Las calles y el campo encierran dos tipos de conocimiento muy diferentes. El entorno urbano nos prepara para determinadas comodidades, preocupaciones y amenazas, sazonadas con las anécdotas de los que se han apoderado de sus aceras.
El terror es nuestro: "La cruz pagana"
Dos hermanos encuentran en medio del campo una figura inquietante. Este es el relato que Daniel contó en radio Nihuil sobre cómo lidiaron con lo inexplicable

Cuentos de terror de Marcela Furlano
Imagen generada con Inteligencia Artificial-Gonzalo Ponce.En el ámbito rural, la sabiduría tiene un componente hereditario. La leyenda llega en una voz nueva, que arrastra otras voces lejanas que susurraron hace décadas. A diferencia de las historias citadinas, ellas preparan para lidiar con lo imprevisible, con lo inexplicable. Como lo que le sucedió a Daniel junto a su hermano, una noche en que el terror los esperaba en medio de una cruz terrenal, en el enigma silencioso del campo.
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El engaño
Era de noche cuando Roberto decidió ir a buscar su caballo para llevarlo al establo. Lo usual era que antes de que la tarde se disolviese en sombras, el animal ya estuviese a resguardo, pero la llegada de su hermano Daniel había extendido la charla hasta una cena rápida, con la consiguiente demora en un proceso establecido como cotidiano.
Era un caballo bravo, porque había sufrido tal maltrato antes de llegar al amparo de Roberto, que incluso había perdido la visión de un ojo. Por eso era receloso con su entorno y con la gente, excepto con su nuevo dueño, que para él había materializado la faz más luminosa de la humanidad.
Para llegar al lugar donde el animal disfrutaba su libertad -bajo los límites lejanos del cierre de la finca-, había que atravesar un extenso descampado que llevaba a un cruce de caminos internos que llamaban “la cruz de olivos”, por la figura que formaba la intersección de las tierras limpias, custodiadas por esos árboles.
Daniel, entonces adolescente, la vio desde lejos y fue el color blanco, que se desmarcaba de la oscuridad, la notoria anomalía en el paisaje conocido.
Roberto extendió el brazo hasta tocar el pecho de su hermano, en señal de advertencia y el joven se dio cuenta de que también él había advertido la figura que se ubicaba en el centro de la cruz de olivos, estática, pero desafiante por su sola presencia en un ámbito que le era ajeno.
Daniel buscó bajo la luz avara de la luna, el rostro de su hermano para descifrar qué hacer, cómo seguir por el camino obstaculizado por quien ahora podía descifrar mejor, merced a la cercanía. Era una niña, vestida con prendas blancas que se veían antiguas, desgastadas. Estaba en cuclillas, los brazos delgados abrazando con fuerza las piernas, el rostro desaparecido detrás del cabello. El adolescente sintió que si su cara quedaba al descubierto mientras ellos se iban acercando, no iba a poder sostener la mirada, minúscula Medusa con la capacidad de dejarlo petrificado de terror.
— No la mires, no le hables- indicó Roberto abriéndose paso por el margen de tierra que el cuerpo de la pequeña le dejaba para caminar.
Daniel se ubicó detrás de su hermano y vio, bajo una claridad que antes la noche le negaba, cómo se quitaba la camisa y cubría a la niña con ella, sin tocarla, sin preguntar nada, sin explicaciones.
La respuesta fue una voz que contrariaba la fragilidad y la edad que exhibía. Era profunda y ronca, lo cual agravaba su tono amenazante.
—No me pegues- fue lo que escucharon ambos, mientras Roberto llevaba a su hermano del brazo suavemente, para imponer lejanía a esa visión que articulaba el horror en su sangre.
Ni siquiera cuando encontraron el caballo, las palabras surgieron. Daniel temía que si intentaba hablar, el grito se impondría.
Portales malditos
El adolescente seguía a su hermano con la certeza de que él era su lugar seguro. Roberto había trabajado mucho tiempo en campos de distintas provincias y tenía un conocimiento del cual Daniel carecía. El hombre había escuchado muchas historias de distintas voces, que daban cuenta de que las plagas, el granizo, la sequía o las lluvias torrenciales no eran las únicas amenazas agrestes.
—Hay que saber reconocer los portales del mal- le dijo un ocasional compañero en medio de una nevada que los obligó a pausar el trabajo.
Le describió un mosaico de criaturas de la oscuridad que pacientemente esperaban a sus víctimas. Como servidoras del Maligno, la noche era su traje y la soledad, su trampa.
Le aconsejó no hablarles, porque el diálogo lo conducirían a tentadoras promesas, distintas caras de un único engaño. Lo mejor era tener un gesto silencioso, contrario a su envenenada naturaleza: darles alimento, abrigo o una plegaria desde la más profunda y genuina piedad. Si no eran de este mundo, eso alcanzaría para devolverlos a sus siniestros dominios.
Roberto nunca los había visto, pero sabía que sería capaz de reconocerlos si el infortunio lo ponía a prueba. Y lo hizo. Supo que la niña era un espejismo de penumbras, no el resultado real del peor de los desamparos. El mutismo de Daniel fue su certidumbre. Su hermano no quería preguntar, por temor a la respuesta.
Al caballo lo encontraron ya no bravo, sino feroz. Su ojo bueno confundía las figuras de los hermanos que se le acercaban, con espectros desdibujados, oscuros, como aquellos que extendían sus brazos en ramas espinosas, con las que lo lastimaban. Le costó reconocer la voz de Roberto entre esa confusión, mitad tinieblas, mitad miedo. Se mantuvo tranquilo hasta el cruce de los olivos, paso obligado para llegar al establo. Su dueño tuvo que apartarlo, porque a pesar de que ya no veían a nadie en el centro de esa cruz pagana, sabía que el animal podía presentirlo.
La paga
Decidieron quedarse a dormir en el establo. El caballo estaba agitado y ellos no podían racionalizar una experiencia ajena por completo a la razón. Uno estaba convencido de haber hecho lo correcto. El otro repetía que con su hermano no habría sitio inseguro.
No tuvieron un sueño cómodo. Les dolía la espalda y estaban entumecidos, hambrientos. Había que -después de lo inaudito- recuperar la rutina. Esto comenzaba por soltar al caballo y regresar a casa para buscar el auxilio de un café bien caliente.
Los preparativos se interrumpieron cuando vieron, al pie de una de las camas dispuestas para esos imprevistos, prolijamente doblada la camisa de Roberto, aquella con la que había cubierto la noche anterior la engañosa fragilidad de una niña.
A los protagonistas de todos los horrores, a los engendros creados para infligir indecibles sufrimientos, a aquellos que habitan las regiones del miedo, ese gesto de piedad, quizá por única vez, los había conmovido.