Cuando finalmente los camioneros recibieron la noticia de la reapertura del Paso Cristo Redentor y comenzaron a dejar Uspallata, en la estación de servicio del kilómetro 1.151 quedó algo parecido a un silencio nuevo. Las duchas siguieron funcionando, el movimiento habitual volvió de a poco y Patricia Guzmán, Pato para todos, regresó a su rutina. Pero algo había cambiado.
Pato convirtió unas duchas en refugio para los camioneros varados un mes en Uspallata
Durante un mes, Patricia Guzmán, empleada en la YPF de Uspallata, escuchó, acompañó y hasta abrió las puertas de su casa a los choferes que esperaban cruzar a Chile

Patricia "Pato" Guzmán, en el centro, de pie, junto a algunos transportistas varados en Uspallata. Llegó a abrir su casa para cocinarles ñoquis.
Fotos: gentilezaDurante casi un mes, ella y sus compañeras habían sido parte de la vida cotidiana de cientos de camioneros que quedaron varados en la montaña por el cierre del Paso Cristo Redentor. Los veían llegar con sus bolsos, sus termos, sus preocupaciones y esa pregunta que se repetía una y otra vez: “¿Cuándo abrirán?”.
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Pato trabaja desde hace cuatro años en la estación YPF de Uspallata. Su turno habitual es de 15 a 23 y, junto con Sabrina Cortés, que trabaja por la mañana, y Ruth, que las cubre, estuvo en contacto permanente con los transportistas durante aquellas semanas excepcionales.
Entre ambos turnos llegaron a pasar por allí unas 150 o 160 personas por día.
El sector de las duchas para camioneros
Pero Pato no se quedó solamente con la tarea que le correspondía. Desde el sector de limpieza y duchas, donde trabaja, terminó ocupando un lugar que nadie le había asignado formalmente: el de escuchar, acompañar y hacer un poco más llevadera una espera que para muchos se volvió interminable.
“Cuando los veíamos que contaban sus días, nos solidarizamos. La espera de ellos era eterna”, recuerda.
Había choferes que extrañaban a sus hijos, otros a sus parejas y muchos a sus animales. Algunos viajaban con sus familias y hasta había un nene de tres años que cada vez que veía a Pato la saludaba como si fuera una integrante más de la suya.
“Nos decía: ‘Hola, tía, buen día’, o ‘Hola, tía, ¿cómo estás?’. Eso te llena el alma. Son cosas que uno nunca espera, pero te llenan el alma”, cuenta.
Las duchas de la estación de servicio se transformaron así en un punto de encuentro. Los camioneros llegaban a higienizarse, pero también a conversar, tomar mate y despejarse. Algunos salían al pueblo, otros caminaban por los alrededores o subían al cerro para matar las horas.
También hay una dificultad que atraviesa especialmente a las mujeres: en las inmediaciones no contaban con baños adecuados ni con un lugar donde puedan darse una buena ducha. Al tratarse de mujeres, necesitaban condiciones de higiene más específicas, como agua caliente, duchas en buen estado y baños en condiciones. Fue así que se trabajó para lograr un servicio diferenciado. "Por eso las mujeres que transitan estos lugares eligen estos servicios", aclaró Patricia.
Pato recuerda especialmente la solidaridad entre ellos, los camioneros. Se prestaban cosas, compartían comida y estaban atentos a quienes atravesaban los días más difíciles.
“Siempre destaco eso de los choferes: muy, muy respetuosos, muy comprensivos y también solidarios entre sí”, dice.
La espera, sin embargo, también tuvo momentos duros. Pato cuenta que algunas mujeres conductoras sufrieron descompensaciones vinculadas con el estrés y que hubo situaciones en las que fue necesario acompañarlas de cerca.
El pedido de una ambulancia para asistir a los transportistas que esperaban
Por eso, incluso antes de que terminara el operativo, se hizo un pedido que consiste en que haya una ambulancia disponible en la zona durante los cortes prolongados. La zona requiere mejorar la presencia de los servicios de asistencia y eso se está evaluando.
“Suele haber gente que necesita medicación, que necesitaba transcripción de recetas y cosas así. De alguna u otra forma tratamos de ayudarlos como podemos”, relata.
La estación también funcionó como un espacio de contención. El comedor les brindó un lugar para reunirse, jugar a las cartas y conversar. Hubo viandas por la noche y meriendas con mate cocido y tortas fritas. La lavandería también colaboró.
Cada sector aportó lo que podía. Y Pato hizo algo más.
Durante uno de sus francos, armó un grupo con algunos de los camioneros y los llevó al cerro. Compartieron una comida en su casa, preparó ñoquis y les permitió conocer una parte de su vida mendocina.
“Estaban chochos, porque compartieron una parte de nosotras con nuestra familia”, cuenta.
En medio de una espera marcada por la incertidumbre, esos pequeños gestos fueron construyendo una relación que trascendió el vínculo entre una trabajadora de una estación de servicio y sus clientes.
Los camioneros empezaron a dejar mensajes en un libro que tienen en el sector de duchas. Agradecieron la atención, la contención y el ambiente que habían encontrado allí.
También aparecieron los regalos de despedida: chocolates, una tacita, una camiseta de Brasil y otros recuerdos que Pato guarda como prueba de esos días.
“Me regalaron una tacita para que no me olvide de él. Otro me regaló una camiseta de Brasil. Así que estoy contenta”, cuenta entre risas.
"Es triste ver que los camioneros muchas veces no reciben ayuda"
Pero detrás de la sonrisa también queda una tristeza.
“Es muy triste ver que no reciben mucha ayuda”, admite Pato, y la voz se le quiebra al recordar las imágenes de aquellos días: camioneros comiendo al lado de sus camiones, soportando el frío y la lluvia, esperando durante horas y días una apertura que no dependía de ellos.
Por eso, cuando finalmente se fueron, la sensación fue extraña.
“El día de nosotros ahora es como que todo quedó en silencio. Las duchas quedaron en silencio, aunque hasta nuevo aviso”, dice.
La rutina laboral continúa. Las puertas se abren, los clientes llegan, las tareas se repiten. Pero ya no están esos camioneros que durante semanas formaron parte del paisaje cotidiano de la estación.
“Cuando se van es muy solitario”, expresa.
Pato, sin embargo, se queda con algo más fuerte que la nostalgia: la alegría de haber hecho su trabajo desde un lugar profundamente humano.
“Agradezco mucho a la estación. Hace cuatro años que estoy acá y te digo que este lugar de trabajo no lo cambio por nada”, afirma.
La YPF que se convirtió en encuentro, higiene y contención
En Uspallata, donde durante los temporales la montaña puede convertir una ruta en una espera interminable, la estación YPF se convirtió durante esas semanas en mucho más que un lugar para cargar combustible o darse una ducha. Fue comedor, refugio, punto de encuentro, lugar para pedir ayuda y también espacio para volver a sentirse acompañado.
Y en medio de todo eso estuvo Pato.
Una mujer que tenía que limpiar duchas, mantener su sector en condiciones y cumplir su turno. Pero que terminó haciendo algo que no figura en ninguna descripción de puesto: escuchar a quienes necesitaban hablar, compartir un mate con quienes llevaban días solos y recordarles, aunque fuera por un rato, que del otro lado de la espera había alguien dispuesto a tenderles una mano.
“Siempre los ayudamos de todo corazón, desde la parte humana”, dice.
Quizás por eso, cuando los camiones finalmente volvieron a ponerse en movimiento, no fueron solamente ellos quienes se llevaron un recuerdo de Uspallata. Pato también se quedó con una colección de historias, regalos, mensajes y nombres que ahora forman parte de su propia historia.
Y con una estación que, después de un mes de movimiento extraordinario, volvió a quedar en silencio. Al menos por unas horas, hasta que el clima decida.
En pocas palabras
- Solidaridad en Uspallata: empleada de estación de servicio brindó apoyo a camioneros varados durante un mes por cierre del Paso Cristo Redentor.
- Contención humana: Patricia Guzmán ofreció escuchas, compañía y hasta abrió las puertas de su hogar, humanizando la espera de los transportistas.
- Gestos inolvidables: camioneros obsequiaron recuerdos y dejaron mensajes de agradecimiento, destacando la hospitalidad recibida en un momento crítico.