, sos escritora, pero te has tenido que volver boticaria, un poco astróloga, hablás de todas las especies de hierbas, enseñás cómo se manipula el cuerpo humano con precisiones técnicas, ponés sobre el tapete las corrientes filosóficas de ese momento... en fin, enciclopédico lo tuyo. ¿Cómo has hecho?
-Investigando mucho. Y también es verdad que suelo pedirles a expertos que me asesoren. Por ejemplo, de la Universidad de Roma conté con un profesor experto en historia del papado, que por cierto no había oído hablar de Giulia Toffana, pero sí del agua Toffana.
-Qué curioso eso. ¿Por qué?
-Porque ellas fueron borradas. Es lo que hoy se llama una cancelación. Las cancelaciones son de risa. Lo que sí cancelaba era el Vaticano. O sea, la Inquisición se las apañaba a través de lo que le llamaban el daño a la memoria, la damnatio memoriae.
-¿Cómo era eso?
-Una ley que te borraba para que no fueras ejemplo, hasta el punto de hacer desaparecer los registros de nacimiento, de matrimonio si lo hubiera, de defunción. Es decir, no habías nacido. Ese era el peor de los castigos, lo cual hace que la investigación sea a veces muy complicada.
-¿Y la parte medicinal?
-Con respecto al mundo de las hierbas, de la medicina, tuve a Helena Isla, que es una química española muy joven y con muchos premios, muy talentosa, experta en siglo XVII.
-Un rubro centralísimo en tu relato.
-Me ayudó con todo lo instrumental. Yo le preguntaba, oye, este veneno, ¿te suena? Y cuando alguno no le sonaba, me lo investigaba también porque, por ejemplo, yo había encontrado rastros en un libro del siglo XIX de un químico inglés que hablaba del agua Toffana y fantaseaba sobre qué podía llevar aquello.
-Cada uno de estos temas exigía un especialista calificado.
-Incluso un amigo que es jurista, al que siempre le ha fascinado el tema de la Inquisición, me indicó dónde podía encontrar ciertos libros que me hablaran de la diferencia entre el proceso judicial actual o un proceso inquisitorial, y la diferencia entre los españoles y los italianos, porque tampoco es lo mismo.
-Se notan todos esos aportes tan enriquecedores.
-Es toda una aventura. Pero como es una aventura que a mí me encanta, pues no tengo fin.








