Hay gestos institucionales que superan el protocolo para convertirse en actos de justicia histórica. Cuando la Ciudad de Mendoza declare Ciudadano Ilustre post mortem a Roberto Cascarini, el jueves 27 a las 11 en el Teatro Quintanilla, no solo estará rindiendo homenaje a un nombre propio del arte nacional.
A 36 años de su muerte, ¿por qué el arte de Mendoza sigue iluminado con la obra de Cascarini?
La Ciudad nombrará Ciudadano Ilustre post mortem a Roberto Cascarini, uno de los maestros del arte de Mendoza que retrató la luz de su paisaje y de su gente

A 36 años de su fallecimiento, el pintor y dibujante Roberto Cascarini será declarado Ciudadano Ilustre post mortem por la Ciudad de Mendoza.
Foto: Gentileza Municipalidad de la Ciudad de MendozaEstará, fundamentalmente, recuperando el hilo invisible de una trama cultural que ayudó a moldear la identidad visual de toda una provincia y cuya influencia sigue resonando en las producciones contemporáneas.
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A más de 3 décadas de su fallecimiento, ocurrido el 30 de junio de 1990 cuando contaba con 94 años, la figura de Cascarini permanece envuelta en un aura singular. No se trata únicamente del recuerdo de un maestro prolífico que dejó un cuerpo de trabajo superior a las 1.000 obras.
Su vigencia radica en la manera en que entendió el arte como una herramienta pedagógica y comunitaria capaz de transformar el tejido social de su época. Y cuya obra supo retratar la luz de Mendoza, su paisaje y su gente.
Reconocer su trayectoria 36 años después de su partida física supone poner en valor la memoria colectiva del arte plástico mendocino a través de la mirada de artistas que supieron traducir la identidad de un pueblo en patrimonio imperecedero.
Las raíces de una sensibilidad precoz en el arte
Para comprender la magnitud de la obra de Roberto Cascarini es preciso remontarse a sus primeros años en Buenos Aires, donde nació en 1895 en el seno de una numerosa familia de inmigrantes italianos.
El arte fue para él un lenguaje natural que floreció desde la infancia. Con tan solo 6 años ya trazaba sus primeros dibujos, estimulado por un entorno familiar donde se respiraba oficio y creación. Su padre, ebanista, ejecutó piezas emblemáticas de la arquitectura porteña como las portadas de la Catedral Metropolitana, el Coro de los Canónigos y el Trono Arzobispal.
Ese ambiente signado por el trabajo sin descanso y el respeto por el detalle técnico moldeó su juventud. Su formación académica se desarrolló al lado de figuras centrales del arte argentino de principios del siglo XX.
Cursó estudios en la Facultad de Arquitectura y en la Academia Nacional de Bellas Artes de forma simultánea. Aprendió con maestros de la talla de Alberto Rossi, Reinaldo Giudici y Carlos Ripamonte. En esas mismas aulas compartió lápices y caballetes con compañeros que más tarde se convertirían en figuras del arte nacional, como Lino Enea Spilimbergo, Luis Tessandori y Adán Pedemonte.
Su voracidad por aprender lo llevó a participar en los célebres cursos de pintura al aire libre dictados por Cesáreo Bernaldo de Quirós y a nutrirse de las enseñanzas del paisajista mendocino Fernando Fader. Aquella combinación de rigor académico y libertad expresiva dio sus primeros frutos: en 1911, con apenas 16 años, obtuvo el primer premio en el concurso de la Academia con su obra “Venus de Milo”, presagiando la solidez técnica y la poética cromática que definirían toda su carrera.
Fue el primer profesor de pintura de la UNCuyo
Sin embargo, desde muy joven Cascarini comprendió que el destino de un artista no termina en el borde de sus lienzos. En 1917 figuró entre los fundadores de la Mutualidad de Estudiantes de Bellas Artes, institución que presidió entre 1918 y 1919 y desde la cual promovió festivales, exposiciones, cursos y excursiones de pintura.
Después participaría activamente en la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, y en 1928 fue socio fundador del emblemático grupo Camuatí, consolidando una visión del arte profundamente ligada al asociacionismo y la vida comunitaria.
El punto de inflexión en la vida del dibujante y pintor se produjo en octubre de 1939, cuando decidió radicarse en Mendoza.
La geografía cuyana no fue para él un escenario de paso, fue el lugar donde echó raíces y donde su producción pictórica alcanzó una plenitud madura. Cascarini se integró de inmediato al entramado cultural local, asumiendo un rol protagónico en la organización de las artes visuales de la provincia.
Fue designado como el primer profesor de pintura de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo), un cargo desde el cual sentó las bases metodológicas y estéticas de la formación plástica en la región.
También lideró la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos Filial Mendoza como secretario y luego presidente, convirtiéndose en el interlocutor del ámbito cultural de la época y en el gran catalizador de las inquietudes de los jóvenes creadores.
Formador de una generación de oro para el arte mendocino
De sus aulas y sus sabios consejos surgieron figuras fundamentales que transformarían la historia de las artes plásticas del país y del exterior. Nombres de la envergadura de Carlos Alonso, Orlando Pardo, Luis Quesada, Marcelo Santángelo, Chipo Céspedes, Roberto Ochoa y Enrique Sobisch reconocieron en Cascarini a ese maestro generoso que no imponía un estilo sino que brindaba las herramientas técnicas y conceptuales para que cada uno encontrara su propia voz.
Ese magisterio de vida y de pincel constituye, quizás, una de sus herencias más trascendentes para el arte de Mendoza hasta la actualidad.
Su catálogo de producción supera el millar de piezas y su valor patrimonial se refleja en la presencia de sus obras en los espacios públicos y privados más destacados, engalanando las salas del Museo Provincial de Bellas Artes Emiliano Guiñazú – Casa de Fader, la UNCuyo y la Cámara de Diputados de Mendoza, además de nutrir colecciones internacionales.
Tesoro recuperado: 17 obras que vuelven al corazón de la Ciudad
El reconocimiento público que la capital mendocina le brindará el jueves 27 a Roberto Cascarini coincide con un acontecimiento de valor para el patrimonio cultural de Mendoza.
En un acto de generosidad y compromiso con la memoria artística local, la familia del pintor -a través de su yerno René Gotthelf y su nieto Miguel Gotthelf- hizo efectiva la donación de 17 obras originales de Cascarini a la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza.
Custodiado hasta ahora en el atelier familiar, este conjunto pasa a integrar la colección del Museo Municipal de Arte Moderno de Mendoza (MMAMM), ubicado en el Espacio Cultural Plaza Independencia.
La obra recibida abarca un amplio abanico temporal que permite reconstruir la evolución técnica y la versatilidad temática del maestro.
Entre los lienzos más significativos sobresalen piezas fundacionales de sus primeros años de producción, como el entrañable "Autorretrato" de 1918 y la bellísima composición "Tía en el balcón" fechada en 1915, ambas ejecutadas en óleo sobre tela.
La delicadeza del dibujo de Cascarini se evidencia en la acuarela "Motivo de feria" (1933) que ahora guarda el MMAMM; mientras que su comunión con el paisaje y la fauna de nuestra región queda plasmada en pinturas como "Viento Zonda" (óleo sobre madera terciada de 1960), "Cabritos" (1964), "Cabrito" (1945) y la sugestiva pieza "Dos cabritos".
El legado se completa con un corpus gráfico de riqueza documental y estética, integrado por 8 dibujos sin título en técnica mixta -que conjugan grafito, tinta y lápices de colores sobre papel- y otro realizado en sanguina y tizas pastel. Este rescate patrimonial se completa con el histórico "Afiche de la Primera Exposición Nacional del Libro" creado en 1928.
Desde el MMAMM anticiparon que a fin de año ofrecerán una muestra con las últimas obras adquiridas por el museo, entre ellas éstas que donó la familia de Roberto Cascarini.
Las manos de un arte sin fin
Detrás del maestro universitario y del referente institucional para el arte argentino existió siempre el hombre apasionado por el acto cotidiano de pintar y dibujar.
Roberto Cascarini construyó su vida personal junto a Amalia Jascalevich, con quien se casó en 1932 y compartió 47 años de matrimonio. De esa unión nacieron sus dos hijas, Silvia y Amalia, integrando un hogar donde el arte continuó siendo la atmósfera natural de cada día.
En el tramo final de su existencia, lejos de retirarse a la contemplación, Cascarini mantuvo intacta su curiosidad técnica y poética. En un pequeño atelier erigido en el jardín de la casa de su hija Silvia, el artista continuó trabajando hasta su último respiro.
Allí exploró el arte en pequeños formatos como el “tout petit” y profundizó en el estudio del puntillismo, transformando recuerdos, nostalgias y sensaciones en imágenes de una delicadeza abrumadora que sorprendieron a los críticos por su frescura.
El legado de un arte que ilumina Mendoza y su gente
Pintó prácticamente hasta sus últimos días, demostrando que la pasión por la creación no conoce de pausas generacionales. Su fallecimiento en junio de 1990 cerró un ciclo vital de 94 años dedicados casi enteramente a la magia del trazo y a la enseñanza. Sin embargo, su historia no concluyó allí.
Casi 4 décadas después, la distinción acordada por el Concejo Deliberante capitalino -impulsada “en reconocimiento a su extraordinaria trayectoria artística, educativa y cultural, y a su invaluable aporte al desarrollo de las artes plásticas mendocinas”-, sumada a la donación familiar de obras al MMAMM, reaviva su legado.
El acto del jueves en el Teatro Quintanilla no será simplemente un espacio de homenaje. Será una invitación a que las nuevas generaciones de artistas mendocinos descubran que el suelo sobre el que crean fue fecundado por pioneros de la talla de Roberto Cascarini que ilumina la geografía y la humanidad de Mendoza.
En pocas palabras
- Homenaje a Roberto Cascarini: La Ciudad de Mendoza lo nombrará Ciudadano Ilustre post mortem, reconociendo su aporte al arte mendocino.
- Legado artístico: Su familia donó 17 obras originales al Museo Municipal de Arte Moderno de Mendoza, abarcando su evolución y temática.
- Formador de talentos: Cascarini fue clave en la formación de artistas mendocinos, dejando una huella imborrable en la identidad visual de la provincia.