Por años las grandes corrientes filosóficas han intentado responder a una pregunta que todos intentan encontrar su respuesta: ¿que es la felicidad? En ese camino, una frase de León Tolstói sigue resonando con una claridad sorprendente y una vigencia absoluta: “El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo que se hace”.
La felicidad es un aspecto de la vida complejo y no muy fácil de conseguir. Por más que uno diga que no tiene mala vida y que cree que es feliz, la felicidad incluye muchos aspectos, entre ellos la paz. Otra forma de vida con un camino rocoso para llegar. Sin embargo, una frase de filosofía antigua puede acercarnos a esa meta.
Filosofía ancestral: el poderoso lema cuyo significado revela el secreto de la felicidad
Lejos de promover la resignación, este lema encierra una enseñanza poderosa. Tolstói no habla de conformarse, sino de alinear el deseo con la acción. La felicidad, según esta mirada, no surge de satisfacer caprichos constantes, sino de encontrar sentido en aquello que hacemos cada día.
En un mundo donde el deseo parece infinito y la insatisfacción constante, esta frase propone un cambio de enfoque donde no hay que perseguir sin pausa lo que falta, sino habitar plenamente lo que ya está.
Es una idea que conecta directamente con filosofías ancestrales como el estoicismo, el budismo o el taoísmo, que sostienen que el sufrimiento nace del rechazo a la realidad. Querer lo que se hace implica aceptación consciente, compromiso y presencia, tres pilares fundamentales del bienestar emocional. Desde esta perspectiva, la felicidad no depende de cambiar continuamente de rumbo, sino de construir significado en el camino elegido.
El estado de “flow”: la clave moderna de la felicidad
La psicología contemporánea refuerza esta visión a través del concepto de estado de flow, desarrollado por Mihály Csíkszentmihályi. Este estado se alcanza cuando una persona está tan involucrada en una actividad que pierde la noción del tiempo y experimenta una profunda satisfacción interna.
Tolstói lo anticipó con palabras simples diciendo que cuando hacemos aquello que realmente nos motiva y aprendemos a quererlo, entramos en un flujo natural donde el esfuerzo deja de pesar y el bienestar aparece casi sin darnos cuenta.
El mensaje no es renunciar a los sueños, sino reconciliarse con el presente. Cuando nuestras acciones están conectadas con valores, propósito y motivación genuina, la felicidad deja de ser una meta lejana y se convierte en una experiencia cotidiana.
Entonces, esta frase de filosofía nos recuerda que la felicidad no está en el deseo constante de más, sino en la capacidad de amar profundamente lo que construimos cada día.






