Recuerdos de la Villa 31 y de su gente, a 45 años del asesinato del Padre Mugica

Hay vidas que no terminan, ejemplos que no se olvidan, mandatos que nunca mueren. La presencia de alguien que ya no está, a veces no es solo una sensación.

“El cristiano tiene que dar la vida por sus hermanos de una manera eficaz. Cada uno verá de acuerdo con su ideología, de acuerdo con la valoración particular que haga de la realidad, con la información que tenga, lo que tiene que hacer”. Así definía el sentido de la existencia Carlos Mugica, el Padre Mugica, antes de ser asesinado el 11 de mayo de 1974 después de celebrar misa en la capilla San Francisco Solano, de Villa Luro. Han pasado 45 años.

Escribir en primera persona es algo forzoso para un periodista de oficio pero, en este caso, es inevitable en virtud de la claridad del relato.

Allá por mediados de los '90, en medio de las políticas neoliberales del gobierno de Carlos Menem, yo vivía en la Ciudad de Buenos Aires, todavía Capital Federal.

Pertenecía a un grupo de misioneros católicos, que habían formado algunos frailes dominicos que vivían en el Convento de Santo Domingo, edificio e iglesia cuatro veces centenario ubicado en la esquina de Avenida Belgrano y Defensa.

El grupo en el que yo estaba (había otros) misionaba en los conventillos de San Telmo. Había dos a los que visitábamos, especialmente. Uno estaba sobre Defensa y otro sobre Bolivar, ambos a escasos 200 metros de la Casa Rosada.

Eran edificios antiguos, que originalmente habían sido hoteles de paso, con muchas habitaciones por piso. Esos edificios habían sido abandonados y luego ocupados por alguno que, vaya a saber en qué condición legal, alquilaba las piezas a familias completas. Había mucha gente del interior y también inmigrantes, mayoritariamente paraguayos y peruanos. Las familias apenas sobrevivían. Poco trabajo y bajísimos ingresos y los misioneros, casi con la excusa de llevar el Evangelio, tratábamos de ayudarlos en hacer trámites, intentar organizarlos y aportar algo para que pudieran mejorar sus condiciones de vida.

En algunas de esas visitas a los conventillos, que realizábamos las tardes de los sábados y a veces alguna acción durante la semana, alguna vez nos acompañó un sacerdote sonriente y bastante silencioso, que se llamaba Jorge Bergoglio.

La mayoría de los misioneros eran chicos y chicas jóvenes y muchos de ellos vivían en Barrio Norte, Palermo y en lugares cercanos. Yo vivía en Caballito, pero después decidí mudarme a una pieza del conventillo de la calle Defensa.

Uno de los frailes que encabezaban la misión, el más activo, se llamaba Juan Pedro, un sacerdote joven y amigo, cuasi discípulo, del padre Jorge.Por iniciativa de Juan Pedro un par de sábados no fuimos a los conventillos, sino a la Villa 31, de Retiro.

En ese tiempo estaba comenzando a construirse la última etapa de la autopista que luego desembocaría en la Avenida 9 de Julio, en el extremo que da al Río de la Plata.

Las familias de la villa estaban preocupadas. Ya les habían advertido que la construcción de la autopista los expulsaría del allí y que era inminente el avance de las topadoras. El objetivo de nuestra visita era tratar de colaborar para evitar eso.

Yo había entrado antes a La 31. Un compañero de trabajo vivía ahí y lo había acompañado algunas veces. Vivía a poco del ingreso, cerca de la Terminal de Ómnibus, y mi conocimiento del lugar era escaso.
Pero cuando fuimos con la misión, la atravesamos completa. Un par de vecinos nos acompañaron. Recuerdo especialmente a una mujer, amable, sonriente, que nos explicaba sobre la organización y las características de cada área.

Esa mujer (no puedo recordar su nombre) nos llevó desde el ingreso hasta el final de la Villa. Allí estaba lo que nos quería mostrar: la Parroquia Cristo Obrero, la del Padre Carlos Mugica. Y esa visita tenía un objetivo claro. La parroquia era una de las primeras construcciones que pretendía derribar el avance de la autopista

Tan humilde como las casas, la parroquia era mínima, pero estaba impecable. Las imágenes y las placas en homenaje “al Padre Carlos”, como decían los que nos acompañaban y que lo habían conocido, eran lo único que diferenciaba esa pequeña parroquia de cualquier otra, humilde como esa.

Pero había allí mucho más que memoria. De Mugica se hablaba allí como si estuviera presente, vivo, más vivo que nunca.

Yo conocía la historia, pero también habíamos hablado de él en alguna reunión entre misioneros. Algunos vivían en Palermo, en el mismo barrio de Mugica, y hasta alguno de ellos conocía a su familia y tenía relato directo de quién era y cómo había vivido, especialmente los '70.

Pero lo más impactante en la Villa 31 era que, pese al tiempo transcurrido y su ausencia, el Padre Carlos Mugica no se había ido nunca y cualquier lucha se realizaba en su nombre. Hasta la defensa de las topadoras que querían hacer desaparecer su parroquia.

El asesinato

El 11 de mayo de 1974, después de las 8 de la noche, Carlos Mugica fue emboscado cuando se disponía a subir a su auto Renault 4 azul, estacionado en la puerta de la iglesia de San Francisco Solano, de la calle Zelada 4771 en el barrio porteño de Villa Luro, donde acababa de celebrar misa.

Mugica estaba acompañado de su amigo Ricardo Rubens Capelli. Fueron atacados con armas de fuego por varios hombres, entre los que la investigación judicial identificaría a Eduardo Almirón como autor inmediato y que respondían a la Triple A (Alianza Antocomunista Argentina).

Mugica recibió 14 balazos de frente, mientras que Capelli recibió 4.

Ambos fueron trasladados al hospital Juan F. Salaberry , de Mataderos, donde fueron operados por el doctor Marcelo Larcade. El propio Larcade ha relatado que Mugica insistió en que primero fuera atendido su amigo.

En el quirófano había al menos unas 300 personas, de uniforme y de civil. “Había una banda de mafiosos adentro del quirófano que lo único que buscaba era la certificación de la muerte de Carlos”, relató el doctor Lacarde. Al fallecer Mugica “hubo como una especie de desbande y luego salieron. El objetivo estaba cumplido. Era la certificación”, dijo el médico.

Mugica murió allí. Capelli fue trasladado al Rawson donde recibió la visita de Jorge Conti, yerno de José López Rega, acto que Capelli tomó como una amenaza de muerte. A partir de ese momento Capelli fue perseguido, amenazado e incluso mantenido como detenido-desaparecido en 1978. Fue Capelli quien años después identificó a Almirón como uno de los asesinos, porque él lo conocía del Ministerio de Bienestar Social.

El doctor Larcade ha contado que el parte quirúrgico y la historia clínica que confeccionó inmediatamente después de la operación, desaparecieron y que nunca fue citado a declarar.

De Mugica

“No me cabe la menor duda de que los pueblos son los verdaderos artífices de su destino y, aunque yo personalmente crea que el sistema menos alejado de la moral y del Evangelio es el socialismo, se me ocurre que en la Argentina tenemos que hacer nuestra revolución, nuestro socialismo, que no necesariamente debe adaptarse a modelos preestablecidos”.

“El cristianismo es esencialmente comunitario. No decimos padre mío sino padre nuestro. Para entender claramente esto basta con acercarse al pueblo. Estar en contacto directo con él”.

“Pienso, siguiendo las directivas del Episcopado, que debo actuar desde el pueblo y con el pueblo: vivir el compromiso a fondo, conocer las tristezas, las inquietudes, las alegrías de mi gente a fondo, sentirlas en carne propia. Todos los días voy a una villa miseria de Retiro, que se llama Comunicaciones. Allí aprendo y allí enseño el mensaje de Cristo”.

“Toda violencia es consecuencia del pecado del hombre, de su egoísmo. Ahora lo que sucede es esto: en concreto encontramos en América Latina -incluso en nuestro país- una situación de violencia institucionalizada. Es la violencia del hambre. Como dice Helder Cámara 'El generar hambre mata cada día más hombres que cualquier guerra'. Es decir que existe la violencia del sistema, el desorden establecido. Frente a este desorden establecido yo, cristiano, tomo conciencia de que algo hay que hacer”.

“La idea fundamental me parece que es ésta: el cristiano tiene que dar la vida por sus hermanos de una manera eficaz. Cada uno verá de acuerdo con su ideología, de acuerdo con la valoración particular que haga de la realidad, con la información que tenga, lo que tiene que hacer”.

“No me cabe la menor duda de que los pueblos son los verdaderos artífices de su destino y, aunque yo personalmente crea que el sistema menos alejado de la moral y del Evangelio es el socialismo, se me ocurre que en la Argentina tenemos que hacer nuestra revolución, nuestro socialismo, que no necesariamente debe adaptarse a modelos preestablecidos. Además, estoy seguro de que ese proceso pasa, aquí, por el peronismo”.

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