Cuando a mediados de marzo se suspendieron las clases presenciales, muchas familias pensaron que debían esforzarse por estar al día, ya que a más tardar en dos semanas los niños y niñas volverían a las aulas y no querían que se perdieran estas dos semanas de clases.
Sin embargo, las semanas fueron sucediéndose, una tras otra, y a los primeros 15 días les siguieron 85 días más. Actualmente y a más de tres meses de haber dejado las aulas, los chicos y más bien la familia en general, comienza a sentir el desgaste de las tareas en casa.
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Sobre todo porque al mirar hacia atrás, no siempre se logra determinar un recorrido, sino que las tareas se viven como una sucesión de obligaciones a cumplir, pero sin que el objetivo general se llegue a entender.
Una pregunta que resuena en más de una casa en la que viven niños pequeños es ¿para qué hacemos las tareas?. A este cuestionamiento, muchos padres respondemos con no pocas dudas.
Para la licenciada en Ciencias Psicopedagógicas Mónica Coronado, uno de los mayores problemas de la educación a distancia es que ni los niños y niñas, ni los padres y madres, o las personas que acompañan el aprendizaje, llegan a sentirse parte de un proyecto.

