Cuando era chico, Marcos Santander no tenía telescopio ni una biblioteca llena de libros sobre el universo. Tenía algo que, sin saberlo, terminaría acompañándolo durante toda su vida: un cielo mendocino extraordinario y un abuelo dispuesto a contarle las historias que se escondían entre las estrellas. Lejos estaba de imaginar que, viviendo en Estados Unidos, algún día iba a formar equipo con el Premio Nobel de Física.
Marcos Santander, el mendocino que soñaba con las estrellas y hoy tiene de amigo a un Nobel de Física
Marcos Santander creció entre San Rafael y Real del Padre, donde miraba las estrellas. Hoy vive en Estados Unidos y forma parte del equipo del Nobel de Física
En la finca familiar de Real del Padre, ese pequeño pueblo del sur mendocino ubicado en el límite entre San Rafael y General Alvear, las noches eran oscuras y la Vía Láctea se desplegaba con una claridad difícil de encontrar en las grandes ciudades. Allí, mientras otros chicos buscaban entretenimiento en otros lugares, él podía quedarse mirando hacia arriba durante horas. Su abuelo materno, que había sido pastor de ovejas en las montañas de Andalucía, le hablaba de las constelaciones y de aquellos puntos luminosos que conocía desde su infancia en España.
Le contaba sobre Orión y las Pléyades, esas estrellas que en su familia llamaban los siete cabritos. Había aprendido a reconocerlas cuando todavía vivía en el sur español y volvió a encontrarlas después de emigrar a la Argentina, aunque en este hemisferio el cielo le ofreciera otras figuras.
De mirar las estrellas a formar parte del Premio Nobel de Física
Marcos escuchaba fascinado. No era solamente la belleza de las estrellas lo que lo atraía, sino también la posibilidad de comprender qué eran, de dónde venían y qué historias podían contar. Su abuelo le había transmitido una curiosidad que no necesitaba grandes explicaciones para crecer. Bastaba con levantar la mirada.
"En esa época, en los años '80, cuando yo era muy chico y no había internet, una de las cosas más lindas para hacer era mirar al cielo", recuerda.
Nació en General Alvear y pasó gran parte de su infancia y adolescencia en San Rafael. Sus padres, Laura Nieto y Walter Santander, también fueron parte de esa primera formación, aunque probablemente entonces no imaginaran hasta dónde podía llegar aquella fascinación. Su mamá era maestra y su papá, periodista. En casa lo ayudaban a conseguir libros, buscaban material donde fuera posible y acompañaban su interés por un tema que, para un chico del interior mendocino, no siempre resultaba sencillo de explorar. Tenía -tiene- dos hermanas: María del Mar y Ana Belén y un abuelo inolvidable e inspirador, Juan Andrés Nieto.
Porque una cosa era mirar las estrellas y otra muy distinta conseguir información para estudiarlas.
"Durante buena parte de mi infancia no tuve instrumentos para observar el cielo. Recién alrededor de los 12 años, cuando mi mamá me regaló unos binoculares, pude acercarme de otra manera a aquello que me interesaba. Antes de eso, todo empezaba y terminaba en los ojos, la imaginación y las conversaciones con mi abuelo materno", recapituló el entrevistado.
Buscaba libros donde podía. "No teníamos plata para fotocopias. Si encontraba un libro, trataba de copiar las cosas que decían sobre astronomía. De chiquito tenía un cuaderno de notas y me iba anotando todo a mano, dibujaba cosas", cuenta.
Las cartas a la NASA y el deseo de ser astrónomo
En esa búsqueda llegó incluso a escribir cartas a la NASA. Con un diccionario, traducía palabra por palabra lo que quería preguntar y las enviaba con la esperanza de recibir alguna respuesta. Y recibía. Desde Estados Unidos le mandaban imágenes impresas, folletos y material que para él representaba una pequeña ventana a un mundo que todavía parecía lejano.
No había un plan de carrera. Era, antes que nada, curiosidad. Una curiosidad que crecía con cada libro prestado, cada página copiada y cada noche de observación.
Al terminar la secundaria, a fines de los años '90, Marcos tuvo que enfrentarse a una pregunta que muchas veces condiciona las decisiones de los jóvenes del interior: qué estudiar y, sobre todo, cómo hacerlo.
"Si quería dedicarme a la Astronomía, tenía que irme a La Plata o Buenos Aires. Las alternativas implicaban mudarme a otra ciudad donde pudiera formarme, pero no era una decisión sencilla para una familia con los recursos limitados. No alcanzaba para sostener con facilidad una mudanza y los gastos de un estudiante lejos de casa", relata y agrega:. "No era una buena opción económica para mí, porque implicaba irme a otro lugar con cero asistencia de casa", explica.
A esa dificultad se sumaba el contexto de aquellos años, cuando la inversión en ciencia era escasa y el discurso público tampoco alentaba precisamente a quienes querían dedicarse a investigar. Marcos no veía un camino posible para convertir su interés por el universo en una profesión. Así que tomó otra decisión: se quedó en San Rafael y comenzó Ingeniería Electromecánica en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN).
No fue una renuncia completa a lo que le gustaba. Había elegido una carrera que le permitía seguir cerca de las matemáticas y la física, materias que le interesaban y que le daban herramientas para comprender el funcionamiento de las cosas. También había cursado una secundaria técnica, la Reinaldo Merín, que le proporcionó una base importante para lo que vendría después.
Durante un tiempo, su futuro pareció encaminarse hacia la ingeniería. Pero en 2001 apareció una oportunidad que modificó el rumbo.
Marcos fue voluntario en el Observatorio Pierre Auger de Malargüe
Se enteró de que comenzaba a desarrollarse el Observatorio Pierre Auger, en Malargüe, un proyecto internacional dedicado al estudio de los rayos cósmicos. Supo también que había gente de la UTN involucrada. No lo dudó demasiado: se ofreció como voluntario.
Al principio, una ayuda de la universidad le permitía pagar el pasaje en micro para viajar desde San Rafael. Eran alrededor de dos horas de camino. Iba dispuesto a colaborar en lo que hiciera falta, sin imaginar que aquella experiencia terminaría abriéndole una puerta que había considerado cerrada.
Participó en tareas vinculadas con la construcción de telescopios y el monitoreo de la atmósfera. Allí empezó a acercarse no solo a los aspectos técnicos de los instrumentos, sino también a las preguntas científicas que esos equipos buscaban responder. Y fue en ese ambiente donde conoció a quien más tarde sería su director de doctorado.
"Ese investigador advirtió que tenía interés por la ciencia, además de las capacidades técnicas que estaba desarrollando como ingeniero, y me propuso continuar mi formación en Estados Unidos. La oferta, por supuesto, me tomó por sorpresa. Para entonces ya tenía una familia y una hija pequeña. Irme a otro país no significaba tomar una decisión individual: implicaba cambiar la vida de todos", recuerda.
Al principio dijo que no. No parecía razonable dejar el trabajo, las costumbres y la estabilidad que habían construido en Mendoza para empezar de nuevo a miles de kilómetros de distancia. Pero la propuesta volvió a aparecer, la conversaron en casa y, finalmente, decidieron intentarlo.
En mayo de 2009, Marcos se mudó a Madison, Wisconsin, junto con su pareja y su hija Florencia, que todavía no había cumplido los tres años. Había comenzado una etapa que lo llevaría mucho más lejos de lo que había imaginado cuando copiaba libros en un cuaderno.
Empezar de nuevo, lejos de casa, en Estados Unidos
El doctorado en Física fue exigente. Marcos había llegado desde una carrera de ingeniería, con una trayectoria distinta de la de muchos de sus compañeros, y debió adaptarse a un nuevo sistema académico, a otro idioma y a una cultura diferente. Además, estaba lejos de su familia y de sus amigos, con una hija pequeña y las responsabilidades propias de una vida adulta que no se había detenido para darle tiempo a estudiar.
En 2011 nació su segunda hija, Ema. La idea original era terminar el doctorado y regresar a Argentina. Pero a medida que se acercaba el final de la formación, previsto para 2013, la realidad científica del país no ofrecía las condiciones que había imaginado. Empezó a considerar otras posibilidades y recibió ofertas para continuar su carrera en distintas instituciones de Estados Unidos y Europa.
Terminó eligiendo una posición de posdoctorado en la Universidad de Columbia, en Nueva York, y con el tiempo consiguió un puesto académico que le permitió desarrollar su propio grupo de investigación en Alabama. Hoy es profesor asociado en el Departamento de Física y Astronomía de la Universidad de Alabama y dirige a estudiantes de doctorado y de grado.
El camino, sin embargo, no estuvo libre de dudas. Recuerda especialmente los inviernos de Wisconsin, cuando las temperaturas bajaban, la nieve cubría todo y el sol se ocultaba a primera hora de la tarde. Mientras él pasaba horas encerrado resolviendo problemas de mecánica cuántica, veía en las redes sociales a sus amigos de Mendoza reunidos junto a un lago, disfrutando del verano y de un asado.
"Te lleva a cuestionarte cosas", admite.
Lejos de los abrazos y cerca de lo que siempre había soñado, la astronomía
La distancia no se mide solamente en kilómetros. También está hecha de cumpleaños que se pasan lejos, de conversaciones que no reemplazan un abrazo y de esa sensación de estar construyendo una vida en un lugar mientras otra parte de uno sigue vinculada a la tierra donde creció.
A lo largo de los años, Marcos encontró apoyo en su familia, en sus amigos y en las personas que lo acompañaron durante cada etapa. Sus hijas también fueron parte fundamental de ese recorrido. Florencia, que hoy tiene 20 años, estudia Matemática en la universidad donde trabaja su padre. Ema, de 15, cursa la secundaria en Alabama.
En su casa se habla español, se come comida argentina y se busca mantener vivas las costumbres que forman parte de su historia. No es una manera de vivir mirando únicamente hacia atrás, sino de conservar algo propio mientras la vida sigue creciendo en otro lugar.
Después de 17 años en Estados Unidos, Marcos reconoce que la nostalgia cambia con el tiempo. Cuando vuelve a Mendoza, encuentra un lugar que quiere profundamente, pero que también se ha transformado. Y en el país donde vive, aunque tiene su trabajo, sus vínculos y su rutina, sabe que siempre habrá una parte de él que pertenezca a la Argentina.
La curiosidad que lo llevó hasta la Antártida y el llamado: "Premio Nobel"
En 2009, el mismo año en que comenzó su doctorado, Marcos se incorporó al proyecto IceCube, un observatorio instalado en las profundidades del hielo antártico para detectar neutrinos de alta energía provenientes del cosmos. Allí trabajó en tareas vinculadas con la calibración del detector y se sumó a una colaboración internacional que reúne a cientos de investigadores.
El proyecto busca registrar partículas diminutas que atraviesan la materia y que pueden aportar información sobre algunos de los fenómenos más extremos del universo. Su trabajo forma parte de una investigación que alcanzó un reconocimiento internacional extraordinario con el Premio Nobel de Física 2026 otorgado a Francis Halzen, uno de los impulsores de IceCube y profesor en la Universidad de Wisconsin-Madison.
Marcos se enteró de la noticia de una manera que no olvidará. "Eran alrededor de las cinco de la mañana cuando recibí una llamada desde Mendoza. Al ver el número, me sobresalté: cuando uno vive en otro país y recibe una llamada de madrugada desde su lugar de origen, lo primero que suele pensar es que ocurrió algo malo".
Pero del otro lado no había una mala noticia. Querían hablarle del Nobel, de los neutrinos y del proyecto al que había dedicado tantos años. "¿No me podés llamar dentro de unas horas, que estoy durmiendo?", recuerda que pensó al principio, todavía sin entender qué estaba pasando.
Después se conectó con sus colegas. El grupo de IceCube, integrado por cerca de 450 científicos, estaba revolucionado. Consiguieron comunicarse con Halzen y compartir la emoción del momento. Para Marcos, que había trabajado junto al investigador durante su formación y lo recuerda como una persona cercana y divertida, todavía resulta difícil dimensionar lo ocurrido.
Él no viajó a la Antártida durante su doctorado porque coincidió con la llegada de su segunda hija y decidió bajarse de aquella expedición. Le gustaría hacerlo cuando sus responsabilidades se lo permitan. Pero su vínculo con el observatorio se mantuvo durante estos 17 años, a través de tareas de investigación y del trabajo compartido con el equipo.
La noticia del Nobel le produjo una mezcla de alegría y sorpresa. "Un proyecto al que le dediqué una parte importante de mi vida acababa de recibir una distinción excepcional", evoca.
La suerte lo encontró trabajando y en el lugar indicado
Cuando piensa en su recorrido, Marcos no lo presenta como una historia de éxito individual ni como una fórmula que cualquiera pueda repetir. Reconoce que tuvo suerte: justo cuando estudiaba ingeniería se estaba construyendo un observatorio en Mendoza, encontró personas que confiaron en él y recibió una propuesta que le permitió continuar su formación en el exterior.
Pero también sabe que las oportunidades no alcanzan si no hay condiciones para aprovecharlas. Y que muchos jóvenes con curiosidad y talento no siempre encuentran el apoyo económico o educativo que necesitan para desarrollar sus intereses.
Por eso, cuando le preguntan qué les diría a quienes sueñan con estudiar ciencia, no les promete que todo será posible con voluntad. Habla de la importancia de acompañar esos intereses, de fortalecer la educación pública y crear oportunidades para que los chicos no tengan que abandonar sus proyectos por falta de recursos.
En su propia historia, recuerda el valor de las escuelas en las que estudió, la formación técnica de la Reinaldo Merín y la preparación que recibió en la UTN de San Rafael. También recuerda a sus padres, que buscaron libros para alimentar una curiosidad que no siempre era fácil de sostener desde el interior.
"Ojalá que haya una red de apoyo, como la que yo tuve, para poder llegar a lo que es mi carrera hoy", dice.
Quizás por eso, cuando vuelve mentalmente a la finca de sus abuelos, recuerda a un chico que no tenía telescopio, que esperaba con entusiasmo los libros que conseguía y que copiaba a mano lo que no podía fotocopiar. Recuerda las historias de un abuelo que había aprendido a reconocer las estrellas mientras cuidaba ovejas en las montañas españolas y que, muchos años después, se las enseñaba a su nieto en Mendoza.
En pocas palabras
- Marcos Santander: el mendocino que creció en San Rafael y sueña con las estrellas.
- Carrera científica: se formó en Mendoza y Estados Unidos; y colabora en investigaciones de física y astronomía.
- Premio Nobel: forma parte del proyecto IceCube, reconocido con el Nobel de Física 2026.









