En octubre, cuando el calendario vuelve a teñirse de rosa para recordar la importancia de la prevención y los controles del cáncer de mama, la historia de Andrea Pérez habla de mucho más que de una enfermedad. Habla de miedo, de una familia que sostiene, de una comunidad que aparece en el momento menos pensado y, sobre todo, de una mujer que después de recibir un diagnóstico que le cambió la vida decidió seguir haciendo planes, trabajando, entrenando, cantando, viajando y soñando. “Un diagnóstico puede cambiar muchas cosas, pero no debería borrar todo lo que somos”, dice hoy, a los 33 años, desde Guaymallén.
Le diagnosticaron cáncer a los 30 y halló una nueva forma de mirar el mundo: "Hay vida durante y después"
A los 30 años, Andrea Pérez recibió un diagnóstico de cáncer de mama que cambió su vida. Hoy, mientras continúa su tratamiento, acompaña a otras mujeres y sigue soñando
Andrea es técnica en Logística y Transporte y trabaja en esa actividad desde hace casi una década. Le gusta entrenar, el fútbol -es hincha de River-, cantar, viajar, hacer planes y compartir con las personas que quiere. Vive con su perra Perlita y tiene un núcleo familiar muy cercano formado por sus padres, Vivi y Antonio, su hermano Rodrigo, sus hermanos perros Thorito y Rocco y sus abuelos Juan y Lucía. Se define como una persona inquieta y soñadora, de esas que siempre tienen algún proyecto dando vueltas y que disfrutan de aprender y descubrir qué caminos tiene la vida. Esa manera de ser, justamente, fue una de las cosas que tuvo que poner a prueba cuando en julio de 2023 un control de rutina cambió el rumbo de su historia.
El cáncer de mama apareció en uno de los controles
Andrea se hacía controles cada seis meses. En uno de ellos, los estudios detectaron un bulto en la mama derecha que ella todavía no había palpado. El 8 de agosto estaba aterrizando en Buenos Aires por un viaje de trabajo cuando recibió en su teléfono el PDF con el resultado de la biopsia. No se animó a abrirlo enseguida. Pasaron varias horas hasta que finalmente sintió que estaba preparada para hacerlo. Cuando leyó que tenía cáncer de mama, sintió que el mundo se había detenido.
“Lloré muchísimo, me pregunté muchas veces ‘¿por qué a mí?’ y me costó muchísimo pensar en cómo iba a contarle a mi familia”, recuerda. Primero llamó a dos amigos que la contuvieron desde el otro lado del teléfono y también a su psicóloga. Después le contó a su hermano Rodrigo y le pidió que fuera él quien transmitiera la noticia al resto de la familia porque en ese momento ella no podía hacerlo. Fueron días de mucha tristeza, ansiedad y miedo, pero también fueron los días en los que comenzó a aparecer una fuerza que Andrea no sabía que tenía. Todavía estaba de viaje y ya había empezado a organizar estudios, consultas y turnos para cuando regresara. No sabía cómo iba a ser el camino ni cuánto iba a cambiar su vida, pero había una certeza que se impuso por encima de todas las demás: “Quería vivir”.
Y Andrea tuvo la fortuna de no recorrer ese camino sola. Su familia estuvo cerca, también sus amigos y quienes fueron apareciendo para acompañarla durante las distintas etapas del tratamiento. Después llegó la cirugía y, cuando comenzó a buscar una kinesióloga para hacer la rehabilitación de su brazo, apareció una de esas casualidades que terminan modificando una historia. Así conoció a Andrea Melendi, presidenta de Mujeres Poderosas Mendoza, y comenzó la rehabilitación con ella. En la segunda sesión, Melendi le contó que la había anotado para participar de un desfile de la asociación.
La ayuda y contención de una asociación que ayuda a mujeres con cáncer
Andrea había llegado buscando recuperar su brazo y terminó subiéndose a una pasarela junto a un grupo de mujeres que también habían atravesado un cáncer de mama. Aquel desfile le permitió conocerlas, escuchar sus historias y descubrir que, aunque cada una tenía una realidad diferente, había algo que las unía: todas estaban atravesando un diagnóstico que había irrumpido en sus vidas y cada una lo hacía como podía. Andrea decidió quedarse y, con el tiempo, fue conociendo más profundamente las historias de cada una. Allí entendió que no todas viven el cáncer de la misma manera. Algunas necesitan hablar, otras necesitan silencio; algunas tienen una red enorme y otras están mucho más solas. Cada historia es distinta.
Fue entonces cuando empezó a pensar qué podía hacer con todo lo que le había tocado vivir. “Sentí que quería que todo lo que me había tocado vivir tuviera un sentido. Que mi experiencia no quedara solamente en lo que me había pasado a mí, sino que pudiera servir, aunque fuera un poquito, para acompañar a otra mujer”, cuenta. Lo que había comenzado como una rehabilitación después de una cirugía terminó llevándola a encontrar una comunidad y un lugar desde donde también podía acompañar.
Hoy Andrea está en otra etapa. Sigue en tratamiento, con sus controles y cuidándose, pero también está viviendo su vida. Trabaja, entrena, canta, hace planes, tiene proyectos y continúa pensando en todos los sueños que quiere cumplir. Y quizá esa sea una de las mayores enseñanzas que le dejó todo este proceso: que una enfermedad puede ocupar un lugar importante en una historia sin convertirse en toda la historia.
“Creo que una de las cosas que aprendí es que un diagnóstico puede cambiar muchas cosas, pero no debería borrar todo lo que somos”, dice. Porque ella sigue siendo hija, hermana, nieta, amiga y profesional; sigue siendo la mujer a la que le gusta entrenar, cantar, viajar, hacer planes y alentar a River. Sigue teniendo proyectos y ganas de descubrir qué caminos tiene la vida para ella.
"No siempre podemos con todo", dijo Andrea, paciente con cáncer de mama
También aprendió el valor enorme que tiene dejarse acompañar. “A veces creemos que tenemos que poder con todo y no es así. Hay momentos en los que simplemente necesitamos que alguien nos tome de la mano y nos diga ‘estoy acá’”, explica. Por eso, cuando piensa en las mujeres que hoy están atravesando un diagnóstico parecido, no les habla desde un lugar de exigencia ni pretende decirles cómo deben transitarlo. Al contrario: les diría que no se exijan atravesarlo de una determinada manera, que no siempre tienen que ser fuertes, que tengan permiso para sentir miedo, tristeza, enojo o incertidumbre, que pidan ayuda y que se dejen acompañar.
Y después, cuando puedan, que vuelvan a mirar hacia adelante. Que no abandonen sus proyectos ni dejen de imaginar su vida después de esto. Porque Andrea sabe que quizás durante los primeros días resulte imposible verlo, pero hay algo que espera que otras mujeres puedan descubrir con el tiempo: “Hay una vida durante y después del diagnóstico”.
Una vida en la que todavía quedan personas por conocer, lugares por descubrir, canciones por cantar, abrazos por recibir y sueños por cumplir. Una vida que no desaparece con un diagnóstico, aunque durante un tiempo pueda parecer que todo se detuvo. Andrea lo sabe porque aquel 8 de agosto de 2023 abrió un PDF y sintió que el mundo se había frenado. Hoy, dos años después, sigue trabajando, entrenando, cantando, haciendo planes y proyectando su futuro. Y encontró, además, una comunidad de mujeres con las que comparte algo que ninguna hubiera elegido, pero que transformaron juntas en una manera de acompañarse.
En este octubre rosa, Andrea tiene un último consejo para compartir: “Y, sobre todo, les diría que no están solas”.
En pocas palabras
- Diagnóstico tardío: Andrea Pérez recibió un diagnóstico de cáncer de mama a los 30 años, lo que cambió su perspectiva de vida.
- Comunidad y apoyo: encontró contención en la asociación Mujeres Poderosas Mendoza, participando en desfiles y acompañando a otras pacientes.
- Resiliencia y futuro: a pesar del tratamiento, Andrea sigue trabajando, soñando y promoviendo la idea de que se puede salir adelante.




